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    Salmo 84 - Dichosos los que viven en tu casa

     
     
     
     
    Salmo 84
     
    Dichosos los que viven en tu casa
     
     
     

    Igual que los salmos 42 y 63 también el salmo 84
    está dominado por la nostalgia de Dios,
    identificando el templo con Dios,
    el templo como morada de Dios
    y refugio del hombre sin morada.
    Una nostalgia persistente, casi irremediable,
    pone en movimiento una gran peregrinación
    en marcha hacia la casa del Señor,
    que es el Señor mismo.
     
     El salmista se halla muy lejos de Jerusalén,
    seguramente en alguna región
    de Samaría o de la Galilea,
    acaso en el extranjero,
    en algún país de la diáspora,
    y se muere de nostalgia,
    siente unas ansias locas por las moradas,
    los atrios, los altares, del Señor.
    Y desde lejos todavía da rienda suelta
    a sus anhelos con expresiones reiterativas:
    "¡Qué hermoso es tu santuario, Señor Todopoderoso!
    ¡Cómo muero de deseos por tus moradas santas"
    "Mi alma desfallece cuando recuerdo
    los atrios del Señor!"
    "Y mi corazón y mis entrañas danzan
    y brincan y vibran por mi Dios, el Dios de mi vida!"
     
    En el versículo 4 vienen a la memoria del salmista
    recuerdos de antaño, de los años anteriores
    en que subía al templo y
    ¿qué había visto entonces? ¿qué recordaba?
    Escenas evocadoras:
    felices golondrinas que entre piruetas
    entraban en el templo,
    ponían sus nidos en los muros interiores
    y en los entramados,
    y criaban sus polluelos cerca de los altares
    con grande alegría,
    y lo mismo hacían los gorriones
    en los muros exteriores.
    Ante esta evocación el salmista
    no lo puede remediar,
    se muere de envidia por las pobres golondrinas
    y los gorriones, y lleno de nostalgia exclama:
    "¡Oh, tus altares, mi Señor Todopoderoso,
    Rey mío y Dios mío,
    qué felices deben ser los que moran en tu Casa
    y se dedican a alabarte noche y día sin cesar!".
    Y lanzando por delante una bienaventuranza
    el salmista imagina cómo se organiza
    y se realiza una peregrinación.
    Antes de iniciar los preparativos
    hay una fuerza de atracción
    que es Dios mismo,
    que seduce y ayuda.
    Parten los peregrinos y avanzan y avanzan
    y atraviesan áridos valles
    que al paso de la peregrinación
    milagrosamente se transforman
    en verdes oasis,
    "como si una lluvia temprana
    los cubriera de bendiciones"
     Siguen avanzando los peregrinos
    y en la medida que avanzan,
    de baluarte en baluarte, de altura en altura,
    van aumentando sus fuerzas interiores
    hasta dar finalmente con la vista
    en el monte Sión
    y con sus pies en la explanada del templo,
    y así dar alcance a su sueño dorado:
    ver a Dios.
     Ya en el interior del templo
    y colmados sus anhelos,
    en los versículos 9, 10 y 11,
    el salmista dirige una plegaria
    de intercesión por el rey
    sin dejar de derramar unas sentencias
    de sabiduría experimental.
    En efecto, después de haber saboreado la delicia
    de estar bajo la sombra fresca del Señor
    cae de su peso que
    "más vale un solo día en tus atrios
    que mil días por ahí afuera".
    "Prefiero ser portero de la casa de mi Dios
    que nadar en las diversiones de los mundanos"
    Para los que confían, el Señor es sol,
    escudo, gracia y gloria,
    "¡Dichoso, pues, el hombre que confía en Ti!"
     

     

    P. Ignacio Larrañaga

     

     

     
     

    Salmo 139 - Tú me examinas y me conoces

     
     
     
     
    Salmo 139
     
     
    Tú me examinas y me conoces
     
     
     
     
    El salmo 139 es una obra de arte.
    Toda su estructura está revestida de brillo poético,
    con figuras literarias altamente inspiradas.
    El salmista se instala
    en las aguas profundas de sí mismo
    y el centro de atención,
    contra todo lo que hubiésemos esperado,
    no es él mismo sino Dios.
    Y el punto focal es siempre un
    "Tú".
     El salmo 139 es un instrumento ideal
    para la oración de contemplación
    porque está de tal manera organizado,
    tanto pedagógica como psicológicamente,
    con figuras literarias
    cada vez más expresivas y originales,
    que en la medida en que el alma
    trata de vivir el significado de esas metáforas,
    sin darse cuenta,
    se va a encontrar en el fondo del mar
    de la presencia de Dios.
    Una noche estrellada, un cielo azul,
    una montaña nevada,
    pueden evocarnos a Dios pero no son Dios mismo,
    son mensajeros o evocadores de Dios.
    Pero el alma no se contenta con la evocación
    sino que quiere la Presencia y la Figura,
    busca el manantial mismo,
    el glaciar de donde emanan todas las fuentes.
    Dios mismo.
    Y el salmo 139 llega al glaciar mismo.
     
    En los seis primeros versículos,
    en un despliegue de luz y fantasía,
    y mediante un racimo brillante de metáforas,
    el salmista siente la omnipresencia
    y la omnisciencia divinas
    envolviendo y abrigando con su Presencia
    al hombre por dentro y por fuera,
    desde lejos y desde cerca,
    en el movimiento y en la quietud,
    en el silencio y en la oscuridad.
    "Señor, tú me examinas y me conoces,
    sabes cuando me siento o me levanto,
    desde lejos penetras mis pensamientos.
    Tú adviertes si camino o si descanso,
    todas mis sendas te son conocidas.
    No está aún la palabra en mi lengua,
    y tú, Señor, ya la conoces.
    Me envuelves por detrás y por delante,
    y tus manos me protegen."
     En el versículo 6 el salmista queda pasmado,
    casi abrumado, por tanta ciencia y presencia, que lo desbordan y trascienden definitivamente.
    "Es un misterio de saber que me supera,
    una altura que no puedo alcanzar."
     
    En los versículos 7 al 12 la inspiración
    alcanza cumbres mucho más altas.
    El salmista acopla alas a su fantasía
    e imagina situaciones inverosímiles de lejanía,
    volando en un intento de fuga sobre las alas de la luz, cubriéndose después con un manto negro
    pedido en préstamo a la oscuridad,
    para ocultarse de este porfiado perseguidor...
    pero todo es inútil, es imposible.
    "¿A dónde podré ir lejos de tu espíritu,
    a dónde escaparé de tu presencia?
    Si subo hasta los cielos, allí estás tú,
    si me acuesto en el abismo, allí te encuentro.
    Si vuelo sobre las alas de la aurora,
    y me instalo en el confín del mar,
    también allí me alcanzará tu mano,
    y me agarrará tu derecha.
    Aunque diga: "Que la tiniebla me encubra,
    y la luz se haga noche en torno a mí".
    no es oscura la tiniebla para ti,
    pues ante ti la noche brilla como el día."
     
    Vencido ante tal asedio del Omnipotente
    y convencido de la imposibilidad de cualquiera fuga,
    el salmista, en los versículos 13-16,
    desciende hasta el abismo final del misterio
    y allí descubre que Dios está presente
    con su acción creadora
    hasta en la sustancia primitiva del óvulo materno
    y que Él mismo, con manos delicadas,
    fue tejiéndome desde las células más primitivas
    hasta la complejidad de mi cerebro,
    y que si Dios desapareciera de mi presencia
    yo vendría verticalmente a la nada.
    Así, pues, Dios es la esencia de mi existencia,
    alma de mi alma, y vida de mi vida.
    En este mismo momento
    me está dando a luz a la existencia por amor,
    cada momento es un acto creador por amor,
    estoy dentro de Él y Él dentro de mí.
    Él está en torno de mí y yo en torno de Él.
    Soy, pues, hijo de la Inmensidad.
    Su aliento es mi vida
    y no puedo escapar de su Presencia.
    Mientras duermo velas mi sueño,
    si salgo a la calle caminas a mi lado,
    no hay distancias que puedan separarme de Ti
    ni tiniebla que pueda ocultarme,
    adonde quiera que yo vaya vienes conmigo,
    sabes perfectamente el término de mis días
    y las fronteras de mis sueños,
    definitivamente me desbordas,
    me sobrepasas, me transciendes.
    ¡Oh Presencia siempre oscura y siempre clara!
    ¡Oh Abismo insondable
    que fascinas y cautivas mi ser entero
    y sosiegas las tormentas de mi espíritu!
    Estás conmigo.
    Por eso no puedo alejarme de tu Presencia
    aun cuando en alas de un sueño mágico
    alcanzara la estrella más lejana
    de la galaxia más distante,
    allí también estarás conmigo.
    "Tú formaste mis entrañas,
    me tejiste en el vientre de mi madre.
    Te doy gracias porque eres sublime,
    tus obras son prodigiosas.
    Tú conoces lo profundo de mi ser,
    nada mío te era desconocido
    cuando me iba formando en lo oculto
    y tejiendo en las honduras de la tierra.
    Tus ojos contemplaban mis acciones,
    todas ellas estaban escritas en tu libro,
    y los días que me asignaste, antes de existir."
     
    En el versículo 17 el salmista,
    no pudiendo ya contenerse
    y conmovido por tanto prodigio,
    prorrumpe como extasiado
    en una serie de exclamaciones:
    "¡Qué incomparables me parecen tus designios.
    Dios mío!
    ¡Qué inmenso el conjunto de tus obras!"
     
     Si arrastrado por la admiración o la curiosidad
    me pusiera yo a enumerar
    una por una  las maravillas de tus dedos,
    ¡vana ilusión!, es imposible,
    son más numerosas que las arenas de las playas.
    Y si en una hipótesis imposible
    llegara yo a transformar un imposible en un posible
    y acabara por enumerar los prodigios de la Creación, precisamente entonces me encontraría
    con el misterio supremo, inabarcable, 
    inconmensurable, infinito:
    Dios mismo.
    "Si los cuento son más que la arena,
    y aunque termine, aún me quedas tú."
     
    Y en este momento
    como si saliendo de un paraíso de paz
    entrara en un campo de batalla,
    el salmista saca el rifle
    y comienza a disparar fieramente
    en todas las direcciones.
    ¿Cómo se entiende esta tempestad
    violenta después de tanta paz?
    No se trata de los enemigos personales
    sino de los enemigos de Dios.
    Se trata, pues, de ese sentimiento
    que la Biblia llama
    "celo por el honor de Dios":
    la misma cólera que sintió Moisés
    al romper las tablas de la Ley
    y sobre todo la misma santa indignación
    que sintió Jesús,
    que al ver transformado el templo en un mercado,
    armó aquel escándalo de proporciones
    empuñando un látigo de cuerdas
    y volcando las mesas de los cambistas.
     
     En los versículos finales, 23-24,
    el salmista desciende
    a los niveles profundos de su intimidad,
    y en una actitud de gran humildad
    se somete al juicio de Dios:
    Ante Tí están mis libros de cuentas,
    mis ríñones y mis huesos.
    "Entra en mi recinto, Señor",
    levanta un tribunal, averigua, escudriña, juzga,
    "no permitas que mis pies den un paso en falso".
    "Tómame de la mano y condúceme firmemente,
    todos los días de mi vida,
    por el camino de la sabiduría y de la eternidad"
     
     
     
     

    P. Ignacio Larrañaga
     
     
     
     
     
     
     

    Salmo 63 - El alma sedienta de Dios

     
     
     
     
    Salmo 63
     
     
    El alma sedienta de Dios
     
     
     
    El salmo 63 está empapado de nostalgia de Dios,
    una nostalgia honda, casi insaciable.
    Por eso el salmista entra impetuosamente
    en el escenario y se expresa
    con fuerza vehemente:
    "Oh, Dios, Tú eres mi Dios,
    por Ti madrugo.
    Mi alma está sedienta de Ti.
    Mi carne tiene ansia de Tí,
    como tierra reseca, agostada, sin agua"
     Es difícil encontrar figuras literarias como éstas,
    que expresen de manera tan gráfica
    eso que nosotros llamamos
    "sed de Dios".
    Pareciéramos estar ante una sed fisiológica,
    simbolizada en esos terrenos baldíos que,
    durante el verano se resecan por la falta de agua,
    de tal manera,
    que parecen bocas sedientas reclamando desesperadamente lluvia.
    Así mi alma tiene sed de Dios.
     Para expresar esta sed el salmo 42
    acude a la comparación de los ciervos,
    esos rumiantes que suben y bajan
    por las escarpadas laderas
    hasta que devorados por la sed descienden
    a las quebradas en busca de agua fresca.
    Así mi alma te desea.
     ¿De qué sed se trata?
    Es como un atractivo,
    como una fascinación por Dios,
    un anhelo, seducción, nostalgia.
    Una nostalgia por Alguien
    que nunca lo hemos abrazado,
    una Patria que nunca la hemos habitado,
    ¿qué nostalgia es esta? ¡extraña nostalgia!
    Somos, dirá San Agustín,
    como una flecha
    disparada hacia un universo infinito y seductor;
    somos como una fuerza de profundidad,
    siempre inquieta, siempre inquietante,
    un perpetuo movimiento interior
    en busca de un centro de gravedad
    donde poder ajustarnos,
    equilibramos y descansar.
    Criatura singular el hombre,
    que lleva reflejada en lo profundo de sus aguas
    la imagen de Dios,
    y por eso somos inevitablemente
    buscadores instintivos de lo eterno,
    caminantes o navegantes que,
    en un movimiento de retomo,
    navegamos río arriba en busca
    de la fuente original, peregrinos de lo absoluto.
     Por todo lo cual, el salmo 63
    es una radiografía del alma humana.
    Ciertos fenómenos trágicos del corazón del hombre
    no son otra cosa más que la otra cara
    de esta sed de Dios.
    La insatisfacción humana
    en toda su grandeza y amplitud,
    el no saber para qué estamos en este mundo,
    el tedio de la vida, el vacío de la vida,
    el desencanto  general,...
    no son otra cosa sino la otra cara
    de esta sed del Infinito.
      Dios coloco en la sustancia primitiva del hombre
    como unas simientes divinas,
    es decir, creó al hombre a su medida, 
    semejanza e imagen,
    por lo cual el hombre
    es una fotografía del mismo Dios,
    una resonancia, un espejo, un eco divino.
    Por eso todo nuestro ser,
    casi siempre sin saberlo,
    tiende hacia El, lo está buscando.
    Y cuando este corazón se centra en Dios
    en este corazón hay descanso,
    equilibrio, ajuste, orden, paz.
    Pero cuando este corazón
    intenta centrarse en las criaturas,
    cuyas medidas no nos corresponden,
    este corazón sufre desasosiego,
    desajuste, inquietud, turbación... 
    hay pues, en el salmo 63, una gran carga humanista.
       Versículo 3. Dice así: 
    "¡Cómo te contemplaba en el santuario,
    viendo tu fuerza y tu   gloria!". 
    ¿Cual es ese santuario de que habla el versículo 3?
    Dejando aparte la referencia obligada
    al templo salomónico del monte Sión,
    abramos los horizontes.
    Se levanta el sol, todo es vida y gloria.
    Esos horizontes abiertos parecen un santuario 
    donde resplandece el poder y la gloria de Dios.
    Esa familia, esa comunidad, ese grupo humano,
    es un santuario vivo donde Dios reside cálidamente.
    Y el encanto de esta persona
    es un reflejo del encanto de Dios.
    La bondad y servicialidad de aquel
    son un eco de la bondad y servicialidad de Dios.
    Y así las personas y los grupos y las criaturas 
    son santuarios vivos,
    teofanías que reverberan la fuerza,
    el calor, la vida de Dios.
      Pero no nos equivoquemos.
    No es que las criaturas estén mágicamente
    revestidas de  la Presencia divina, no.
    Somos nosotros los que la revestimos
    de esa Presencia.
    Si  nuestros ojos están llenos de Dios
    todo aparecerá revestido de Dios,
    el bien y el mal  nunca entran de fuera hacia dentro,
    siempre salen de dentro hacia fuera.
    Cuando  dentro todo es luz afuera todo es luz.
    Cuando adentro todo es Dios 
    afuera todo queda vestido de Dios.
    En suma, el tal santuario
    del que habla el versículo 3
    está dentro de nosotros.
     Versículo 4.
    "Tu gracia vale más que la vida,
    te alabaran mis labios» 
    ¿Qué es, a qué llamamos vida, en este contexto?
    Llamamos vida a un conjunto de  cosas agradables
    (salud, prestigio, amistad)
    que transforman la existencia en una vida.
    Una cosa es el existir y otra cosa el vivir.
    Y vivir equivale a sentirse feliz
    de alguna  manera o en alguna medida.
        Este versículo 4 unas biblias,
    lo traducen con la Palabra "gracia",
    otras con las palabras 
    "amor" "misericordia", "lealtad," "benevolencia",...
    Todos esos vocablos, sin embargo,
    son sinónimos, encierran idéntico sentido. 
    "Gracia" no es una lluvia que cae sobre el  alma,
    "gracia" es Dios mismo en cuanto me cuida,
    me protege, me ama.
    Lo que quiere  decir, pues, este versículo,
    es lo siguiente:
    a poca experiencia que se tenga de Dios,
    a  poco que se experimente
    y se guste su Presencia y Amor,
    el hombre percibirá que esa  experiencia
    vale más que todas las cosas bonitas de la vida.
    La vida naturalmente ofrece alegrías,
    pero ellas son efímeras, precarias.
    Tú estás feliz en este momento,
    a la media hora, al salir a la calle,
    recuerdas aquel desdichado asunto
    y sin más tu alma se llena de tristeza.
    Ahora estás radiante, después de unas horas
    te llaman por teléfono con malas noticias
    y automáticamente te llenas de ansiedad.
    Todo es tan efímero.
    Después de vivir muchos años,
    después de experimentar muchas cosas,
    el hombre, por sí mismo,
    y sin que nadie se lo diga
    y en virtud de ese precipitado
    que de deja el paso de la vida
    y que llamamos "sabiduría",
    el hombre llega a la conclusión de que
    al final, la fuente única y verdadera de alegría,
    fuerza y seguridad, es Dios,
    sólo Dios, nadie mas que Dios.
    Definitivamente tu gracia vale más que la vida.
     El salmista encontró un tesoro que es Dios,
    un Dios poseído por la fe en el corazón,
    y este tesoro se le transforma al salmista,
    en una carga de profundidad
    que le hace estallar en un arranque de júbilo:
    "Te alabarán mis labios;
    toda mi vida te bendeciré
    y alzaré las manos invocándote."
    A esto llamamos
    "adorar".
     Muchas cosas importantes hay en la vida,
    pero por encima de todas las cosas importantes
    una sola cosa es necesaria:
    adorar, vivir de manos alzadas,
    invocar el Nombre del Señor,
    es decir, tomar todas las energías mentales
    y concentrarlas en un centro de gravedad
    que ponga equilibrio, ajuste, orden,
    en todo cuanto somos y tenemos,
    absolutizar lo absoluto y relativizar lo relativo,
    buscar primero y por encima de todo
    el Reino del Padre y su Rostro bendito
    y lo demás lo tendrán por añadidura.
    En suma, muchas cosas importantes
    pero una sola cosa necesaria: adorar.
    Toda mi vida te bendeciré
    y alzaré las manos invocándote.
     
    Y ahora vienen los versículos 6 al 10,
    precioso ramillete de metáforas.
    "Me saciaré como de enjundia y de manteca,
    y mis labios te alabarán jubilosos"  
    Una vez que el salmista
    experimentó verdaderamente el
    "Tú eres mi Dios"
    la primera palabra que le viene a la mente
    para expresar lo que está viviendo es la palabra
    "banquete".
    Tenemos en nuestros idiomas
    otra palabra más expresiva,
    "festín",
    que encierra la idea de un banquete
    con alegría, música y danza.
    Es interesante destacar el siguiente hecho:
    junto al concepto festín
    encontramos invariablemente el verbo
    "saciarse".
    De nuevo nos hallamos en el área antropológica.
    Infinitos finitos no pueden llenar un pozo infinito,
     sino que sólo un Infinito puede llenar.
    El hombre, en su soledad,
    es un desierto inefable y vastísimo,
    insaciable para todos los manjares humanos.
    El salmista podría decir
    "Tú eres mi saciedad".
    En este sentido el salmista
    nos entrega aquí y allí expresiones sublimes,
    verdaderas joyas de oro, por ejemplo,
    "Tú has puesto en mi corazón más alegría
    que si abundara en trigo y en vino" 
    Huelgan comentarios.
    Todos y cualesquiera trigos y vinos,
    que simbolizan las emociones
    y satisfacciones de la tierra,
    son nada en comparación de la saciedad
    que Tú has puesto en mis entrañas.
    En el mismo sentido este bellísimo verso:
    "Al despertar me saciaré de tu semblante"
    (salmo 17, versículo 5).
    Experiencia inefable del hombre
    que al despertar por la mañana,
    en lugar de sentirse asaltado
    por las preocupaciones oscuras,
    se siente asistido por el recuerdo del Señor,
    cuya presencia le infunde serenidad
    para enfrentar animosamente el quehacer del día.
    Y este precioso versículo:
    "Por la mañana sacianos de tu misericordia
    y toda nuestra vida será alegría y júbilo"
    (salmo 90, versículo 14).
    Vale la pena aprenderse de memoria
    éstos y semejantes versículos
    para que sirvan de alimento para el viaje.
     Y en este mismo tono de ternura
    sigue el versículo 7, cuando dice:
    "En el lecho me acuerdo de Ti
    y velando medito en Ti".
     Un hombre así nunca se sentirá
    amenazado por el miedo
    ni le rondarán fantasmas por la noche.
    Y de día mientras trabaja, camina y convive,
    le acompañaran la seguridad y la alegría porque
    "Tú estás conmigo".
     Para explicar este inefable estado interior
    el salmista se expresa
    con este espléndido versículo 8:
    "Porque fuiste mi auxilio
    y a la sombra de tus alas canto con júbilo".
     Ni analítica ni literariamente
    se podría expresar mejor.
    "Júbilo"
    es la palabra más alta
    entre los sinónimos de alegría.
    "Canto",
    ya se sabe, es un tubo de escape.
    Cuando a alguien le desborda la emoción
    necesita estallar y el canto es un estallido.
    "Ala"
    en la Biblia es el símbolo
    del poder protector de Dios.
    "Sombra":
    en una tarde cálida de verano
    una fresca sombra ¡qué sabroso regalo!
    Coloquemos ahora las cuatro palabras seguidas
    y nos encontraremos con un panorama envidiable:
     un hombre precedido por la seguridad,
    seguido por la paz, custodiado por la libertad.
    Este hombre, evidentemente,
    será un libertador para todos.
    Como se ve lo divino y lo humano
    van tomados de la mano.
    Comprobamos que
    una verdadera experiencia divina
    es una experiencia liberadora y plenifícante
    a nivel humano inclusive,
    pero se me podrá replicar, y con toda razón,
    "pero ¿cuándo todo esto es así?
    Nosotros vivimos entre gente piadosa
    y no vemos tales maravillas.
    Al contrario,
    a muchas de estas personas piadosas
    se las ve vacías, tristes, temerosas...
    ¿Cómo se puede hablar de dicha y de júbilo?".
    Tienen razón, todo depende
    de si se vive o no se vive.
    Las cosas de la vida sólo comienzan a entenderse
    en cuanto se comienzan a vivir.
    Sólo se sabe aquello que se vive.
    Por eso el salmista invita, casi desafía,
    a comprobar, saborear, cuan suave es el Señor,
    casi diríamos
    "cuan delicioso es el Señor"
    (salmo 34, versículo 9)
    como si Dios fuese un manjar.
     
     
     
     
    P. Ignacio Larrañaga
     
     
     
     
     
     
     

    Salmo 16 - Tú, Señor, eres mi único bien

     

     
     
     
     Salmo 16
     
     
    Tú, Señor, eres mi único bien
     
     
     
     
    En este salmo echa mano el salmista
    de figuras literarias como "banquete", "fiesta",
    y maneja el tema de la felicidad,
    bajo el concepto de bien,
    utilizando la figura literaria de "herencia".
    Existe aquí una velada referencia
    a la historia de Israel en que
    en el reparto de la tierra prometida
    Dios mismo había sorteado
    y distribuido la tierra de Canaam,
    por lotes, a las doce tribus.
    Pero a la tribu de Leví no le dio ningún lote
    sino que dispuso que el mismo Dios sería porción,
    heredad, lote, para el levita,
    que viviría y trabajaría
    para el servicio exclusivo de Dios.
    Sobre esta historia,
    y transcendiendo el sentido histórico,
    el salmista teje una magnífica
    interpretación mística.
    Los dos primeros versículos
    dan sentido a todo el salmo.
    "Cuídame, Dios mío,
    pues en Ti busco protección.
    Yo te digo: 'Tú eres mi bien.
    No hay felicidad fuera de Ti'."
    Es, como se ve, un proceso totalizador.
    En la medida en que el hombre
    se deja tomar de Dios
    el Señor mismo acapara en este hombre
    la función de bien que tienen
    todas las realidades humanas
    y Dios mismo tiende a convertirse
    en Todo Bien para este hombre.
    En efecto, para este hombre
    Dios vale por una esposa cariñosa,
    por un buen hermano, por un papá solicito,
    por una hacienda de mil hectáreas,
    por un palacio  fantástico.
    Dios mismo, en una palabra,
    se convierte en la Gran Recompensa,
    en el  Gran Festín, en el Gran Banquete,
    en suma, en Todo Bien.
    Los versículos 3 y 4 hacen
    referencia a los ídolos, entendiendo por ídolos
    no sólo las estatuas de oro,
    no sólo los señores de la tierra,
    personas vivas a quienes se les rinde admiración,
    sino también aquellas realidades
    que  absorben  enteramente
    la dedicación del corazón humano como son:
    el dinero, el sexo, la gloria, las drogas,
    en suma, el placer, con sus mil y una caras.
    El versículo 3 dice que
    "esos dioses no me satisfacen".
    Los que los adoran dicen que
    son poderosos y gratificantes,
    por eso día a día aumentan sus fabricantes
    y se multiplican por doquier sus adoradores,
    que no acaban de ponderar
    las emociones que les causan.
    Allá ellos.
    En cuanto a mí,
    "juro que jamás pronunciaré sus nombres",
     ni doblaré mis rodillas ante sus estatuas huecas
    que se desvanecen a la madrugada,
    ni participaré en esos sus festines
    que culminan en el tedio.
    Para mí
    "el Señor es el lote de mi herencia,
    mi bien y mi todo"
    El me satisface plenamente,
    colma mis expectativas,
    cubre mis pozos de nostalgia,
    llena de alegría mis horizontes,
    me alumbra los caminos,
    en las tormentas es mi Roca,
    es sol durante el día,
    antorcha de estrellas durante la noche,
    agua fresca y vino ardiente para el viaje,
    sombra en el estío,
    descanso en la fatiga,
    en resumen,
    "me encanta mi heredad"
    "Me ha tocado la mejor suerte,
    un lote hermoso"
    Estoy feliz con mi suerte,
    no me cambio por nada,
    no envidio a los adoradores
    de los dioses de la tierra,
    sé que ellos dan rienda suelta
    a todos los festines del mundo
    y luz verde a todos los apetitos,
    pero sé también del infinito vacío de sus vidas.
    Yo estoy feliz con la suerte que me ha tocado,
    "mi suerte está en sus manos"
    En sus Manos he dejado mis pasos y mis días,
    el día de mañana y el día de ayer,
    mis nervios y tensiones,
    Él sólo me hace dormir tranquilo y vivir feliz.
    Y a partir del versículo 7 hasta el final
    el salmista avanza resueltamente,
    navegando hacia la profundidad del mar,
    hacia las hondas aguas de la intimidad total en Dios,
    con expresiones cada vez más sublimes,
    precisas e inspiradas.
    Pido que mi garganta se transforme
    en un arpa de oro
    para cantar y bendecir a mi Señor,
    porque Él me señala el rumbo,
    "me alumbra la ruta y me guía",
    y durante el sueño Él desciende
    hasta las últimas vertientes de mis mundos y allí,
    como un amoroso maestro,
    "me inspira y me instruye"
    En el transcurso del día,
    mientras atiendo a mis compromisos,
    converso con los amigos, salgo de compras,
    me ocupo en mis quehaceres,
    "en todo momento
    tengo presente al Señor
    como un amigo"
    como el ser más querido y familiar
    que vela mis días, por eso
    "mi pie nunca resbalará,
    nada me hará caer,
    porque Él está a miderecha"
    Por todo lo cual
    "mi vida es una fiesta
    y mi corazón danza de alegría
    y mis entrañas vibran de gozo,
    en fin, mi ser entero se baña
    en el mar de la felicidad"
    Como un niño pequeño duermo en sus brazos,
    "no hay fantasmas en mis noches,
    ni nubes en mis cielos,
    ni amenazas en mis horizontes
    ni la muerte llamará a mi puerta,
    por eso todo es descanso
    y serenidad en mi Dios"
    Y en el último versículo el salmista
    recoge todas las melodías del mundo
    y en un alarde de inspiración
    teje un acorde final
    para coronar gloriosamente el poema:
    "Trazarás ante mis ojos
    los rumbos de la vida
    y los senderos de la felicidad.
    Tú seras la estrella matutina
    sobre mis horizontes.
    Habrá alegría colmada en tu Presencia
    y gozo hasta la saciedad
    porque los anhelos serán colmados
    y los pozos de nostalgia cubiertos.
    Tú, Dios mío, llenaras todo,
    habrá dicha eterna junto a Ti,
    alegría perpetúa a tu derecha"
     
     
     
    P. Ignacio Larrañaga