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Salmo 21
Dios mío, Dios mío
¿por qué me has abandonado?
Es un gran poema sobre el sufrimiento,
expresado con pinceladas poderosas,
insistentes súplicas y,
a pesar de todo, paradojicamente,
en medio de una gran esperanza,
no exenta de cierto aire triunfal.
Es también el salmo que probablemente
rezó Jesús en la cruz en la tarde de la redención.
El ultraje, la deserción, la calumnia, la traición, la muerte,
son grandes sufrimientos.
Pero el límite final a donde puede llegar el dolor
es el sentirse abandonado de Dios.
Es peor que el sepulcro y el vacío.
Es otra cosa que la ausencia de Dios,
otra cosa que el silencio de Dios.
Para un creyente,
cuya vida toda estuvo fundamentada en Dios,
el comprobar que el Señor lo ha abandonado
es como si el suelo se moviera debajo de los pies.
"Estoy envuelto en una noche vacía y helada,
todas las columnas de la tierra han fallado,
se han desplomado las murallas de la ciudad,
estoy en la intemperie, sin defensa,
expuesto a los asaltos de los mastines.
Solo y perdido en la cumbre del mundo,
en medio de una vasta y fría soledad,
grito a Ti de brazos erguidos durante el día
y te haces el sordo.
Mis gritos continúan durante la noche y no respondes.
Tú, que habitas en el santuario
precisamente para atender las súplicas del pueblo"
(versículos 2,3,4).
"Antiguamente todo era diferente.
En aquellos tiempos nuestros padres,
en la noche de la aflicción,
confiaban en Ti y Tú nunca los defraudaste.
Cuando les llegaba el agua al cuello
a ti gritaban y se salvaban
de los remolinos amenazantes.
Ahora que estoy encerrado en el anillo del círculo
y los mastines me amenazan.
Señor, Señor, sé consecuente contigo mismo"
(versículos 5 y 6).
En los versículos 7, 8, 9,
hace el salmista una descripción gráfica
de su terrible situación.
"Soy menos que un gusano pisoteado,
vergüenza de la gente,
desprecio del pueblo.
No merezco ni ser llamado hombre.
Las burlas de la gente aumentan mi dolor.
Ellos se paran delante de mí meneando la cabeza,
haciendo gestos, provocándome,
mientras dicen en voz alta:
'Acudió a su Dios.
A ver si lo libra si tanto lo quiere'.
Esos sarcasmos te afectan a Ti, mi Señor, mi Dios.
¿No te da vergüenza?
Comprometen tu honor.
Despierta, sálvame.
Y así quede tu Nombre resguardado
de la infamia de los miserables".
En los versículos 10, 11, 12,
el salmista vuelve atrás la mirada,
y en su experiencia pasada
fundamenta su confianza actual,
a pesar del abandono de Dios.
"Con ternura infinita me sacaste a luz
desde el seno oscuro de mi madre
y con qué dulzura me colocaste
en los pechos de mi madre.
Mejor dicho,
desde el seno de mi madre salté a tus brazos,
desde el embrión Tú fuiste mi Dios,
o más exactamente Tú fuiste mi madre.
Recuerda, pues, que soy tu hijo
y ahora que estoy cercado de espinos
y vestido de soledad no te quedes lejos".
Y en los versículos 13-19
el salmista se hunde de nuevo en el mar de la tormenta
y nos entrega una descripción surrealista, devastadora,
de rojos colores,
en que trágicamente se superponen toros bravos,
leones que rugen,
huesos descoyuntados,
corazones que se derriten como cera,
jauría de mastines,
terror extremo de la muerte.
Frente a este panorama dantesco
una vez más el salmista acude y se refugia en Dios
en los versículos 20, 21, 22,
continuando con imágenes expresionistas,
pidiendo a Dios que lo libere de los cuernos del búfalo,
de las garras de los mastines.
Y desde este estado de terror,
el salmista pasa a la seguridad de la esperanza
en un auténtico canto triunfal
en los diez versículos finales,
sabiendo que la salvación está asegurada,
con el típico aire de quien está testificando
algo que ha experimentado.
Son diez versos jubilosos,
rezumando confianza en todo momento,
transformado el salmista en un testigo de Dios
ante la gran asamblea
y convirtiendo la alabanza
en una profecía de un futuro gozoso.
El aire triunfal, en tono festivo,
va saltando de grupo en grupo,
de la boca del salmista a los fíeles de la asamblea,
y más tarde a todos los desvalidos del mundo,
y en un verdadero crescendo el júbilo
y la alabanza va abriéndose en círculos concéntricos, alcanzando a los confines de la tierra
donde desaparecen las fronteras,
inclusive extendiendo su dominio más allá de la muerte,
ya que
"ante Él se postrarán hasta las cenizas de la sepultura"
(versículo 30).
Y la vibración se prolongará más allá del tiempo,
más allá de los días de mi vida,
ya que las futuras generaciones y los pueblos,
que un día han de nacer
(versículo 30),
se dedicarán a ensalzar las proezas del señor.
Y así, el salmo 22,
que comenzó en la postración total,
acaba, como se ve,
en una fiesta de alegría,
de la manera como el luto del calvario
culminó en la alegría de la resurrección.
El salmo 22 puede servirles de notable consolación
a los que están lastimados por los golpes de la vida.
P. Ignacio Larrañaga
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Salmo 102
Tú eres siempre el mismo
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Arrastra el salmo 102, en sus entrañas,
una mezcla de contenidos heterogéneos:
sufrimiento general, enfermedad, contingencias,
soledad, fugacidad de la vida, eternidad de Dios.
Sin embargo, en medio de esta mezcla,
aparentemente confusa,
descuellan unas vigas maestras que recorren
y sostienen toda la edificación.
De la contingencia del hombre a la consistencia de Dios,
de la fugacidad de la vida a la eternidad de Dios.
Los dos primeros versos son un desgarrador grito de socorro,
reiterado cinco veces con sus correspondientes apoyos y motivaciones.
Tanta insistencia está preludiando la múltiple calamidad
que ya atenaza al salmista.
Los versículos 4 al 8 son una descripción poderosa
de los dos primeros males que aquejan al salmista:
la enfermedad y la soledad,
envueltos ambos en el ropaje de la contingencia.
Y, como de costumbre,
lo hace con pinceladas llenas de fuerza y color.
"Mis días se desvanecen como humo,
mis huesos se queman como brasas,
mi corazón es como un árbol carcomido,
todo mi ser se desmorona como una tapia en ruinas,
no tengo ganas ni de comer, me da igual vivir que morir,
se me pega la piel a los huesos, estoy hecho una calamidad".
Los versículos 7 y 8 describen magníficamente
el misterio de la soledad.
"Soy como una lechuza en medio de la estepa,
como un buho entre ruinas, no puedo dormir,
paso la noche gimiendo, nadie está conmigo,
soy como un pájaro solitario en el tejado".
A esta situación, ya de por sí calamitosa,
se suma ahora, en el versículo 9,
la actitud hostil de los enemigos.
No saben hablar si no es con insultos,
sus palabras son dardos envenenados,
su corazón es furia y fuego, y su lengua maldita maldiciones.
Pero hay algo más, mucho más, y mucho peor.
Podrían faltarme salud, dinero, compañía humana,
pero si Tú, Dios mío, estás conmigo, todo queda aliviado.
Pero ahora resulta que me está cercando
el vendaval de tu enojo, Dios mío.
Tu furor se ha desatado sobre mí como una tempestad.
Primero me alzaste en vilo para luego lanzarme contra el suelo.
Así que ¿también Tú me rechazas?
Entonces ¿para qué vivir?
Es la soledad total.
En vez de pan la ceniza es mi alimento,
en lugar de agua fresca mi bebida son lágrimas saladas,
y estoy vestido de amargura.
¿Por qué me tratas así?
Por unos pocos días de vida que tengo,
¿por qué no te compadeces de mí?
Total, mis días son una sombra que se alarga,
estoy secándome como hierba.
De la idea y experiencia de la fugacidad de los días humanos,
el salmista, por vía de contrastes,
pasa a considerar la eternidad de Dios,
"que sobrepasa las generaciones"
(versículo 13).
Y esta idea, a su vez,
da paso a una súplica en favor del pueblo,
un pueblo desterrado que sueña y ama
las piedras del templo que ahora está en los suelos.
Después de esta súplica, en los versículos 17 a 23,
pasa el salmista a pensamientos de confianza
a partir de las experiencias pasadas.
"Volverán los tiempos en que el Señor
reconstruirá Sión piedra a piedra,
y su gloria volverá a brillar como el sol,
y las súplicas de los indefensos
serán atendidas puntualmente,
y estos hechos quedarán grabados en pergamino
como testimonio para las futuras generaciones,
que quedarán informadas de qué manera
el Señor mira desde arriba con benignidad,
escucha los gemidos de los desterrados,
y libra a los condenados a la muerte.
Volverán de nuevo a reunirse unánimemente
los pueblos y los reyes en el monte Sión
para celebrar el Nombre del Señor".
Inesperadamente, y contra toda lógica,
en los versículos 24-29,
vuelven a resonar los lamentos por la brevedad de la vida
y por la enfermedad,
en contraste y en mezcla con la eternidad de Dios
y vislumbres de confianza.
"En medio del camino de pronto mis fuerzas vacilaron
y se abreviaron mis días
y dije a mi Dios:
'Por favor, no te presentes en mi presencia
en la mitad de mis días
ni me arrebates como un torbellino.
Date cuenta de que mis días pasan como el viento,
tus años en cambio duran por siempre.
En el principio del mundo cimentaste las rocas,
las estrellas y los montes.
Ellos envejecerán como el vestido y se gastarán.
Tú en cambio permanecerás igual a Ti mismo,
por encima de los tiempos' ".
Y el salmo acaba con un acto de confianza
en que se afirma que
"habrá seguridad para los hijos de tus siervos
y su linaje durará en tu Presencia".
P. Ignacio Larrañaga |
Salmo 57
Muestra, oh Dios, tu gloria sobre toda la tierra
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A pesar de que el salmista está echado entre leones,
cuyos dientes son lanzas y flechas,
y su lengua espada afilada
(versículo 5),
y a pesar de que le han tendido una red
y le han cavado una fosa
(versículo 7),
sin embargo, el salmo 57 es un salmo
que está permanentemente en tono mayor
y una indeclinable confianza
recorre sus entrañas de principio a fin.
Para las personas que son víctimas
de injusticias y atropellos el salmo 57,
así como también el 62,
puede servirles de gran consolación.
El salmista entra implorando reiteradamente
la protección divina
y lo hace con expresiones bellísimas.
"Misericordia, Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en Ti.
Me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad"
(versículo 2).
Como se ve es un versículo precioso
que se puede aprender de memoria
para los momentos de tribulación.
En los versículos 8 al 12,
el salmo se transforma en un himno triunfal,
pleno de alegría y de luz.
El alma que vivió aprisionada
entre los dientes de la tribulación,
no sólo experimenta, en estos versículos,
la sensación de liberación sino de resurrección,
una explosión de alegría y vida.
Se acabó el miedo a los miserables de la tierra,
los de lengua afilada.
Se acabaron los sustos y sobresaltos.
En una palabra, se acabaron los enemigos.
Y no es que se los haya tragado la tierra, no.
Sino que el Señor me libró del miedo,
miedo a los detractores.
Y ahora mi corazón está libre y seguro.
"Mi corazón está firme. Dios mío"
(versículo 8).
"Vengan, pues, a mis manos la cítara y el arpa,
que voy a tocar y cantar para mi Dios"
(versículo 9).
"Despierte la aurora que ya es hora
de que resuene la música inmortal.
¡Gloria y esplendor,
alegría y fiesta entre los pueblos y naciones,
para el Señor Libertador,
el Dios de la misericordia!"
(versículo 10).
"Quede patente ante los grandes de la tierra
que su amor llena la anchura del firmamento
y su fidelidad alcanza las nubes más encumbradas"
(versículo 11).
"Dios mío, resplandezca tu Rostro
por encima de los astros
y desborde tu gloria las fronteras del mundo"
(versículo 12).
P. Ignacio Larrañaga
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Salmo 69
Con el agua al cuello
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El hombre en la persecución y en la calumnia.
En la persecución hay de todo:
injusticia, incomprensión, arbitrariedad, sarcasmo,
sea en el círculo familiar, sea en el vecindario, o a nivel comunitario.
Hierba amarga es la persecución,
más amarga que la enfermedad
y no rara vez más temible que la misma muerte.
En la persecución hay noches de insomnio,
altercados violentos, taquicardias, rumores alarmantes, momentos de pánico,
recriminaciones en los tribunales de justicia.
En medio de la tempestad,
cuando la nave hace aguas por todas partes,
¿dónde agarrarse? ¿dónde refugiarse?
Dios, Dios es la única ancla de salvación
en medio del naufragio general.
En numerosas oportunidades vemos al salmista,
zarandeado en medio de la iniquidad humana,
levantar los brazos e implorar auxilio.
Los salmos que vamos a analizar a continuación
fueron escritos en una gran tribulación
y se complementan mutuamente.
En el salmo 69 el salmista
es un individuo injustamente acusado.
Está, además, seriamente enfermo.
Y para colmo una cadena de aflicciones lo asfixia.
Es la suya una situación desesperante
de la que hace una poderosa descripción,
plantando de entrada un grito desgarrador:
"¡Sálvame, Dios mío!
Las aguas me llegan hasta el cuello,
el río está creciendo y la corriente me arrastra,
estoy hundiéndome en el barro
y no sé dónde apoyar el pie.
Tengo la garganta rota de tanto gritar
y mis ojos desfallecen de tanto esperar"
(versículos 2 al 4).
La descripción continúa con pinceladas poderosas
a lo largo de todos los versículos,
alternando con momentos de gran confianza.
"Los que me odian sin motivo
son más numerosos que los cabellos de mi cabeza
y sus ataques son más duros que mis huesos"
(versículo 5).
"Mis hermanos me miran como a un extraño,
soy como un extranjero en la casa de mi madre,
y todo esto sucede
porque el celo de tu Casa me devora
y las afrentas contra Tí han recaído sobre mí.
Cuando me entrego al ayuno
ellos se me ríen
y se sientan a la puerta para dedicarme coplas
mientras toman vino sin parar"
(versículos 9 al 13).
A continuación, a lo largo de 24 versículos,
se eleva ardiente la súplica del salmista,
súplica salpicada de anatemas contra los enemigos.
La apelación es múltiple, insistente, casi abrumadora,
con variadísimos motivos y formas literarias.
"Por favor, imploro tu bondad y tu fidelidad,
sácame de este barro,
líbrame de este torbellino,
que no me arrastre la corriente.
Acércate a mí, rescátame, respóndeme, necesito consolación
y nadie me la proporciona"
(versículos 14 al 22)
Y en los ocho últimos versículos
la esperanza levanta, por fin, la cabeza.
El día comienza a amanecer,
la alegría está vistiendo los horizontes,
y en una reacción final el salmista,
olvidándose de sí,
entrega palabras de aliento a los pobres y humildes,
y aterriza el salmo en una cosmo-visión alentadora
de salvación universal. A pesar de su longitud el salmo 69
puede proporcionar mucha consolación
a las personas acosadas por la tribulación.
P. Ignacio Larrañaga
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Salmo 42
Sed del Dios vivo
Es un salmo lleno de tensión interior y de fuerza.
Entre sus líneas palpita el drama de una nostalgia,
la nostalgia de un israelita, al parecer un levita,
que vive suspirando por la patria,
que la identifica con el templo,
al que por otra parte lo identifica con Dios:
el objeto final de tan densa nostalgia es, pues,
Dios mismo.
Entra el salmista en el escenario con dos versículos notablemente vigorosos,
rezumando una nostalgia infinita por Dios.
Para expresarse gráficamente
acude a la comparación de la sed fisiológica
que experimentan esos rumiantes
que se llaman ciervos.
Ellos, después de subir y bajar cumbres y laderas,
buscan, devorados por la sed,
las frescas aguas de las quebradas.
E identificando a Dios con el Templo
da rienda suelta a un anhelo profundo e incontenible:
"¿Cuándo entraré a ver el Rostro de Dios?"
(versículo 3).
Después de este desahogo el salmista
se concentra sobre sí mismo y su situación,
y con palabras amargas describe
su condición de exiliado.
Exiliado no en un país amigo sino hostil.
Lágrimas, lágrimas saladas
son su bebida noche y día,
lágrimas de tristeza y vergüenza
cuando los extranjeros le echan en cara
este sarcasmo.
"¿Dónde está tu Dios?"
(versículo 4).
A continuación el desterrado
consigue entregarnos, en el versículo 5,
una espléndida evocación de otros tiempos,
allá en su patria, comenzando con la expresión
"recuerdo otros tiempos...".
Es la desgracia de un expatriado,
no poder desahogarse con nadie.
A un extranjero no le importan sus penas
ni las comprende.
Entonces el exiliado busca, instintivamente,
un interlocutor que lo comprenda,
y no encuentra otro sino él mismo,
en un desdoblamiento de personalidad.
Por eso dice:
"Y desahogo mi alma conmigo",
y a sí mismo se cuenta los recuerdos
más enternecedores,
cuando marchaba abriendo la procesión
hacia la Casa del Señor, entre aleluyas,
entre muchedumbres festivas
(versículo 5).
Ante este recuerdo siente el salmista
una tristeza mortal, que no la puede disimular,
y como no puede esperar consolación de nadie
en un país extranjero,
continúa el extraño diálogo consigo mismo.
"Alma mía ¿por qué esa turbación?
Ánimo, habrá regreso y fiesta, patria y canciones,
y volverás a gritar con toda el alma:
'Salvación de mi rostro. Dios mío'."
(versículo 6).
El salmista desterrado continúa consigo mismo,
entre la nostalgia y la esperanza,
consolándose como mejor puede.
Por lo visto el salmista era del país del norte
y surgen en su mente los lugares de la infancia,
allá lejos, las montañas encumbradas de la patria,
el gran macizo del Hermón de nieves eternas
y el monte menor, el Mizar,
por donde baja cantando alegremente el río Jordán.
Al recuerdo de estos lugares,
donde antaño había nacido y crecido
su amistad con el Señor,
ahora, al evocarlos,
y por mecanismos de asociación,
se le despierta vivamente el recuerdo del Señor
y con fantasía poética el exiliado
se entrega a un juego de simbolismos y realismos.
Efectivamente, por las laderas del Hermón
el agua, increíblemente cristalina,
baja saltando y cantando de quebrada a quebrada.
El salmista imagina poéticamente
cómo una quebrada
dedica a la otra una canción
con voces de cascadas diciendo:
"Tus torrentes y tus olas me han arrollado".
Un símbolo.
Así mismo en su alma las olas de la nostalgia
y los torrentes de la aflicción le han anegado.
Y entre agitadas alteraciones,
de pronto brilla el sol de la esperanza para el exiliado.
"Yo sé que mi Dios me mirará con ternura
y por la mañana me envolverá
en el manto de su misericordia
y por la noche yo entonaré al son de la cítara
una serenata de amor para mi Dios"
(versículo 9).
Y abruptamente recae el salmista de nuevo
en una cantata desesperada,
desafiando a Dios.
"Roca mía
¿por qué me dejas en la región del olvido?
¿Por qué tengo que andar cabizbajo y sombrío,
hostigado eternamente por el enemigo?"
(versículo 10).
"Se me rompen los huesos
y me estallan los tímpanos
cuando me echan en cara este puñado de barro:
'¿Dónde está tu Dios?' "
(versículo 11).
Después de tantos altibajos,
finalmente el salmista
desciende al valle de la serenidad y,
en diálogo consigo mismo,
se entrega definitivamente
en las manos de la esperanza.
Échate en las manos de Dios,
alma mía, y descansa.
Arroja ahí tus oscuras inquietudes,
tus preocupaciones, tu mañana.
Habrá aurora y campanas.
Y mañana mismo Dios
amanecerá antes que salga el sol,
"¡salud de mi rostro. Dios mío!"
(versículo 12).
P. Ignacio Larrañaga
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Salmo 71
No me abandones ahora que soy viejo
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Es el salmo de un anciano.
Hallándose como un edificio en ruinas,
próximo ya a las puertas del abismo,
el anciano salmista mira atrás, mira hacia delante,
y se mueve entre agitados contrastes,
entre la impotencia y la esperanza.
Y a pesar de todos estos contrastes se respira,
en todo momento del salmo,
un clima de serenidad no exento de ternura.
Es un salmo de gran consolación.
En los tres primeros versículos sentimos al salmista
como nervioso, tenso.
Parece un hombre acechado por las fieras
que le salen desde todas partes.
"Ayúdame, sálvame.
Si sucumbo ¿qué van a decir los enemigos?
Sé para mí Roca de refugio,
fortaleza invencible, ancla de salvación"
(versículos 1-3).
En los versículos 5-8 el salmista mira atrás en su vida
y retrocede hasta los días de su infancia,
y nos hace una deslumbrante evocación,
una historia enternecedora.
Desde la aurora de su vida
Dios le había hecho vibrar,
siempre había sido sensible a los encantos divinos
(versículo 5).
Y en una actitud de mayor audacia todavía
el anciano salmista retrocede mucho más,
hasta el mismo seno materno,
y es consciente de que
desde el mismísimo seno materno
había sido tocado por el dedo de Dios.
"Desde entonces, todavía en el seno de mi madre,
ya me apoyaba en Ti,
ya entonces eras la esencia de mi existencia
y el fundamento de mi ser".
Y sintetizando el contenido de este versículo,
y abarcando todos los horizontes,
el salmista nos entrega esta preciosa acotación:
"Siempre he confiado en Ti"
(versículo 6).
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Revisando sus viejos archivos el salmista recuerda momentos asombrosos.
Por aquellos años era tanta su gallardía que
"muchos me miraban como a un milagro"
(versículo 7).
Pero en esto no hubo mérito de mi parte,
todo esto sucedía, y yo parecía un campeón,
porque participaba de tu fuerza,
"porque Tú eras mi Roca"
(versículo 7).
Continúa el salmista con su evocación:
la mía fue una existencia brillante
a la vida de todos,
tu poder y tu gloria resplandecieron
a través de mis pasos y mis días y,
cuando me miraban, todas
"las bocas se llenaban de alabanzas por Ti,
noche y día"
(versículo 8).
Después de esta evocación
el salmista baja la vista,
se mira a sí mismo, y se encuentra viejo,
como madera carcomida,
acosado por la enfermedad, sin fuerzas.
Y para mal de males
los miserables de siempre se divierten
con esta su situación entre chismes y chistes.
En suma, deshecho y despreciado.
Y para colmo de desdichas
los enemigos interpretan esta situación
como una señal de que Dios lo ha abandonado
(versículos 9-11).
En este momento el salmista
salta como un resorte
desde el pozo de su impotencia,
apelando a la justicia divina
y lanzando imprecaciones contra sus detractores
(versículos 12-13).
Siempre el instinto de venganza. Después de estas imprecaciones el viejo salmista,
saltando siempre de contraste en contraste,
y pasando del abatimiento a la euforia,
da rienda suelta, en tres versículos victoriosos,
comenzando con el
"yo, en cambio...",
a su seguridad inmutable,
en el sentido de que será atendido por el Señor,
y ya está pensando en la próxima alabanza.
Sin duda, por lo que le ha sucedido
en su historia pasada,
el salmista sabe que su esperanza
no sera defraudada
(versículo 14).
Y no se cerrara su boca.
"Viviré para narrar tus proezas
y cantar tus victorias"
(versículo 16). En sus típicas transposiciones
de planos y alteraciones anímicas,
el viejo salmista, lleno de gratitud,
y en un tono sumamente entrañable,
vuelve, en los versículos 17 al 20,
al recuerdo de los años pasados,
cuajados de milagros y maravillas.
"Desde los años de mi juventud
fuiste mi maestro y guía,
y hasta hoy mismo mi boca
no se agota en mi alabanza"
(versículo 17).
Pero ahora que soy viejo,
ahora que las canas blancas me coronan
y el vigor se me alejó para siempre,
ahora no me abandones. Dios mío.
Dame un soplo de vida hasta acabar mi tarea,
mi tarea de describir la potencia de tu brazo
a esta juventud actual.
Necesito un poco más de vida
para contar a los incrédulos de siempre
tus indescriptibles proezas,
tus memorables victorias,
aquellas hazañas
que dejaron mudos a los grandes de la tierra.
"Dios mío, ¿quién como Tú?"
(versículo 19).
Después de esta ardiente súplica,
el anciano salmista manifiesta,
en los versículos 20-24,
una serena confianza en el futuro.
Después de tanta fragilidad,
serias enfermedades
y el desprecio de los prepotentes
"yo sé que desde el abismo de mi impotencia
me levantaré como un tallo esbelto
y la primavera florecerá de nuevo en mis huertos"
(versículo 20).
No sólo eso, mucho más.
Mi prestigio ante la asamblea
aumentará considerablemente y
"saborearé la fruta deliciosa de tu consolación"
(versículo 21).
"Aquel día tomaré en mis manos
las arpas vibrantes y las cítaras de oro,
te entonaré en la madrugada
una melodía inmortal
y al anochecer te alabaré con una cantata
a muchas voces y tu Nombre resonará
en todas las latitudes,
¡oh Santo de Israel!"
(versículo 22).
"Y mi alma, agradecida y feliz,
te aclamará noche y día, sin cesar, eternamente"
(versículos 23,24).
P. Ignacio Larrañaga |
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En la decadencia
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Es una constante a lo largo de la Biblia
y de nuestra propia historia, a saber.
El punto de partida para las grandes conversiones
es el punto cero.
Cuando el hombre toca el fondo de la indigencia,
cuando toma conciencia de que no vale nada,
que nada puede, que el suelo se mueve
y no hay dónde agarrarse, entonces, sólo entonces,
Dios nos sale al camino
como la única columna de seguridad.
Probablemente las cumbres más altas
de la historia de la salvación fueron
el calvario
y la caída de Jerusalén en el año 587
en manos de los caldeos.
Los dos desastres máximos acabaron
siendo la máxima fuente de bendiciones.
En el desierto del Sinaí Israel
se declaró en rebeldía contra Moisés y éste,
desalentado,
se entregó a una larga lamentación contra Dios diciendo: "¿Por qué me tratas así?
¿Por qué tengo que cargar yo solo
con el peso de todo un pueblo?
Es un fardo demasiado pesado.
Y si en adelante me vas a tratar así mátame, por favor,
para que yo no tenga que sufrir esta desventura".
Y Dios, comprensivo y compasivo,
le salió al camino con una asistencia especial.
Siempre sucede lo mismo.
La tentación eterna del hombre es la egolatría.
El éxito, la fuerza, el poder, el dinero, la belleza, la salud,
son los dioses que el hombre instintivamente adora.
Siente por ellos una atracción irresistible
y casi sin poder evitarlo les dedica
atención, devoción, adoración.
Imposible adorar al mismo tiempo a varios dioses.
Sólo cuando la salud se deshace,
el poder se tambalea,
los amigos desaparecen,
el prestigio golpe a golpe se viene abajo,
y el hombre al final se queda en la intemperie,
solo e indefenso,
sólo en estas condiciones
Dios se constituye en baluarte de granito.
De la nada al Todo.
El pobre, en lugar de dejarse deprimir por su nada,
siente una secreta y velada alegría por su nada
porque se da cuenta de que esa su nada
invoca y de alguna manera provoca
la misericordia del Padre.
Así es la pedagogía del Señor:
para los que carecen de todo bien
Dios se constituye en el único bien,
para los que nada tienen, Dios es el Todo.
Definitivamente el Reino es de los indigentes.
Elías, perseguido por la reina Jezabel,
emprendió la fuga hacia el monte Horeb,
se internó en el desierto del sur
y después de andar una jornada,
la desolación
se apoderó de su alma reduciéndola a agonía.
Elías soltó los remos y se entregó
en las manos de la muerte diciendo:
"Basta ya, mi Señor.
Llévame, por favor,
porque no soy mejor que mis antepasados".
Y se acostó bajo una retama para morir.
El Señor, viendo a su profeta
en el límite de la desolación,
salió a su encuentro con una torta,
un jarro de agua y unas palabras de aliento.
"Levántate y come
porque tienes delante un largo camino".
Siempre es así.
Para participar de la omnipotencia divina
hay que comenzar por experimentar
la impotencia humana. En el esplendor de sus días el rey Ezequías
fue informado de que iba a morir.
Sorprendido el rey
dolorosamente se convulsionó en su lecho,
volvió el rostro a la pared
y dió rienda suelta a una larga y amarga lamentación. Enternecido el Señor en sus entrañas
sintió lástima del piadoso rey
y cerró el paso a la muerte.
El caso más espectacular fue el de Israel.
Por largos años había vivido en la mediocridad,
incluso en la infidelidad,
y esta situación no se solucionaría
sino con una catástrofe nacional.
Efectivamente, en el año 587,
los sitiadores de Nabucodonosor
consiguieron quebrar la resistencia de Jerusalén,
la capital cayó, fue saqueada y arrasada,
ardió el templo,
desapareció el Arca de la Alianza para siempre,
y todos sus habitantes fueron apresados
y deportados a Babilonia como un enorme rebaño
bajo la vigilancia de los vencedores,
en una caminata de mil kilómetros,
envueltos en polvo, humillación y desastre.
Después de varios años los deportados
fueron poco a poco despertando de sus locas quimeras
y comenzaron a reconocer
que nada tenían en este mundo
ni esperanza de tenerlo,
que sólo eran un puñado de derrotados,
y desde el polvo
comenzó a levantar cabeza un pueblo transformado,
¡qué metamorfosis!
Allí se escribieron los mejores capítulos de Isaías,
la religión dejó de ser rito para tornarse espíritu.
¡Cuántos bienes...!
¿Qué le pasó al hijo pródigo?
Cuando se abatió sobre él el hambre, la pobreza,
la culpa y la nostalgia,
desde ahí, desde ese pozo negro,
se levantó el muchacho para regresar
a los brazos de su Padre.
Sólo cuando se encontró en el fondo del abismo,
sólo entonces, se decidió a retornar al hogar.
Así es la pedagogía del Señor.
Los desvalidos, los indigentes, los pecadores,
los que nada tienen y nada se sienten,
estos son los que tienen acceso
al Padre de las misericordias y se sentarán a su mesa.
Ahora ¿quiénes son los pobres?
Los que carecen de algo:
salud, patria, prestigio, afecto, estima.
Es un dato interesante:
en un número muy elevado de salmos
el salmista se eleva a Dios
desde la experiencia de una indigencia humana.
Así, por ejemplo, en los salmos 13, 17, 22, 88,
desde la experiencia de una extrema aflicción;
en el salmo 71 desde la experiencia de la ancianidad;
en los salmos 30, y otros,
a partir de la inminencia de la muerte;
en los salmos 35, 55, 57, 69, y otros,
desde una situación de persecución;
en los salmos 38, 51, a partir de la culpa...
la lista sería interminable.
Es una constante de su pedagogía:
el Señor deja que el hombre se hunda
en el abismo de la indigencia
y allí mismo inicia el desvalido su ascenso hacia Dios.
He comprobado en la vida que los que han tenido
un fuerte proceso de conversión
casi siempre ha sido a partir de un fracaso,
un disgusto o una desilusión.
El Padre usa las pruebas y los golpes de la vida
como una pedagogía normal.
P. Ignacio Larrañaga |
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