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Salmo 131
La infancia espiritual
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"Señor, mi corazón no es ambicioso
ni mis ojos altaneros:
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad,
sino que acallo y modero mis deseos:
como un niño en brazos de su madre,
como un niño está en mis brazos mi deseo.
Espere Israel en el Señor ahora y por siempre."
Salmo de tres versículos.
En su brevedad, sin embargo, encierra toda la espiritualidad de la llamada "infancia espiritual".
Campea en el salmo, y con gran fuerza,
la ternura de Dios, de Dios Padre,
mejor, de Dios Madre.
Por eso sentimos en todo momento
la actitud de confianza y abandono.
Es el salmo de la confianza por antonomasia,
haciendo unas reflexiones
sobre la infancia espiritual,
base y fundamento de la confianza.
Nicodemo pide a Jesús algo así como una receta,
una actitud fundamental,
para entrar en el Reino.
Jesús le responde que hay que nacer otra vez.
Así, pues, hay que regresar a la infancia,
hacerse niños, sentirse pequeño y desvalido,
esperarlo todo del Otro,
confiar audazmente en el Otro.
Salvarse, para Jesús,
es hacerse progresivamente niño.
Para la sabiduría del mundo
esto es algo absolutamente extraño
porque se establece una inversión de valores.
En la vida humana, según las ciencias psicológicas,
el secreto de la madurez está en alejarse progresivamente de toda dependencia,
de todo apoyo,
alejarse de cuanto signifique padre o madre.
En cambio, en el programa de Jesús,
y en una verdadera inversión copernicana,
salvarse consiste en
hacerse cada vez más dependiente,
en vivir apoyado en el Otro,
en no actuar por iniciativa propia
sino por iniciativa del Otro,
en reconocer la propia nada,
esperarlo todo de Dios.
El Reino se entregará
solamente a los que confían,
a los que esperan,
a los que se abandonan en las manos del Padre.
Aquí todo es gracia, todo se recibe.
Para recibir hay que confiar y abandonarse,
y sólo se abandonan aquellos
que se sienten poca cosa.
Hay que comenzar, pues,
por hacerse pequeño, niño, menor.
Pero, una vez abandonados,
participaremos de la potencia infinita del Padre,
de su eternidad e inmensidad.
"Si no os hiciereis como niños...".
El niño es un ser esencialmente pobre y confiado.
Confiado porque sabe que a su fragilidad
corresponde el poder de alguien.
En suma, su pobreza es su riqueza.
De por sí el niño no es fuerte ni virtuoso
pero es como el girasol,
que todos las mañanas se abre al sol.
De allí espera todo, de allí recibe todo:
calor, luz, fuerza, vida.
Hacerse niño, vivir confiadamente abandonados
en las manos del Padre, parece cosa fácil,
pero en realidad se trata de
una verdadera revolución
en el viejo castillo del hombre,
castillo amasado de autosuficiencia,
egocentrismo y locuras de grandeza.
La tecnología ha conquistado
y transformado la materia,
la psicología pretende haber dominado al hombre,
¡vana ilusión!
A la hora del diagnóstico
el psicoanálisis puede obtener buenos resultados
pero, a la hora de la curación o salvación,
el hombre, en su profunda complejidad,
es una sombra perpetuamente errante,
huidiza e inalcanzable.
Diariamente somos testigos
de la sombría impotencia
de las terapias psiquiátricas
para una verdadera liberación interior.
P. Ignacio Larrañaga
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Salmo 143
Oración por la victoria y la paz
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"Señor, escucha mi oración:
tú que eres fiel, atiende a mi súplica;
tú que eres justo respóndeme".
Se establece en este salmo
una relación entrañable y confiada
entre el alma y el Señor,
una súplica multidimensional,
apoyada en múltiples motivaciones,
va recorriendo,
desde el primer verso hasta el último,
con furtivas apariciones de sus enemigos
que no llegan a perturbar a fondo
la confianza del salmista.
El salmo está, en todo momento,
en forma dialogal y en tono de gran intimidad,
por lo que se constituye
en un precioso instrumento
para fomentar la relación personal con el Señor.
En el primer versículo
comienza el salmista
con una insistente invocación,
apoyada en las cualidades de Dios,
comprobadas en la historia de Israel,
que son: su fidelidad nunca desmentida
y su justicia, defensora del oprimido.
"Dios mío,
no se te ocurra actuar en estricta justicia
porque si pesaras nuestros actos
en una balanza imparcial
¿quién quedará inocente ante tus ojos?
Si nos trataras como lo merecen
nuestros desvíos
¿quién podría resistir tu mirada?
Así que,
trátanos según tu misericordia eterna."
Los versículos 3 y 4 describen
la situación desesperante
a la que ha llegado el salmista:
los enemigos han tramado un asesinato
contra el salmista
y están ya cercándolo como sombras,
y quieren pasarlo a espada cuanto antes
y entregarlo al silencio de la sepultura.
Informado de esta conspiración el salmista
se muere de miedo,
y es dominado por la oscuridad y el terror,
pero reacciona inmediatamente:
"Recuerdo los tiempos antiguos,
medito todas tus acciones,
considero la obra de tus manos,"
refugiándose en el recuerdo de otros tiempos,
aquellos tiempos en los que el Señor
hizo proezas liberadoras,
acciones espectaculares con el poder de su brazo
a favor de los oprimidos,
y este recuerdo hace renacer en su corazón
la confianza y la seguridad.
No sólo eso,
sino que en este momento
despierta la veta mística
y nos entrega este precioso versículo 6:
"Mis brazos se extienden hacia ti y,
detrás de los brazos,
y juntamente con ellos,
va mi ser entero cautivado,
seducido por Ti.
Igual que la tierra reseca
desea ardorosamente lluvia
así mi alma suspira ardientemente por Ti".
En los versículos 7 y 8
continúa la súplica con gran calidez
y bastante concretez.
Se oyen ecos lejanos de los enemigos
pero no consiguen turbar al salmista.
En todo caso, hasta el final,
cada versículo es una súplica intensa,
ardiente, insistente.
"Escúchame enseguida"
"No me escondas tu Rostro.
Hazme escuchar tu gracia"
"Indícame el camino,
líbrame del enemigo"
"Enséñame tu voluntad"
"Consérvame en vivo"
"Destruye a mis enemigos"
Y cada súplica va acompañada
de su correspondiente motivación:
"ya que confío en Ti",
"pues levanto mi alma a Ti",
"pues me refugio en Ti",
"ya que Tú eres mi Dios",
"Tú espíritu es bueno",
"por tu Nombre",
"por tu clemencia",
"pues siervo tuyo soy".
Hay, en estos seis versículos finales,
una cálida intimidad y mucha entraña.
Por lo que se constituye en uno de los salmos
más adecuados para fomentar
la familiaridad con el Señor.
P. Ignacio Larrañaga
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Salmo 123
Nuestro auxilio es el nombre del Señor
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Es un salmo breve, intenso y lleno de fuerza,
y sobre todo de confianza.
Una confianza prácticamente invulnerable
entreteje las fibras del salmo haciendo de él
uno de los salmos más concisos e intensos.
Hay en sus entrañas una enorme tensión
a punto de ser disparada hacia las alturas
donde habita el Señor. "A Ti levanto mis ojos".
Los ojos levantados son el símbolo
del ser entero en movimiento,
en tensión, en expectación,
enfilados y proyectados, esperando, suspirando,
deseando la asistencia, la gracia, la misericordia;
una expectación, por otra parte,
entretejida de seguridad,
y basada ésta en las antiguas experiencias.
"Como están los ojos del esclavo
fijos en las manos de su señor,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos fijos en el Señor,
Dios nuestro,
esperando su misericordia."
El versículo 2 nos entrega dos preciosas figuras
que expresan admirablemente
esta confianza expectante del salmista:
"los ojos del esclavo fijos en las manos de su señor". El esclavo no tiene nada, ni se siente con derechos,
no toma iniciativas, ni tiene responsabilidades,
no es nada.
Y, si algo es,
es por lo que pueda participar de su señor.
Para el esclavo su amo lo es todo,
señor y dios,
de alguna manera un ser omnipotente.
De él espera todo porque de él emana el destino.
Por eso el esclavo siente reverencia por su amo.
Ahora bien, en el versículo 2,
desde su experiencia de desvalimiento y su nada,
todo el ser del esclavo, simbolizado en sus ojos,
está atento, expectante,
esperando de su señor órdenes,
benevolencia, decisiones.
Así nuestros ojos, es decir,
corazón, alma, cuerpo, atención, intención,
recuerdos, anhelos, respiración,
en suma la totalidad de nuestro ser,
está enfilada, proyectada, en "tus manos",
es decir, en tu bondad y tu poder,
en tu ternura y compasión,
en la dilatada anchura de tu corazón.
Y no espero un sueldo ni espero un premio,
sino otra cosa: tu misericordia.
Y, naturalmente,
donde está la misericordia están todos los bienes:
hay libertad, se respira paz,
el alma se reviste de fortaleza,
hay descanso en la fatiga,
no hay miedo frente al futuro,
nada falta, las heridas son curadas,
la sed apagada, los anhelos colmados,
las expectativas cumplidas...
en tu Misericordia lo tenemos todo.
"Piedad, Señor, piedad,
que estamos saciados de desprecios;
estamos saciados del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos."
En los versículos 3 y 4
la asamblea recoge la última palabra
y la repite en alta tensión y en forma reiterativa,
mientras describe brevemente
la situación dramática del pueblo,
harto ya del sarcasmo de los satisfechos
y del desprecio de los orgullosos.
Y el pueblo, sintiéndose nada,
y humillado por los poderosos,
y no pudiendo esperar nada de sí mismo,
una infinita confianza lo mantiene en pie,
suspirando y esperando la misericordia del Señor,
de quien le viene todo bien.
P.Ignacio Larrañaga
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Salmo 116
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En el salmo 116 palpita un ambiente cálido,
de gran proximidad,
con evocaciones constantes de gestas de salvación.
En todo momento se respira
una atmósfera de benignidad, misericordia
y, sobre todo, de acción de gracias.
Es el resultado la confianza.
Es un salmo apropiado para momentos
en que se quiere manifestar gratitud
o celebrar sucesos felices
que han acontecido en la vida. En el versículo primero el salmista
entra en escena con una afirmación general,
que no necesariamente se refiere al pasado,
pero que presupone experiencias pasadas.
Y a partir de esas experiencias
se expresa en un ininterrumpido presente:
"Amo al Señor.
Mi corazón, agradecido y emocionado,
se enciende en llamas de amor
y se eleva hacia mi Dios porque sé,
por mi propia historia,
que cuando me aprietan las aguas de la aflicción
y levanto mis brazos suplicantes
Él escucha al instante mi clamor
y lleno de solicitud
se inclina hacia mí para socorrerme y consolarme.
Por eso siento ternura y gratitud por mi Señor".
En los versículos 3 y 4 el salmista
evoca uno de esos sucesos de liberación
por los que ahora siente tanta gratitud.
Fue un momento horroroso,
probablemente una grave enfermedad.
Inesperadamente me vi en alta mar,
las olas se levantaban altas y amenazadoras,
me envolvían y me zarandeaban
en todas las direcciones,
brazos de muerte me apretaban,
me sentí cazado por las redes del abismo
y completamente asfixiado.
Me vi irremediablemente atrapado
en las fauces de la muerte,
como nube oscura la tristeza cubrió mi cielo
y bebí el agua salada de la angustia.
Desde el fondo del abismo alcé los brazos,
el alma y la garganta, para gritar:
'Señor, salva mi vida',
y el Señor me sacó de la boca misma del abismo.
Y en este momento en que estoy recordando
esa proeza de salvación,
y tantas otras que hubo en mi vida,
puedo garantizar ante el mundo entero que
"el Señor es benigno y compasivo,
y sobre todo es ternura.
Cuida solícitamente de los pequeños
y guarda a los frágiles".
Soy yo el que afirma esto, soy yo el testigo.
"Estando yo sin fuerzas me tomó de la mano
y me levantó de la fosa"
Esta experiencia de liberación
es la razón de mi confianza, así que,
"¡alma mía, basta de pánicos,
contrólate, sosiégate, tranquilízate
porque el Señor te cuida con solicitud!"
Mira atrás, alma mía,
y verás levantarse ante tus ojos
prodigios de misericordia,
maravillas de amor, milagros de liberación,
llevadas a efecto por el brazo potente
y el corazón cariñoso de nuestro Dios.
Aquel día, justo en el momento
en que yo estaba atrapado
entre las garras de la muerte,
el Señor me rescató de ellos.
En otra oportunidad,
cuando mis ojos eran un mar de lágrimas,
secó el Señor una por una cada lágrima.
Otro día mis pies resbalaron
y mi cuerpo iba a dar en el suelo
y en el momento exacto
me tomó de la mano y me libró de la caída.
"Arrancó mi vida de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída."
¡Señor, Señor,
cuántos prodigios, cuánta misericordia!
Y profundamente agradecido
el salmista concluye formulando
un precioso propósito revestido de esperanza:
"Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida"
"País de la vida" es esta vida,
los días de nuestra existencia terrena.
"Caminar en la presencia del Señor"
es una expresión muy hermosa
y densa de significado.
Indica que Dios es la inspiración
de la vida del salmista,
que el Señor es su fuerza y su norma moral,
significa, sobre todo, que Dios es su amigo,
estrella durante la noche,
sombra durante el día,
consuelo en la aflicción,
compañía en la soledad...
y este caminar en su Presencia condiciona,
compromete y transforma la vida del caminante.
P. Ignacio Larrañaga
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Salmo 62
EL ALMA SEDIENTA DE DIOS
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El salmista sabe mucho porque ha vivido mucho.
Desde tiempos remotos viene experimentando,
día a día, la presencia liberadora de Dios
y por eso entra resueltamente en el escenario
derramando afirmaciones enfáticas.
Con imágenes sucesivas y emparentadas:
"mi Roca", "mi Salvación", "mi Alcázar",
sobre estas bases planta el salmista
su convicción y experiencia del
"sólo en Dios". "Sólo en Dios descansa mi alma".
"Descansar"
es un verbo de alta precisión.
Siendo criaturas hechas por Dios y para Dios,
diseñadas a Su imagen y semejanza,
cortados a su medida, de proporciones vastísimas,
de alguna manera de las mismas dimensiones de Dios,
pozos infinitos que infinitos finitos nunca lo llenarán,
es obvio que si nosotros intentamos centrarnos
en las criaturas, cuyas medidas no nos corresponden,
en este corazón habrá desasosiego
porque hay desajuste
y que sólo en Dios nuestras medidas
se ajustarán a sus medidas y en ese caso,
sólo en Dios, habrá descanso. En este contexto la palabra "descanso"
es equivalente a la palabra "felicidad",
con todos los matices que esa palabra engloba.
"De Él viene la salvación".
Salvación de miedos e inquietudes
y, en general, de todo mal.
Hay, pues, en el primer versículo
unos cuantos elementos en el siguiente orden:
"El Señor es mi roca, mi fuerza, mi alcázar.
De Él viene la salvación, no vacilaré".
¿Conclusión? Descansa en sólo Dios.
En los versículos 4 y 5, encaramado el salmista
sobre la altura de un baluarte, enfrenta a los eternos detractores que con sus calumnias
se empeñan en corroer el prestigio del inocente.
"Descansa solo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
solo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar, no vacilaré."
Los versículos 6 y 7 son una variante del versículo 1,
pero esta vez
dirigiéndose la palabra a sí mismo,
en tono de gran intimidad,
y probablemente en contraste
con las altanerías de sus enemigos.
Por otra parte, estos mismos versículos,
son una expresión acabada de la confianza,
y la confianza es la melodía central de este salmo:
"Alma mía, suelta las tensiones, sosiega los nervios,
deja a un lado las oscuras preocupaciones,
descansa en Dios, sólo en Dios,
porque Él cuida tus puertas, vela tu sueño,
como centinela asegura tus muros noche y día.
Él es roca, alcázar ¿Miedo a qué?".
Con esta confianza sólidamente basada
y confirmada en su experiencia
el salmista se siente con autoridad
para confortar a la gente,
desgranando reflexiones de tipo sapiencial.
"De Dios viene mi salvación y mi gloria,
él es mi roca firme, Dios es mi refugio.
Pueblo suyo, confiad siempre en él,
desahogad ante él vuestro corazón,
que Dios es nuestro refugio."
Poniendo por delante, como garantía,
su propia experiencia y testimonio personal,
en el versículo 8 invita al pueblo
a descargar en el Señor
las zozobras y preocupaciones.
"Los hombres son simplemente sombra y sueño,
un soplo de aire que suena y se apaga.
Los poderosos no son sino paja
aventada por el viento,
todos ellos juntos pesan en una balanza
menos que la espuma, no valen nada.
Así pues, aunque vuestras arcas
estén repletas de tesoros
no entreguéis el corazón a lo que brilla".
Siempre se ha dicho, y con toda razón,
que el poder y la gracia son atributos exclusivos de Dios,
y este es el motivo final
de la confianza eterna del pueblo.
P. Ignacio Larrañaga
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Salmo 22
El Señor es mi pastor
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Es un salmo bucólico de ambiente campestre,
las imágenes se suceden con mucha rapidez
y el tono es, permanentemente, emotivo.
Es una de las piezas más preciosas de la Biblia,
en que la confianza campea en todo momento
sin que por ningún lado aparezcan
sombras que amenacen.
Respiramos una atmósfera serena,
siempre limpia.
No hay nubes en los horizontes
y caminamos bajo un cielo azul.
Es un día precioso,
sesteamos en un paisaje sosegado
donde hay verdes praderas, fuentes tranquilas,
una mesa bien surtida,
perfumes y copas rebosantes.
Es un idilio.
En el primer versículo el salmista
hace dos afirmaciones contundentes
que resumen todo el salmo:
"El Señor es mi pastor, nada me falta".
Estamos en una sociedad pastoril,
aquí hay un rey que no reina sino sirve,
cuida, alimenta, cura.
A cada oveja la conoce por su nombre.
Lleva un cayado no para herir sino para guiar
y para ahuyentar a los lobos.
Así, pues, tengo padre, tengo madre, tengo un rey,
tengo un médico, tengo un guía,
tengo verdes praderas
y fuentes tranquilas, tengo sol para el día
y luna para la noche,
tengo cobijo y abasto para el invierno,
compañía para la ruta, defensa contra los lobos...
Conclusión: lo tengo todo, nada me falta,
"en verdes praderas me hace recostar,"
El sol aprieta, estamos cansados
y cubiertos de polvo,
pero Él nos está conduciendo
hacia parajes amenos,
nos hace recostar en verdes praderas,
a la sombra fresca de grandes árboles
y ahí reparamos las fuerzas.
"me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas";
Luego, cuando aprieta la sed,
nos lleva a los arroyos de aguas tranquilas y frescas,
y así nuestras energías quedan renovadas.
"me guía por el sendero justo
haciendo honor a su nombre";
Somos felices, no nos falta nada.
Todo lo tenemos.
Después emprendemos de nuevo el viaje
hacia pastos lejanos y abundantes.
Avanzamos por entre cañadas ignoradas
pero no hay que temer.
Él nos guía por sendas exactas y acertadas,
"haciendo honor a su Nombre"
"aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo porque tú vas conmigo"
En este largo caminar,
al atravesar por tierras desconocidas,
es probable que de pronto tengamos que transitar
por zonas peligrosas, quebradas oscuras,
desfiladeros temibles, pero no importa.
Aún en este caso no me asaltará el miedo
ni me abandonara el sosiego
porque Tú vas a mi lado, cayado en mano.
"tu vara y tu cayado me sosiegan."
Sí, aunque me envuelva la noche
Tú estás conmigo,
¿qué pueden hacerme las sombras?
Tú vara y tu bastón me inspiran confianza,
tu poder y tu cariño son mi seguridad,
¿miedo a qué?
Si Tú estás conmigo ¿quién contra mí?.
"Me preparas una mesa frente a los enemigos,
me unges la cabeza con perfume,
mi copa rebosa."
Me has preparado un banquete
a la vista de mis detractores,
ellos quedarán asombrados
cuando me vean en la mesa de la fortuna
con abundancia de manjares refinados,
en la hartura de los festines
con acompañamiento de música y danza,
altamente dichoso.
Tú eres mi banquete y mi saciedad.
Me has traído los perfumes de Arabia
y diariamente unges mi cabeza
con las esencias más exquisitas.
Soy un hombre perfumado
en medio de los hombres
porque Tú eres mi perfume
y el pueblo te reconoce en mi perfume.
Tú has llenado mi copa hasta rebosar,
me desbordas de felicidad, estoy colmado,
mi vida es un festín y Tú eres mi fiesta.
Una vez más lo tenemos que recordar:
todo esto puede ser pura literatura
y palabras huecas.
La veracidad de todo esto depende
de si se vive o no se vive.
Sólo cuando hay una experiencia de Dios,
una vivencia fuerte de fe, entonces y sólo entonces
estas palabras son exactas y hasta cortas.
En el último verso de este salmo, tan breve y tan rico,
el salmista abandona el lenguaje figurado
y nos deja este precioso verso:
"Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida".
El verbo "acompañar" envuelve la idea de caminar.
A la vista del salmista se divisa a lo lejos un rebaño trashumante, siempre en movimiento de valle en valle.
Así nosotros, en la travesía de nuestro valle,
y mientras duren todos los días de nuestra vida,
estamos acompañados por la bondad y la misericordia.
Consuela y alegra el comprobar cómo el salmista
resalta la característica, nunca desmentida,
del corazón del Padre: bondad y misericordia,
notas que constituyen la raíz de la confianza.
"Y habitaré en la casa del Señor
por años sin termino."
Y acaba el salmista formulando para sí
la decisión sagrada de habitar
en la Casa del Señor por años sin término,
interpretándose esta expresión en sentido figurado,
es decir, vivir en la Presencia del Señor
y en su amistad mientras duren los años de mi vida.
P. Ignacio Larrañaga
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Salmo 4
ACCION DE GRACIAS
El salmo 4 es, fundamentalmente,
un salmo de confianza.
Están presentes los mismos
elementos de siempre:
los enemigos con sus amenazas,
súplica y elevación del hombre,
y la experiencia de liberación.
Los tres últimos versículos
son uno de los fragmentos
más espléndidos de la Biblia,
de altísima belleza.
En el primer versículo el salmista
evoca acontecimientos pasados
en que experimentara el favor divino.
"Cuando te llamo, escúchame,
Dios, defensor mío;"
Dispone, pues, el salmista,
de precedentes para calificar
a Dios de "defensor mío"
y apoyado en esos recuerdos
se siente animado para formular
de nuevo la súplica:
"Tú que en el aprieto me diste anchura",
preciosa y precisa expresión,
tanto analítica como literariamente.
En efecto, la angustia es aprieto
y la liberación es anchura.
El salmista recuerda
cómo en épocas pasadas,
en un aprieto provocado por una amenaza,
una vez que el Señor acudió en su auxilio
sintió la sensación de anchura.
En los versículos 3 al 6 el salmista
contrapone su propia confianza
a la arrogancia de los pérfidos
y los desafía a bajar las espadas
y a rendirse sin condiciones.
"Dicen: ¿quién nos hará ver la dicha
si la luz de tu Rostro
ha huido de nosotros?' "
Todas las dichas del mundo
son pálidas sombras,
ecos apagados que ni merecen
el nombre de dicha, cisternas agotadas.
Hay una solamente y un sólo río:
tu Rostro, mente multidimensional
de donde parten todos los ríos
y todas las mieles a las bocas Humanas.
Pero si ese Rostro se aleja de nosotros
¿qué nos espera? La noche.
El corazón del mundo se parará
como un viejo reloj
y el vacío y la muerte
tomaran cuenta de la tierra,
así que
¡no escondas tu Rostro!.
"Tú, Señor, has puesto en mi corazón
más alegría
que si abundara en trigo y en vino"
Es tanta la hermosura de este verso
que parece que hemos alcanzado
una estrella con las manos.
Todos los trigos y vinos del mundo,
y cuanto esas palabras simbolizan,
toda la embriaguez y todas las harturas,
son palabras pequeñas
en comparación del chorro de alegría
que el Señor derramó sobre mí.
Mis entrañas se estremecen de gozo,
el mundo se entrega a una danza general,
en mi corazón bailan los árboles,
se cimbrean los montes, aplauden los ríos,
¡es la locura!
La vida perdió el control, todo es delirio.
Por encima de las palabras la música,
por encima de la música el silencio.
Mejor callar, es la alegría, es el Señor.
"En paz me acuesto
y enseguida me duermo
porque Tú solo, Señor,
me haces vivir tranquilo"
Hemos llegado al éxtasis,
hemos regresado a la infancia espiritual,
es la historia del niño pequeño
y la madre ideal:
el niño, impotente de por sí,
está de tal manera arropado
con la ternura y el cuidado de la madre
que una vez acostado
todo es seguridad en torno a él,
no hay sombras que lo inquieten
ni ansiedades que lo turben,
y enseguida se ausenta
a la región del sueño
y todo es un ensueño azul
porque la madre, que es el Señor,
quedará velando su sueño
mientras dure la noche.
Realmente estamos navegando
en el mar de la confianza.
P. Ignacio Larrañaga
Es la confianza un sentimiento complejo difícil de analizar. En ella están presentes, casi siempre, unos mismos elementos. Ante todo hay un punto de partida: el hombre siente un peligro, una amenaza. No necesariamente un peligro objetivo. Igual que en el caso del niño: el niño pequeño ve venir
personas desconocidas y por desconocidas las presupone eventualmente enemigas. Ante el supuesto enemigo el niño corre en busca de su madre y se echa en sus brazos y en su madre descarga
sus miedos y sus nervios. Y allí deposita también la llave de su libertad y su destino,
se entrega enteramente. En este acto de confianza el niño realiza un movimiento de fuga o salida desde su conciencia de sentirse desvalido a sentirse acogido y arropado por la madre, que es, supuestamente, poder y amor, con lo que el niño entra en el reino de la seguridad. Y así llega a sentir la sensación de omnipotencia, es decir, que nada ni nadie podrá inferirle daño alguno. Por eso la confianza es un sentimiento muy liberador.
Salmo 3
CONFIANZA EN MEDIO DE LA ANGUSTIA
"Señor,¡cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí! ¡Cuántos dicen de mí: "Ya no lo protege Dios"!"
En los versículos 2 y 3 hay una confrontación entre el salmista y sus enemigos. Estos se envalentonan al suponer que Dios ha retirado el favor al salmista. No solamente lo suponen sino que lo dicen públicamente: "Dios ya no lo protege".
"Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza."
El salmista, en lugar de sentirse deprimido por estas insolencias, se eleva,
por ley de contrastes, hasta el Altísimo declarando que aunque todos se levanten contra él no hay nada que temer porque el Señor lo protege con una coraza de acero y mantiene su cabeza elevada por encima de todos sus detractores.
"Si grito invocando al Señor, él me escucha desde su monte santo;"
El salmista, por la larga experiencia de los años pasados, ya sabe que, si en un momento de apuro se acuerda del Señor y levanta el grito hacia Él pidiendo su auxilio, el Señor infaliblemente lo escuchará desde el monte santo donde habita y acudirá presurosamente a liberarlo.
"Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene."
Y para expresar esta seguridad,
en los versículos 6 y 7, el salmista acude a dos bellísimas imágenes del ritmo biológico del acostarse,
dormir y despertar. Llegada la noche, al acostarse, podrá entregarse plácidamente
en brazos del sueño porque el Señor, como madre solícita, velará su sueño y alejará los fantasmas. Y al despertar no acudirán a él las oscuras inquietudes sino que el Señor abrirá ante sus ojos
una senda de luz.
"No temeré al ejército imnumerable que acampa a mi alrededor." De aquí el salmista pasa a una imagen castrense muy expresiva. De pronto se imagina asediado por un pueblo innumerable, hostil, armado y dispuesto a lanzarse en contra de él en orden de batalla. Aun cuando esto sucediere no me importa nada, no pueden hacerme daño alguno.
"Levántate, Señor; sálvame, Dios mío; tú abofeteaste a mis enemigos, rompiste los dientes de los malvados."
De esta figura castrense
el salmista pasa a imaginar una pelea personal y, al parecer, desigual. Asustado el salmista
lanza a Dios un grito de auxilio y, usando una forma humana de hablar, asegura que el Señor los golpeará a los enemigos en el mentón
y les hará saltar los dientes.
"De ti, Señor, viene la salvación y la bendición para tu pueblo."
Acaba el salmo en un clima de gran confianza, asegurando que del Señor vienen la benevolencia y la bendición para el pueblo.
P. Ignacio Larrañaga
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