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Encierro y liberación (salmo 31)
A las personas que tienen dificultad para relajarse, se les aconseja tensarse muscularmente, hasta la máxima tesitura, y luego soltarse de golpe.
Es el mismo procedimiento que se utiliza en el método psicoanalítico: se hace dolorosamente consciente lo que es dolorosamente inconsciente, sea en el área del miedo, de la desesperación, etc.; y cuando se ha llegado precisamente al punto más álgido y doloroso, ahí mismo se inicia la curva descendente de la liberación.
Lo mismo sucede en el salmo 31. Percibimos en el alma del salmista un gran movimiento, con diferentes temperaturas y niveles. Comienza el salmista con un cierto grado de ansiedad (vv. 2-5), pero pronto pasa a la confianza-seguridad (vv. 6-9). Retorna a una desesperación mucho más profunda, casi al borde del límite (vv. 10-14), y, a partir de esta cúspide, salta el salmista, en una transición bastante brusca, a la paz más profunda y definitiva (vv. 15-24), de tal manera que no pare ce la misma persona en las distintas situaciones, como si hubiera habido un desdoblamiento de personalidad.
En los cinco primeros versículos vemos al salmista bastante tenso, inseguro, aprensivo. La razón de este estado de ánimo es la siguiente: el salmista está encerrado en sí mismo. Si bien es verdad que dirige a Dios algunas miradas furtivas, fugaces, el centro de atención, y hasta de obsesión, es él mismo y su situación.
Por eso, sentimos que en estos versículos la tensión y la inseguridad avanzan en un crescendo incesante: que yo no quede defraudado, ponme a salvo, ven aprisa a liberarme; por el amor de tu nombre, dirígeme, guíame, sácame de la red que me han tendido (vv. 2-5).
Es el hombre literalmente atrapado en sus propias redes. En-si-mismado. Y este ensimismamiento es una cárcel, una prisión; el salmista está preso de sí mismo; y en un calabozo no hay sino sombras y fantasmas. Por eso vemos al salmista asustado.
Una fantasía encerrada y asustada ve sombras por todas partes, percibe como reales las cosas inexistentes, o los hechos reales los reviste de dimensiones desmesuradas; todo queda magnificado por el miedo. Todo esto es mucho más notorio en los VV. 10-14.
Esta es la situación de las personas que tienen tendencias subjetivas, como obsesiones, complejos de inferioridad, manías persecutorias, inclinaciones pesimistas... Estos sujetos, que no son pocos, no viven, sino agonizan: viven entre suposiciones, presuposiciones, interpretaciones, obsesiones, «hijas» todas ellas del en-si-mismamiento: fulano no me escribe, ¿qué le habrán dicho de mí?; aquella amiga no me ha mirado, ¿por qué será?; aquí ya nadie me quiere, están pensando mal de mí, etc. ¡Cómo sufre la gente, y tan sin motivo! La explicación de fondo, repetimos, es que estas personas están encerradas en sí mismas como en una prisión.
Cuando el hombre se encuentra consigo mismo, en sí mismo, se siente tan inseguro, tan precario y tan infeliz que es difícil evitar el asalto de miedo, el cual, a su vez, engendra los fantasmas.
— En el versículo 6, el salmista despierta, ¡gran verbo de liberación! Toma conciencia de su situación de encierro, y sale ¡otro verbo de liberación! Toda liberación es siempre una salida. El salmista se suelta de sí mismo —estaba preso de sí— y salta a otra órbita, a un Tú. «A tus manos encomiendo mi espíritu» ( 6).
Y, al colocarse en ese otro «mundo», en ese otro «espacio», como por arte de magia se derrumban los muros de la cárcel, se ensanchan los horizontes y desaparecen las sombras. Amaneció la libertad.
«Tú, el Dios leal, me librarás» (v. 6). Me librarás, ¿de qué? De los enemigos. ¿Qué enemigos? De aquellos que fundamentalmente eran «hijos» del miedo. Y, aun cuando antes hubieran sido objetivos, el mal del enemigo es el miedo del enemigo, o mejor, es el miedo el que constituye y declara como enemigos a las cosas adversas. Pero, al situarse el hombre en el «espacio» divino, al experimentar a Dios como roca y fuerza, se esfuma el miedo y, como consecuencia, desaparecen los enemigos. He ahí el itinerario de la libertad.
«Yo confío en el Señor» (v. 7). Confiar, ¡precioso verbo! En todo acto de confianza hay un salir de sí mismo, un soltar tensiones y un entregar al otro las llaves de la propia casa, como quien extiende un cheque en blanco. En un salto más audaz, la libertad se encarama sobre un pináculo mucho más elevado: «Tu misericordia», expresión entrañable, sinónimo en el Antiguo Testamento de lealtad, gracia, amor (más exactamente, presencia amante), «es mi gozo y mi alegría» (v. 8). No solamente a los fantasmas se los llevó el viento y a los miedos se tos tragó la tierra, sino que el salmista se baña en el océano de la Bienaventuranza: paz, alegría, seguridad, casi júbilo.
Y, para colmo de tanta dicha, en los siguientes versículos viene a decir: cuando las aguas ya me llegaban al cuello y sentía que me ahogaba, tú me mirabas atenta y solícitamente, revoloteando sobre mí como el águila madre; no has permitido que las sombras me devoraran ni me alcanzaran las manos de mis enemigos, sino que, por el contrario, has colocado mis pies en un camino anchuroso, iluminado por la libertad (vv.8-9).
Así estaba sintiéndose el salmista, cuando, súbitamente, en un descuido, se desprende de Dios y, en un movimiento de repliegue, se encierra de nuevo en sí mismo y, de nuevo —era inevitable—, vuelven las sombras, y un enjambre de espectros con ellas. Realmente es difícil sintetizar, en tan pocos versículos (vv. 10-14), tan espeluznante descripción: los enemigos se burlan, los vecinos se ríen de él, los conocidos evitan cruzarse en su camino (v. 12), se le deja olvidado como a un muerto, se le desecha como a un trasto viejo (v. 13), todos hablan en su contra, todo le da miedo, conjuran contra él, traman quitarle la vida (v. 14).
Puros fantasmas y engendros subjetivos, fruto de la recaída en el ensimismamiento. El salmista está viviendo escenas de horror, lo mismo que en una pesadilla nocturna: una persona, en el primer sueño, protagoniza un episodio tan horrible que despierta con taquicardia, y con todos los síntomas de haber librado una batalla de muerte. Despierta, y... ¡qué alivio!, ¡todo fue un sueño! En estos versículos, el salmista está realmente dormido en la mazmorra de un ensimismamiento, enclaustrado, perseguido por las sombras, girando en torno a alucinantes espectros. Al despertar (v. 15), comprobará la mendacidad de tales aprensiones.
Quisiera resaltar aquí otra lección de vida: ¿cómo se explica esta recaída? Acababa el salmista de hacer una magnífica descripción de su liberación: se sentía libre, seguro, gozoso. Y ahora de nuevo esta tempestad tan repentina. Tal es la condición humana.
Hay personas que son especialmente versátiles e inestables. Pero, aquí, no nos referimos expresamente a ellas. Los estados de ánimo, aun de personas normalmente estables, son oscilantes, suben y bajan no de otra manera que las alteraciones atmosféricas: ahora la persona está inquieta; horas más tarde despreocupada; al mediodía, vacilante, al anochecer, resuelta... Hay que comenzar por aceptar con paz esta condición oscilante de la naturaleza, sin asustarse ni alarmarse. La estabilidad, el poder total, la libertad completa vienen llegando después de mil combates y mil heridas, después de muchas caídas y recaídas.
Como dijimos, la nueva y deplorable situación del salmista se debe a la nueva encerrona en el presidio de sí mismo. Necesita salvarse de sí mismo para poder salvarse de sus enemigos. Y esta liberación será fruto, una vez más, de un acto de fe, que es una salida, o, si se quiere, de un acto de adoración que es siempre el gran éxodo.
En efecto, con la conjunción adversativa pero el salmista sale y, en un salto acrobático se arroja en el seno de Dios, como diciendo: todos están en contra de mí, «pero yo confío en ti, Señor; yo te digo: Tú eres mi Dios» (v. 15). ¡Increíble! Con este acto de adoración, y con el consiguiente olvido de sí mismo, caen los muros opresores, se dilatan los horizontes, la luz inunda los espacios, nace de nuevo la libertad, esta vez definitivamente, Y vuelve a brillar la alegría.
Al sumergirse en el mar de Dios, el salmista participa de su misma solidez y seguridad. En adelante, hasta el versículo final, tendrá buen cuidado de no volverse sobre sí mismo, porque ya sabe por experiencia que ahí está la raíz de sus más íntimas desventuras; sabe también que mientras mantenga su atención fija en los ojos del Señor, no retornarán los sobresaltos, y el miedo no volverá a rondar su morada.
El liberador es Dios, pero la liberación no se consumará mágicamente. Mientras el hombre se mantenga centrado en sí mismo, encerrado en los muros del egoísmo, será víctima fatal de sus propios enredos y obsesiones, y no habrá liberación posible. El problema consiste siempre en confiar, en depositar en sus manos las inquietudes, y en descargar las tensiones en su corazón.
Efectivamente, el salmista reclina la cabeza en el regazo del Padre, coloca en sus manos las tareas y los azares (y. 16), como quien extiende un cheque en blanco.
La libertad profunda, esa libertad tejida de alegría y seguridad, consiste en que «brille tu rostro sobre tu siervo» (v. 17), en «caminar a la luz de su rostro» (Sal 89), en experimentar que Dios es mi Dios. Entonces, las angustias se las lleva el viento, y los enemigos rinden sus armas por el poder de «su misericordia» (y. 17), ya que los enemigos se albergan en el corazón del hombre: en tanto son enemigos en cuanto se los teme; y el temor tiene su asiento en el interior del hombre, pero el Señor nos libra del temor.
Y cuando desaparece el temor, «los malvados bajan mudos al abismo» (v. 18). ¿Quiénes eran esos malvados? Ahora se sabe: viento y nada. ¿En qué quedaron sus amenazas e «insolencias»? En un sonido de flautas. ¿Qué fue de los «labios mentirosos»? Quedaron enmudecidos (v. 19).
A medianoche, la tierra está cubierta de tinieblas. Llega la alborada y desaparecen las tinieblas. ¿Dónde se ocultaron? En ninguna parte. Al salir el sol, «se descubrió» que las tinieblas no eran tales, sino vacío y mentira. No de otro modo, al brillar el sol en los abismos del hombre, se comprueba que el miedo y sus «hijos» naturales no eran sino entes subjetivos, carentes de fundamento real. El Señor nos ha librado verdaderamente de nuestros enemigos.
Los versículos 20-23 describen admirablemente, y aun analíticamente, y con una inspiración de real jerarquía, esta gesta de liberación. Vienen a decir que no faltarán las conjuras humanas, las flechas envenenadas, las lenguas viperinas (v. 21). Pero a «los que a ti se acogen» (v. 20) «los escondes en el asilo de tu presencia» (v. 21). Expresión altamente preciosa, y analíticamente precisa.
Quiero decir que, para quienes se dejan envolver vivamente por la presencia divina, esa presencia se transformará en refugio y abrigo (un abrigo anti-balas); para quienes se acogen a El, Dios será una presencia inmunizadora. Lloverán las flechas, pero se estrellarán contra el abrigo de quien ha confiado, y ni siquiera rozarán su piel: está inmunizado por la Presencia envolvente; Dios mismo es quien lo envuelve y lo cubre, haciéndolo insensible a los dardos. El Padre no evitará que los miserables se confabulen y disparen sus flechas, pero tampoco permitirá que quien «se acoge a Él» sea herido. Por eso, el salmista ya no se inquieta más, porque está refugiado en Dios como en una «ciudadela impenetrable» (v. 23).
En los versículos finales, el salmista avanza jubilosamente, de victoria en victoria, hasta clavar en la cumbre más prominente este enorme grito de esperanza:
«Sed fuertes y valientes los que esperáis en el Señor» (v. 25).
Los que se saltaron sus estrechos márgenes y abandonaron sus oscuras concavidades, y, en alas de la fe, remontaron el vuelo hacia los «espacios» abiertos de Dios, y confiando en El, le entregaron las llaves de sus propias moradas, todos estos participarán de la libertad, fortaleza y audacia de Dios.
Salmo 91
A la sombra del Omnipotente
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Es un hermoso canto de liberación,
descrito con una brillantísima
serie de imágenes,
tomadas de los diversos peligros
provenientes de la vida real. Para entenderlo bien es necesario
tener presentes las reflexiones analíticas
que hemos hecho anteriormente:
cuáles son y dónde están
esa clase de enemigos,
en qué consiste,
nos sentimos libres de ellos, etc...
En los versículos primero y segundo
el salmo comienza con una exhortación
tejida de imágenes muy expresivas.
"Tú que habitas al amparo del Altísimo,
tú que vives a la sombra del Omnipotente, abandonado noche y día
en sus poderosas Manos,
dí al Señor lleno de confianza:
'Dios mío, refugio mío, alcázar mío,
roca invencible, confío en Ti,
en tus Manos deposito
las llaves de mi libertad,
mi pasado, mi futuro.
En Ti reclino mi cabeza
para descansar y dormir,
haz de mí lo que quieras'."
Si realmente se vive esto así, |
si el alma vive en este estado
de abandono absoluto y confianza total,
los versículos 3 al 13 nos abren
a una deslumbrante
panorámica de liberación.
"No abrá red cazadora
que alcance tus alas,
ni el espanto nocturno
ni la flecha voladora
se acercarán a tu tienda,
ni la peste que se escurre furtivamente
ni la epidemia que ataca
a la luz del mediodía
rozarán tu piel.
Aunque caigan mil a tu derecha
y diez mil a tu izquierda,
a ti no te pasará nada,
y atravesarás el mundo
sobre las alas de los ángeles,
por encima de los áspides,
víboras, leones y dragones".
Y en los tres últimos versículos
Dios toma la palabra
y con siete verbos
conjugados en primera persona
manifiesta su firme determinación
de proteger al hombre.
"Ya que confió en mí lo libraré,
lo protegeré, lo escucharé,
estaré con él en la tribulación,
lo defenderé, lo glorificaré,
lo saciaré de largos días,
le haré experimentar mi salvación".
En una palabra, estaré con él,
tanto en los días azules
como en las noches de tempestad,
mientras duren los años de su vida.
P.Ignacio Larrañaga
Salmo 118
Eterna es su misericordia
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El salmo 118 es un himno triunfal,
lleno de gloria,
propio del día de resurrección
como un magníficat a toda orquesta.
En él aparece un héroe que describe
increíbles hazañas, llevadas a cabo
por la poderosa diestra del Señor.
Aparece también el pueblo que,
como un coro griego,
comenta o celebra aquellas gestas.
Y por encima del escenario planea
majestuosamente el binomio poder-amor
del Señor Dios protegiendo a sus hijos
contra los peligros.
En los cuatro primeros versículos
estalla la orquesta en un acorde
cuatro veces repetido
y dando sentido a todo el salmo:
"Eterna es su misericordia".
Sí, nuestro Dios avanza cubierto
con un manto de misericordia,
le precede el amor y le sigue la fidelidad.
Lo puede constatar Israel,
que desde niño fue acogido
con cuerdas de ternura.
Cualquiera de nosotros puede testimoniar
de qué manera el Señor veló nuestro sueño
y cuidó nuestros pasos.
¡Gloria, pues, eternamente al Dios
compasivo y misericordioso!
En el versículo 5 comienza la narración,
aunque en términos genéricos.
Y de todas las maneras
en los versículos 5 al 9
están encerrados todos los mecanismos
de la salvación.
En el fondo de la tragedia está siempre
la soledad, ya lo hemos dicho.
Es decir, el hombre, encerrado y apretado
entre las cuatro paredes de sí mismo
comienza a sentirse desvalido,
limitado, poca cosa.
Como efecto de esta sensación
el hombre sufre susto, miedo, angustia.
Y el miedo imagina peligros
y crea fantasmas.
Y el hombre acaba por sentirse
irremediablemente perdido,
rodeado de acechanzas
y enemigos por todas partes.
Todo esto sucede al salmista
en los versículos 5 y siguientes.
¿Y qué sucede en esos momentos? Que
"en el peligro grité al Señor
y me escuchó poniéndome a salvo"
Y el salmista vio la derrota de sus enemigos.
¿Es que los enemigos fueron tragados
por la tierra?
No, sucedió otra cosa.
El salmista, al gritar al Señor,
salió de su ensimismamiento
a los espacios divinos,
e igual que al amanecer se esfuman
los fantasmas, así,
al asomarse el salmista a la luz del Señor,
se esfuman las sombras de la mente.
Con otras palabras,
así como el susto es efecto
del sentirse solitario,
al experimentar el salmista que
"el Señor está conmigo"
entonces grita
"nada temo"
Desaparecen los hijos de la solitariedad:
sustos, miedos, sobresaltos,
y es ahora cuando el hombre podrá desafiar,
"¿qué podrá hacerme el hombre?"
Esta es la verdadera victoria
que consigue el salmista por
"la diestra poderosa del Señor"
En los dos versículos consecutivos, 6 y 7,
el salmista reitera el secreto central
y la clave de toda salvación:
"el Señor está conmigo",
la experiencia de
"el Señor está conmigo".
Y a partir de esta experiencia
el salmista da un testimonio personal
ante la asamblea:
"Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor
que confiar en los jefes"
utilizando los verbos
"refugiarse" y "confiar"
en los que hay un dejarse arropar
por el abrigo de una Presencia liberadora
de Dios.
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En los versículos 10 al 14 hace el salmista
una descripción gráfica
de una aventura bélica.
"Pueblos y tribus me rodearon
para devorarme vivo,
pero el Señor se puso en medio
como una muralla"
Otro día me cercaron de nuevo,
cerrándome el paso, pero el Señor
fue mi espada y mi victoria.
En otra oportunidad,
saliendo desde la oscuridad,
se me aproximaron peligrosamente,
y poniendo las manos sobre mí
"me empujaban y me empujaban
con intención de arrojarme a la fosa,
pero el Señor fue mi muro de contención".
Esta narración puede aplicarse
a múltiples situaciones.
Las incomprensiones y maledicencias
eran como avispas venenosas
mientras las enfermedades roían mis huesos,
los amigos me retiraban la confianza
y el afecto, y me dejaron sólo en la calle.
Parecía que todos huían de mí
mientras las dificultades
se levantaban como olas,
y cuando parecía que la muerte era
mi único destino y refugio,
invoqué el Nombre del Señor,
salí a los espacios divinos y
¡oh prodigio!, las olas se calmaron,
me nacieron alas,
los miedos se los llevó el viento
y el Señor se transformó para mí
en una columna de granito.
Todo fue obra del Señor.
"Ha sido un milagro patente"
"Es el Señor quien lo ha hecho"
"Este es el día en que actuó el Señor"
"¡Canto y música para
nuestro gran Libertador!
Sea nuestra alegría y nuestro gozo"
Sea nuestra existencia una fiesta
y nuestros días una danza.
"Ahora viviré"
porque hasta ahora mi existencia
era un morir viviendo o un vivir muriendo,
ya que mi alma agonizaba de tristeza,
no podía ni respirar.
Era la muerte.
Pero ahora que el Señor actuó
y nos ha dado la salvación
y la vida nos la transformó en una fiesta,
"ya no he de morir"
"viviré para contar las hazañas del Señor"
Mis días serán canto y música para mi Dios.
El Señor usó conmigo
una pedagogía acertada,
"me castigó"
una y otra vez, me dejó en el desconcierto,
me sentí mil veces con el agua al cuello,
me sentí como un muro en ruinas,
mi prestigio se hizo polvo,
caí en manos de la desesperación,
invoqué a la muerte,
"pero no me entregó a la muerte"
fueron golpes y sacudidas para librarme
de la muerte o del ensimismamiento,
para experimentar el contraste
entre mi contingencia y la consistencia de Dios,
para saltar de la nada al todo,
de la oscuridad a la luz.
En fin, para que yo comprobara
en mi propia carne
que no hay otro salvador
sino nuestro Dios. Y en este momento el coro estalla
en una cantata vibrante
y el estallido va saltando
de grupo en grupo
en la gran asamblea de los justos.
"La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa"
En los versículos 19 al 29 la escena
adquiere un gran movimiento,
y el héroe contagia de su euforia
a la asamblea y a los coros
y se establece un diálogo entre todos.
El personaje liberado dice:
"Ábranse las puertas del triunfo.
Necesito entrar por ellas
para entonar un himno de gratitud"
El personaje agrega:
"Estaba yo en la boca del abismo,
clamé a Ti, me escuchaste
y me libraste del horror"
En los versículos 22-25 el coro
retoma la palabra para comentar, conmovido,
los acontecimientos de liberación diciendo:
"Aquel a quien nuestros ojos contemplaron
bajo los pies de sus enemigos,
despreciado y el último,
ahora resulta que ha sido constituido
en piedra angular
y viga maestra del edificio"
"Es un milagro patente"
"obra del Señor".
"El Señor hizo proezas increíbles,
sacó prodigios de la nada,
dejó muda a las naciones, ¡hosanna!"
Luego el coro se dirige al héroe,
que avanza por la nave central del templo,
en medio de gran algarabía,
entre estandartes y ramos de olivo,
y el pueblo proclama al héroe
como un bendito del Señor,
un privilegiado en quien ha recaído
la benevolencia y la bendición del Señor.
Y se imparten órdenes para que se organice ordenadamente una procesión
con ramos en alto,
avanzando lentamente, entre cánticos,
hasta el vértice mismo del altar.
Y una vez llegado allí el héroe,
dejando a un lado los aires épicos
y el tono triunfal,
contra todo lo esperado,
toma el rumbo de la intimidad,
desciende hasta el último nivel de sí mismo
y con el afecto más entrañable dice:
"Tú eres mi Dios"
De Ti vengo, hacia Ti voy, en Ti descansaré.
Dios mío, yo te bendigo.
Y para clausurar esta brillante
representación,
el coro corona gloriosamente
la obra con el estribillo inicial:
"Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia". |
P.Ignacio Larrañaga
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Salmo 31
Súplica confiada de un afligido
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En los versículos 2 al 5 entra el salmista
con un cierto grado de ansiedad.
En los versículos 6 al 9 pasa a la confianza.
En los versículos 10 al 14 retoma el salmista
a un estado de terror.
En los versículos 15 al 24 recupera
de nuevo la paz, y esta vez definitivamente.
Este es el resumen.
Efectivamente, en los cuatro primeros versículos vemos al salmista inseguro, tenso, nervioso.
Y esto sucede porque el salmista
está encerrado en sí mismo.
Es verdad que dirige a Dios
algunas miradas fugaces,
pero de hecho el centro de atención,
y hasta de obsesión, es él mismo.
Por eso vemos que en esos versículos
el miedo avanza como en un crescendo.
"Por favor, que yo no quede defraudado.
Ponme rápidamente a salvo.
Ven aprisa a librarme.
Tómame de la mano, dirígeme,
guíame, sácame de esta red
que me están tendiendo"
Como se ve, es el hombre literalmente
atrapado en las redes de sí mismo,
enmarañado, ensimismado.
Y el ensimismamiento es una prisión.
El salmista está, de hecho, preso de sí mismo.
Y en una prisión no hay
sino sombras y fantasmas.
Por eso vemos al salmista asustado.
Y una fantasía encerrada y asustada
ve sombras por todas partes.
Esto sucede particularmente
con las personas aprensivas,
obsesivas, pesimistas,
las que sufren de manías persecutorias,
complejos de inferioridad.
Esta clase de gente no vive, agoniza,
entre suposiciones, presuposiciones, aprensiones: "este está en contra de mí",
"aquel ya no me quiere",
"estos me están traicionando",
"aquel ya no me escribe,
señal de que alguien ya le habló,
ya sé quien le habló, ya sé qué le dijo",
"aquellos otros están moviéndose
para quitarme el cargo"...
¡Cómo sufren entre fantasmas
y suposiciones inexistentes!
Es verdad que en este sufrimiento
influye el factor temperamental,
pero la causa principal es otra:
están encerrados entre las cuatro paredes
de sí mismos.
Siempre repito esta comparación:
Si yo te dijera sube a media noche a ese cerro,
antes de quince minutos ya has oído rumores misteriosos, has visto ladrones al acecho, etc.
A media mañana te digo sube a ese cerro,
y ahora te das cuenta que no había
ni rumores ni brujas ni ladrones.
¿Qué había sucedido?
Que la oscuridad engendró el miedo
y el miedo engendró todos los fantasmas.
En el espíritu sucede lo mismo.
Cuando el hombre se encierra en sí mismo,
en la noche de su solitariedad,
se siente apretado entre las cuatro
paredes interiores de sí mismo,
limitado, apretado, poca cosa,
desvalido, solitario,
de esta sensación nace la inseguridad y el miedo.
Y el miedo engendra los fantasmas mentales.
Este proceso se da en el salmo 31. Efectivamente, en los versículos 6 al 9
el salmista despierta,
sale de la noche de su solitariedad
a los espacios divinos
y sucede que el miedo desaparece
y aparecen la libertad y la paz.
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"A tus manos encomiendo mi espíritu"
El salmista se suelta de sí mismo,
se desembaraza de sí mismo,
porque estaba en efecto preso de sí.
Salta y sale a otro mundo, a un tú,
y como por arte de magia se desvanecen los fantasmas y amanece la libertad.
"Y Tú, el Dios leal, me librarás"
Me librarás ¿de qué? ¿de mis enemigos?
No, del miedo de mis enemigos.
Y al sentirme libre del miedo
quedo libre de los enemigos
porque los enemigos no eran otra cosa
sino fantasmas engendrados por el miedo.
Pero al salir de la oscuridad interior
a los brazos de mi Padre,
al descargar en Él los nervios,
miedos y preocupaciones,
y al sentir a mi Padre como fuerza y Presencia,
los miedos se esfuman
y como consecuencia los enemigos también,
que no eran sino fantasmas de la mente, desaparecen y llega la paz.
El versículo 7 dice:
"Pero yo confío en el Señor".
Todo el que confía sale de sí mismo,
descarga los nervios en el otro,
le entrega las llaves de la casa,
es decir, de la libertad,
deposita en sus manos un cheque en blanco,
"haz de mí lo que quieras",
y no sólo pierde el miedo y siente seguridad
sino que el salmista se baña en el mar
de las bienaventuranzas.
"Tu misericordia es mi gozo, mi alegría",
todo es paz, libertad.
En el versículo 8, a continuación, viene a decir: Cuando mi vida estaba en peligro
resulta que Tú estabas velando sobre mí
pero yo no me daba cuenta
porque estaba mirándome a mí mismo,
ensimismado y encerrado en mí.
Pero ahora, al salirme de mí mismo,
ahora me doy cuenta de que
"Tú estabas mirando mi aflicción"
y no sólo
"no has permitido que yo fuera entregado
en las manos de mis enemigos"
sino que
"has puesto mis pies en un camino anchuroso",
lleno de luz.
Me siento libre, soy feliz.
En resumen: de los versículos 6 al 9 el salmista describe un estado de gran liberación. Efectivamente, en los versículos 6 al 9
el salmista había descrito un gran estado
de paz y de liberación,
cuando de repente, el salmista, en un descuido,
se desprende de Dios,
se encierra de nuevo en sí mismo,
y no podía ser de otra manera.
En los versículos 10 al 14 hacen su aparición
todos los espectros, sombras y fantasmas.
Los enemigos se le burlan, los vecinos se le ríen,
los conocidos se le escapan,
la angustia lo devora, el dolor lo consume,
todos lo olvidan como a un muerto,
todo le da miedo,
todos están conjurados contra él
tramando quitarle la vida...
fantasmas, puros fantasmas, todo mentira.
Aborto de una mente encerrada en sí misma
de nuevo.
Una pesadilla de una noche,
de una noche interior.
En el primer sueño tú despiertas con taquicardia,
con sudores de quien ha librado una batalla feroz, despiertas y dices:
"¡que alivio, todo era mentira,
todo era una pesadilla!".
Sólo que mucha gente tiene esas pesadillas
cuando trabaja, cuando anda de compras
o camina en la calle, encerrado en sí mismo,
y mirándose a sí mismo.
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En los versículos 15, 16 y 17
el salmista despierta,
toma conciencia de que todo lo que le sucede
es efecto de estar ensimismado,
sale de sí mismo,
se arroja en el seno de Dios.
Después de aquella letanía horrorosa:
"los enemigos se me burlan,
los vecinos se me ríen,
los conocidos se me escapan,
todos están en contra de mí, etc...",
pero yo, ah, yo, en contraste,
"confío en Ti Señor,
y yo te digo:
'Tú eres mi Dios'".
Y ya está. Increíble, todo se esfumó.
Ya pueden alzarse las huestes del infierno
y las fuerzas de la muerte para devorarme vivo.
Pase lo que pase
"yo confío en Ti, Tú eres mi Dios"
Y parece magia.
Se dilatan los horizontes, amanece la libertad
y brilla de nuevo, y esta vez definitivamente,
la alegría.
Efectivamente, en el versículo 16,
el salmista deposita en sus Manos las tareas,
los miedos, los nervios y los azares, como quien reclina la cabeza en el regazo del Padre,
y se evaporan las sombras nocturnas
y todo se cubre de luz y seguridad.
"Brille tu Rostro sobre tu hijo
y entonces me sentiré salvo,
por el poder de tu misericordia"
Misericordia: es Dios mismo en cuanto me ama,
me asiste, me protege.
De la solitariedad nace el miedo
y el miedo engendra fantasmas.
Cuando la soledad interior fue poblada
por la Presencia, que es Amor,
donde hay amor no hay temor
y donde no hay temor no hay enemigos.
En adelante, hasta el versículo final,
el salmista tendrá buen cuidado
de no volverse sobre sí mismo porque ya sabe,
por experiencia, que aquí está la raíz
de sus desventuras.
Y sabe que,
mientras mantenga su atención fija en el Señor,
el miedo no rondará su casa.
El Liberador es Dios pero la liberación
no se realizará mágicamente,
el problema consiste siempre en confiar,
es decir, en despertar,
salirse del encierro de sí mismo
y depositar en sus Manos
cuanto somos y tenemos.
Y ¿qué fue de aquellos enemigos
que se reían y vecinos que se burlaban?
Los versículos 18 y 19 nos van a responder.
Se avergonzaron y bajaron mudos al abismo,
es decir, eran mentira y nada.
A medianoche la tierra estaba
cubierta de tinieblas.
Amanece,
¿dónde se escondieron las tinieblas?
En ninguna parte.
La luz descubrió y demostró
que las tinieblas eran vacío y mentira.
¿Qué sucedió con los labios mentirosos
que proferían insolencias contra el justo,
qué fue de todos ellos?
Pues sucedió que, al brillar la luz del Rostro,
se descubrió que el miedo y sus fantasmas
eran mero producto subjetivo.
El Señor nos ha librado verdaderamente
de los enemigos.
Los versículos 20-23 describen
admirablemente esa liberación.
"Los que a Ti se acogen,
es decir, los que se abandonan en Ti,
los que confían en Ti,
Tú los revestirás de tal belleza y serenidad, aparecerán a la vista de todos tan libres,
fuertes y alegres,
que todo el mundo se enterará
de quien es el verdadero Liberador".
Estos son los testigos de Dios.
No faltarán las conjuras humanas ni flechas envenenadas, pero
"Tú los escondes en el asilo de tu Presencia"
que quiere decir: quienes se dejan envolver
y compenetrar de tu Presencia
de tal manera se sentirán saciados
con esa Presencia embriagadora, plenificadora, liberadora, de Dios, que todo lo restante no les importará nada.
Todo quedará de tal manera relativizado
que se sentirán libres de todo.
El Padre no evitará que los envidiosos de siempre disparen dardos envenenados
pero tampoco permitirá
que quien se acoge a Él sea herido.
"¡Bendito sea, pues, el Señor Dios
que ha realizado maravillas de amor
en una ciudad impenetrable!"
Afuera soplan tempestades, vuelan dardos,
respiran furiosos enemigos,
pero aquí dentro no entran balas
ni rozan los dardos, estoy inmunizado.
Dios es mi inmunidad.
Y en los versículos finales el salmista avanza jubilosamente hasta acabar
con un acorde triunfal:
"Sean fuertes y valientes
todos los que esperan en el Señor"
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P. Ignacio Larrañaga
Salmo 27
El Señor es mi luz y mi salvación
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Una gran melodía recorre todo el salmo 27:
"No tengas miedo, yo estoy contigo".
Este es el resumen del salmo 27.
El salmista entra en escena airoso y triunfal,
lanzando desafíos en todas las direcciones,
con metáforas cada vez más brillantes.
¿Cómo se llama esto? San Pablo llama "gloriosa libertad".
Pero no tenemos una palabra que sintetice
esta acción liberadora de Dios.
En el fondo de esa liberación está,
como contenido vital, la ausencia del miedo.
"No tengas miedo".
Pero esta expresión negativa encierra riquezas positivas como seguridad, paz, alegría.
A todo lo cual llamamos "liberación interior".
La Biblia repite una y otra vez:
"Yo estoy contigo. No tengas miedo".
A primera vista la causa que produce un efecto
es la Presencia divina.
"Yo estoy contigo".
Y el efecto producido es la remoción del miedo:
"No tengas miedo".
Hay, pues, una relación de causa a efecto.
Esta es la raíz de la explicación que está en el fondo
del salmo 27 y de unos quince salmos más de liberación.
Pero lo que Dios ataca y destruye no es el miedo
sino la madre del miedo: la soledad.
En el fondo de la tragedia está siempre la soledad
o el sentirse solo.
Y esto, a su vez, equivale a sentirse desvalido, impotente.
Y esta sensación, a su vez, produce un estado de incertidumbre e inseguridad que llamamos miedo.
¿En qué sentido Dios destroza esta cadena?
Por cierto, no lo hace mágicamente.
Se presupone que siempre hay una fuerte experiencia
de Dios, de otra manera es difícil comprender
cómo puede haber personas piadosas
que viven muertas de miedo.
Probablemente es porque no hay propiamente
una verdadera experiencia de Dios.
Digo, pues, que se presupone que los primeros versículos
del salmo 27 están en forma condicional:
"Si el Señor es mi luz y mi salvación,
cuando el Señor sea verdaderamente
la defensa de mi vida,
cuando yo experimente vivamente que Tú estás conmigo,
que si eres todopoderoso eres también todoamoroso.
Tú me pueblas y me habitas,
eres el fundamento de mi ser,
esencia de mi existencia,
vida de mi vida y alma de mi alma,
sin Ti yo vendría verticalmente a la nada porque en este momento me estás dando a luz a la existencia.
Tú me sostienes... si verdaderamente
Tú eres la ternura de mi vida y mi fuerza
y mi libertad y mi bien y mi todo,
ahora decidme ¿miedo a qué?
Si Tú estás conmigo ¿quién contra mí?
¿Qué puede hacerme el hombre?"
El miedo desaparece porque la soledad
queda poblada por la Presencia.
Y entonces el hombre participa
de la omnipotencia de Dios:
"Si Tú, Dios mío, eres omnipotente y Tú estás conmigo lógicamente yo soy hijo de la Omnipotencia".
Por consiguiente, ni las tribulaciones, ni las angustias,
ni las persecuciones, ni las mentiras, ni las calumnias,
ni un ejercito entero, ni las fuerzas de la muerte,
podrán arredrarme.
Y este sentimiento de omnipotencia va acompañado
de una sensación de seguridad y alegría.
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Y no es que los enemigos hayan sido fulminados
por un rayo o pasados a espada,
al contrario, están ahí, insolentes y disparando,
pero el salmista se siente de tal manera
arropado por la Presencia divina,
y de tal manera inmune e invencible,
que no siente miedo por nada,
nada lo hiere, nada le molesta,
y se siente ampliamente libre.
No se trata, pues, de una situación objetiva,
como si los enemigos hubieran sido abatidos,
sino de una sensación subjetiva,
de libertad gloriosa acompañada de gozo y paz.
Este es el análisis último
y contenido vital del salmo 27
y de otros tantos salmos de liberación.
Los enemigos existen, pues,
tanto cuanto existen en mi mente,
son un producto de mi mente,
y es el miedo quien los engendra.
Ahora bien, si el miedo es removido
desaparecen los enemigos.
No del frente de batalla sino de tu mente,
y entonces el hombre viene a sentirse
como si los males y las desgracias de la vida no existieran, y de ahí la sensación de libertad.
"Aunque se levanten contra mí
los resentidos de siempre para devorarme vivo, cuando me vean inmune a sus arrogancia,
ellos, adversarios y enemigos,
tropiezan y caen"
Son ellos los que se sentirán derrotados.
"Aunque un ejercito entero
acampe frente a mi casa
y me declare la guerra no me importa nada,
me siento seguro"
"En el día del peligro, es decir,
cuando me ronde la desdicha,
cuando toquen a mi puerta la incomprensión
y la soledad, el desprestigio o la enfermedad,
el Señor me protegerá en su tienda"
El Padre no tiene tiendas ni refugios.
Él mismo es la cabaña de refugio.
El problema es que yo me refugie en sus Manos.
Y continúa el versículo 5:
"Me esconderá en lo más
escondido de su Morada".
Pero Dios tampoco tiene escondites,
otra vez el problema está en mí,
soy yo quien tiene que
buscar refugio bajo sus alas, esconderme envolviéndome con el manto de su Presencia,
"y me protegerá contra las saetas".
"Me alzará sobre la roca"
El Padre tampoco tiene roca alguna.
Él es la Roca, soy yo quien tiene
que encaramarse sobre esa Roca
y ponerme fuera del alcance
de los dardos envenenados.
"Y levantaré la cabeza
sobre el enemigo que me cerca"
que quiere decir: si los enemigos,
sean personas, acontecimientos o elementos adversos de la naturaleza, se hacen presentes
y me amenazan y me disparan...,
pero como yo soy invulnerable,
porque estoy arropado de un abrigo anti-balas
que es mi Dios Todopoderoso,
entonces no pueden hacerme daño alguno,
de manera que la victoria es mía,
lo que equivale a quedarme
con la cabeza levantada por encima de mis enemigos.
"En su tienda sacrificaré sacrificios de aclamación, cantaré y tocaré para mi Dios"
No podía ser de otra manera.
Una gesta de liberación acaba siempre
en un himno de liberación.
Aquel que ha experimentado algo no podrá callar.
El salmista, sintiéndose libre y feliz,
necesita explotar, en danza y música,
y en adelante su vida será canto y alabanza
para el gran libertador.
Tenemos, pues, al salmista transformado
en un testigo de liberación.
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Todo lo que hemos dicho hasta ahora
se resume en esto:
"No tengas miedo".
Y lo que va a decir el salmo de ahora en adelante
se resume en esto otro:
"Yo estoy contigo",
bajo la expresión bíblica de "Rostro".
Premeditadamente nos hemos saltado
el versículo 4, porque por su contenido
a este versículo le corresponde estar
en la segunda parte.
Si todo lo dicho es verdad,
si el Dios vivo y vivido en la interioridad,
es la fuente de toda libertad,
entonces concluyamos:
una sola cosa vale, una sola cosa importa,
una sola cosa pediré y buscaré
por todos los días de mi vida,
"habitar en la Casa del Señor"
Este "habitar" en su templo hay que entenderlo
en un sentido espiritual,
vivir en la Presencia del Señor, cultivar su amistad, "gozar de la dulzura del Señor"
Es decir, experimentar la predilección del Padre, cultivar incesantemente la relación personal
con mi Dios.
"Oigo en mi corazón: buscad mi Rostro.
Tu Rostro buscaré.
Señor, no me escondas tu Rostro"
Dios no tiene rostro.
Este término, tan repetido
desde los días de Moisés,
hace referencia al Dios personal, vivo y verdadero,
a Dios mismo percibido en la fe y en la oración.
Eso es "Rostro".
Volvemos a insistir: Dios será el vencedor
de la soledad y el liberador de las angustias
en la medida en que sea el Dios viviente
en el fondo de mi conciencia.
No un Dios que sea abstracción teórica
o un juego de palabras,
sino una Persona viviente, mi Dios verdadero.
A esta realidad, por llamarla de alguna manera,
la llamamos "Rostro".
Y el salmista, sabiendo por experiencia
que ese Rostro es la mente de todo bien,
en seis ocasiones consecutivas apela a ese Rostro.
"Tu Rostro buscaré. Señor"
"No me escondas tu Rostro"
"No rechaces con ira a tu siervo"
"No me deseches"
"No me abandones"
"Aunque mi padre y mi madre,
por un imposible, me abandonaran,
el Señor me acogerá"
El salmo que comenzó con una entrada triunfal
acaba también con una salida triunfal.
"Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida"
"País de la vida" es esta vida,
oportunidad que el Padre nos da
para ser felices y hacer felices.
"Gozar de la dicha del Señor" significa vivir, simplemente vivir, ni más ni menos,
porque mucha gente no vive, agoniza entre fantasmas, miedos, angustias.
Pero ahora que el viento del Señor
barrió con todas esas negras nubes,
ahora podemos respirar, sentimos libres, felices.
Esto se llama vivir.
Tanta hermosura no podía acabar
sino con un largo y reiterado grito de esperanza. "Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor"
La vida está envuelta en peligros,
el hombre necesita refugios,
ya aprendió a no confiar
en los señores de la tierra,
por experiencia sabe que sólo salvan
el poder y la ternura del Padre.
Esta confianza deriva en seguridad interior,
y esta seguridad, a su vez,
deriva en el gozo de vivir
y en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Shalom. Felicidad.
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P. Ignacio Larrañaga
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