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Las misericordias del Señor - Salmo 51
Estás conmigo
El celo
Viaje al interior
Viaje al interior Salmo 139 (138)
«¡Qué es el hombre!»![]() «¡Qué es el hombre!»
Ingenuidad y ternura
Pobreza y adoración Pobreza y adoración
Asombro y éxodo
Asombro y éxodo
Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra (Sal 104,1). Bendice, alma mía, al Señor, Dios mío, ¡qué grande eres! (Sal 104,1). Este es el cantus firmus, la melodía central que sazona, alienta y sostiene en pie los salmos cósmicos: el asombro. La admiración planea incesantemente por encima de la creación, mientras Su Presencia aletea por encima y bucea por debajo de las criaturas. Aquí está la diferencia entre un geólogo y un salmista. Para el geólogo, la creación es un objeto de estudio: lo aborda analíticamente con instrumentos adecuados. Para el salmista, la creación no es un objeto que se toma para analizarlo, ni siquiera para admirarlo. Más bien, el salmista es seducido y deslumbrado por la creación. Es, pues, el salmista un ser eminentemente pascual, volcado, mejor dicho, arrebatado por el esplendor circundante; y «estudia» (contempla) la creación, no científicamente, sino vibrando con ella; casi se diría «viviéndola», con todas las características de la vida: unidad, es decir, el salmista no sólo está «fuera» de sí, sino, sobre todo, vertido en la corriente secreta del mundo y compenetrado con sus impulsos; emoción, esto es, una palpitación gratificante; gratitud un sentimiento benevolente y agradecido por tanta hermosura que le hace al hombre feliz. Lo dicho hasta aquí podría identificar al salmista con el poeta. Pero hay mucho más; el salmista es también, y sobre todo, un místico. Este es su distintivo más eminente. El salmista, fundamentalmente, es un ser deslumbrado por Dios mismo, atraído por un Dios percibido en la creación de tal manera que el esplendor del mundo no es sino el manto de su majestad, y la vida, su aliento (Sal 8,1). Es, pues, el salmista un ser cautivado por Dios, por un Dios que arrastra tras de sí a la creación entera, y, por cierto, también al salmista. Ya se pueden imaginar los resultados: como en un torbellino embriagador, la naturaleza, el hombre y Dios danzan al unísono, respiran un mismo aliento, viven una misma vida. ¿Cabe imaginar júbilo más subido? Bergson, refiriéndose a esta experiencia, dice: «No es algo sensible y racional. Es, implícitamente, lo uno y lo otro. Y es mucho más que todo eso; su dirección es la del impulso vital». Es de tal naturaleza esta experiencia que no hay manera de conceptualizarla, y menos todavía de verbalizarla. Por eso, el salmista, después de una exclamación, tiende a cerrar la boca y permanecer en silencio posterior; un silencio, por cierto, grávido de la más densa palpitación.
Retorno a la naturaleza
Retorno a la naturaleza
El templo de la creación. Dios es
El templo de la creación Dios es
En los salmos 8, 104 y otros, las criaturas son el lugar de encuentro, el altar de la adoración, así como en otros salmos —numerosos— las gestas salvíficas son la epifanía de la presencia y acción liberadora de Dios. El salmista no es tan sólo un poeta colorista que describe «las madrigueras de los erizos» y «los cachorros que rugen por la presa», sino, sobre todo, el contemplador sensible que capta la realidad latente y palpitante que respira bajo la piel de las criaturas: Dios mismo. En las religiones primitivas, la realidad, imprecisa y vaga, por cierto, no sólo se circunscribía a ciertos elementos telúricos, como el árbol, la fuente o el sol, sino que se identificaba con ellos. La divinidad era la fuente sagrada, el bosque, sin una exacta distinción entre ser y estar, sino más bien implicados y confundidos ambos aspectos; para Aken Aton, el sol era (y estaba) la divinidad. En los salmos, y en la Biblia, en general, se lleva a cabo el proceso de emancipación, abierta hacia la trascendencia: se cercena el cordón umbilical que ligaba a un dios a un lugar. Dios se separa de los seres y lugares, se independiza, superando la etapa panteísta, y adquiere identidad personal y mayoría de edad: trasciende los seres creados: queda más allá de las criaturas, lo que no quiere indicar que esté distante, o por encima, sino que es otra cosa que la criatura. Desde ahora, estamos en condiciones de afirmar: simplemente, Dios es. Podemos agregar también que Dios es el fundamento fundante de toda realidad, la esencia de la existencia; que en El nos movemos, existimos y somos; y que no le corresponde estar, sino ser.
Tu rostro busco, Señor
Tu rostro busco, Señor
Todo lo que hemos dicho hasta ahora corresponde a la primera parte del salmo, cuyo contenido fundamental es la ausencia de miedo (no tengas miedo). Y el núcleo esencial de la segunda parte es el asegurar la presencia divina: buscar su rostro. Premeditadamente nos hemos saltado el versículo 4, porque, por su contenido, corresponde más bien a la segunda parte. «Una cosa pido al Señor, y eso buscaré: habitar en la casa del Señor por todos los días de mi vida» (v. 4). Si la experiencia liberadora, descrita hasta ahora, es realmente así, entonces se impone una conclusión; si Dios, vivo y vivificante en la interioridad humana, es la fuente de toda dicha y de toda libertad, entonces, concluyamos: sólo una cosa vale, sólo una cosa importa, sólo una cosa procuraré, pediré y buscaré eternamente: «habitar en la casa del Señor». Es necesario entender estas palabras en su verdadera profundidad, es decir, en su sentido figurado: vivir en el «templo» de su intimidad, cultivar su amistad, acoger profundamente su presencia; «gozar de la dulzura del Señor» (v. 4), esto es, experimentar vivamente la ternura de mi Dios, su predilección, su amor, que se me da sin motivos ni merecimientos, cultivar interminablemente «por todos los días de mi vida», la relación personal y liberadora con el Señor, mi Dios. «Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro». Otra vez lo precisamos: Dios no tiene rostro. Este término, rostro, tan repetido desde los días de Moisés, como la ( expresión de la intimidad más entrañable, quiere indicar, hace referencia, una vez más, a la presencia divina, al Dios personal, vivo y verdadero, a Dios mismo, percibido vivamente en la fe y en la oración. Volvemos a insistir el Señor será el vencedor de la soledad y el liberador de las angustias, en la medida en que sea el Dios viviente en el fondo de mi conciencia. La única condición para que Dios sea verdaderamente mi liberador es esta: que no sea (Dios) una abstracción teórica, un entresijo de ideas lógicas para hacer acrobacias intelectuales, sino que sea, dentro de mí, una persona viviente: padre, madre, hermano, amigo, mi Dios verdadero. A esta realidad, por llamarla de alguna manera, la llamamos rostro. Y el salmista, sabiendo por experiencia que ese rostro es la clave de todo bien, fuente de fuerza y transformación, así como de plenitud existencial, en seis oportunidades consecutivas apela a ese rostro: 1) «tu rostro buscaré, Señor»; 2) «no me escondas tu rostro»; 3) «no rechaces a tu siervo»; 4) «no me abandones»; 5) «no me dejes»; 6) «aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me acogerá». El salmo, que comenzó con una entrada triunfal, finaliza también con una salida victoriosa, con un par de versículos en que campea, invenciblemente, la esperanza. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida» (v. 13). País de la vida es esta vida, oportunidad que Dios nos da para ser felices y hacer felices. Gozar de la dicha del Señor es, simplemente, vivir, ni más ni menos. Mucha gente no vive, agoniza. Los que arrastran la existencia anegados entre temores y ansiedades no viven, su existencia es una agonía; en el mejor de los casos, vegetan. Pero ahora que el viento del Señor ha barrido con nuestras sombras y temores, ahora, sí, podemos respirar, sentimos libres, gozosos, felices. Esto es vivir, ahora esperamos vivir. Y tanta hermosura como contiene este salmo no podía acabar sino con un grito largo de coraje y esperanza: «Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (v. 14). El hombre tiene que habérselas con la vida y sus peligros; necesita refugios donde acogerse. Ha aprendido a no confiar en los poderosos de la tierra, «los señores de la tierra»; y sabe por experiencia que sólo salvan e] poder y el cariño de Dios. Este poder y amor suscitan la confianza del hombre, y en esta confianza se basa su seguridad. Y esta seguridad se transforma en el gozo de vivir, vivir plenamente, Shalom.
Hijos de la Omnipotencia
Hijos de la Omnipotencia
Y hemos llegado al punto de partida. ¿Por qué, de qué manera, con qué mecanismos la presencia de Dios (yo estoy contigo) desplaza y anula el miedo (no tengas miedo)? La explicación es ésta: la presencia de Dios no «ataca» directamente al miedo, sino a la soledad, madre del miedo. Cuando el hombre abre sus espacios interiores a Dios, en la fe y en la oración; cuando siente que sus soledades interiores quedan inundadas por la presencia divina; cuando percibe que su desvalimiento e indigencia radicales quedan contrarrestados por el poder y la riqueza de Dios; cuando el hombre experimenta vivamente que ese Señor, que llena y da solidez, además de todopoderoso, es también todocariñoso; que Dios es «su» Dios, el Señor es «su» Padre; y que su Padre lo ama, y lo envuelve, y lo compenetra, y lo acompaña; y que es su fortaleza, su seguridad, su certidumbre y su liberación..., entonces, díganme, ¿miedo a qué? Y este sentimiento de omnipotencia va acompañado de seguridad, euforia, júbilo, libertad, sentimientos que afloran en muchos salmos con expresiones exultantes. ¿Cómo llamar a todo esto con una sola palabra? Nosotros lo hemos llamado libertad interior, pero esta expresión aún es muy pálida. En realidad, se trata de una sensación de omnipotencia: es lo que sentía san Pablo al escribir: «Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni las potestades, ni altura, ni profundidad...» nada ni nadie puede conmigo, porque Dios está conmigo, y participo de su propio poder. No es que a los enemigos se los haya tragado la tierra, o hayan sido fulminados por un rayo, o pasados a espada. No. Los adversarios siguen en pie, están ahí, insolentes, esparciendo su veneno. Pero el salmista se siente de tal manera arropado por la presencia di vina, de tal manera cohesionado interiormente, de tal manera partícipe de la omnipotencia divina, y por lo mismo, invencible, que no siente miedo alguno, no le afectan los insultos ni le alcanzan los dardos, nada lo hiere, nada lo lastima; se siente libre, libre de los males y la adversidad. No se trata, pues, de una situación objetiva, como si los enemigos hubieran caído abatidos y denotados, sino una sensación subjetiva, la sensación de una libertad gloriosa, acompañada de júbilo, euforia y plenitud vital. Este es el mecanismo, el sentido profundo que late en el seno del salmo 27 y de tantos otros. Ahora bien; como dijimos, si el miedo es removido, desaparecen los enemigos, no del frente de batalla sino de la mente, Y, entonces, la situación real es tal que el hombre se siente como si los enemigos de hecho no existieran; y no sólo los enemigos, sino todos los males y desgracias de la vida; de ahí esa santa euforia, esa libertad gloriosa. Si se levantan contra mí los resentidos de siempre, para derribarme y devorarme, cuando me vean invulnerable a sus espadas y mentiras, ellos mismos serán presa de confusión y perplejidad, «ellos, adversarios y enemigos, tropiezan y caen» (v. 2), son ellos los que se sentirán derrotados. Aunque un ejército entero (v. 2), organizado en orden de batalla, acampe frente a mi casa, mi corazón no se inmuta. Y si, bayoneta en alto, avanzan con intención de traspasarme, ni siquiera me inmuto, porque nada pueden hacerme, me siento libre, invulnerable. « ¿Qué puede hacerme el hombre?». «En el día del peligro» (v. 5), cuando me ronde la desdicha, cuando la muerte llame a mi puerta, cuando me asalten los mastines de la incomprensión y la soledad, el desprestigio y la enfermedad, el Señor «me protegerá en su tienda». Dios no tiene tienda ni cabaña. El mismo es la cabaña de refugio. El problema está en que yo me refugie, me acoja, me abandone en sus manos. Pero Dios no tiene manos; se trata de una metáfora para significar su presencia. Hay quienes traducen, con gran acierto, este versículo, diciendo: «Dios me abrigará». Correcto. De eso se trata: de que yo me abrigue, que yo me cubra con la presencia divina, como con un abrigo. Una vez más, y siempre, la libertad gloriosa presupone una experiencia viva de Dios. Y continúa el versículo: «Me esconderá en lo más escondido de su morada». Dios no tiene escondites; Él es el escondite, y la gruta de refugio, y la cabaña para guarecerse en tiempo de tormenta. Otra vez, y siempre, el problema está en mí: soy yo quien tiene que buscar el refugio de sus alas; soy yo quien tengo que envolverme con su presencia, que me protegerá de las saetas. «Me alzará sobre la roca» (v. 5). Tampoco tiene Dios roca alguna. El es la roca, y una roca prominente, inaccesible. Y soy yo quien debo encaramarme sobre esa roca para ponerme fuera del alcance de las flechas de los enemigos. Brillante metáfora que recuerda los castillos inexpugnables de otros tiempos, construidos, como nidos de águila, sobre riscos altísimos, rodeados por todas partes de barrancos profundos. Estas torres eran, pues, inaccesibles, y por lo mismo, inexpugnables. Los hombres, refugiados en su interior, estaban seguros y libres de sus enemigos. «Y levantaré la cabeza sobre el enemigo que me cerca» (v. 6). Espléndida figura, muy repetida en la Biblia, que resume cuanto el salmista ha dicho hasta ahora. Esto es: si los enemigos (que pueden ser personas, o bien acontecimientos, o elementos adversos de la naturaleza) rugen en torno, me amenazan y me disparan, pero yo soy invulnerable porque estoy revestido con un abrigo antibalas, que es Dios, y me siento insensible a sus amenazas, y, por lo mismo, libre, entonces, el triunfo es mío, lo que equivale a quedar yo con la cabeza levantada por encima de mis enemigos. «En su tienda sacrificaré sacrificios de aclamación, cantaré y tocaré para mi Dios» (v. 6). Era inevitable; siempre sucede así: una gesta de liberación acaba siempre en un himno de liberación. El salmista, sintiéndose completamente liberado y profundamente dichoso, necesita explotar; no puede callarse, y en un arrebato de agradecida emoción, prorrumpe en música y danza, en gritos de júbilo y alabanza para el Gran Liberador.
Soledad, miedo, angustia
Soledad, miedo, angustia
El salmo 27, sobre todo en su primera parte, suena en estas mismas armónicas. El salmista entra en escena, airoso y triunfal, lanzando desafíos en todas direcciones, con metáforas cada vez más brillantes y audaces: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quien temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?... Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo. ¿ Cómo llamar a esto: libertad, seguridad, gozo, paz, plenitud? ¿Estará aquí el contenido del saludo eterno de Israel: Shalom? Es un saludo que encierra tales resonancias de vida que no hay manera de traducirlo a otros idiomas; por ejemplo, nuestra palabra paz no agota los contenidos vivos de Shalom; quizás podríamos expresarlo con la palabra felicidad, restándole un cierto eco hedonista que este término oculta. Pero, ¿cuál es, en el fondo, la experiencia que está viviendo el salmista? ¿Cuál es el contenido vital, la naturaleza última de ese sentimiento que se agita dentro del salmo? ¿Habrá alguna manera, alguna expresión que pueda sintetizarlo? Entiendo que sí. Y podría ser ésta: ausencia de miedo. Pero, esta expresión, de cuño negativo, encierra a su vez una carga de profundidad, desbordante de varias riquezas: seguridad, libertad, gozo, paz, alegría. Por sintetizarla con una expresión de signo positivo, hablaremos de libertad interior, entendiendo, ciertamente, por libertad interior ese cúmulo de vivencias interiores recién señala das. En todo caso, después de todo, como veremos, no se trata de otra cosa que de ausencia de miedo. Como hemos dicho, la Biblia repite invariablemente los mismos términos: yo estoy contigo; no tengas miedo. Al primer golpe de vista, aparece obvio que la causa que desencadena un hecho es la presencia divina (yo estoy contigo); y el hecho, el efecto producido, es la remoción del temor (no tengas miedo). Hay, pues, una relación de causa a efecto. Esta es la explicación radical que, según creo, yace en el fondo del salmo 27, y en el fondo de no menos de diez o quince salmos más. Considero, pues, que es conveniente y provechoso hacer un análisis y escudriñar las entrañas del fenómeno miedo, con cierta prolijidad. En el fondo del fenómeno está la soledad, entendiéndose por soledad el hecho de sentirse solo; y esto, a su vez, equivale a sentirse desvalido, indigente, impotente, limitado. A todo esto lo llamamos solitariedad. Hay dos circunstancias que dramatizan esta situación o sensación: en primer lugar, el factor temperamental: hay personas que nacieron con una predisposición especial a sentirse especialmente desvalidas; y a otras, ciertos acontecimientos desdichados las dejaron con las alas recortadas, enfermas de inseguridad. Por otro lado, una alta responsabilidad le hace sentirse al hombre, normalmente, solitario, incierto, inseguro; porque, siempre, el peso de una responsabilidad es el peso de una soledad. Es lo que les sucedió a Moisés, Jeremías y otros profetas. Y, aquí y ahora, nace el temor, como consecuencia y efecto de esa soledad desvalida. El miedo está constituido fundamentalmente de incertidumbre e inseguridad. El miedo sería, pues, consustancial al hecho de sentirse hombre, a partir de su radical soledad e indigencia. El miedo acompaña al hombre bajo muchas formas y variantes, y, a veces, bajo formas disfrazadas. Su presencia, con frecuencia oculta y larvada, es constante, aunque el hombre no tenga conciencia de ello. Las diversas formas del miedo permanecen vivas, pero enterradas, en las capas profundas de la subconsciencia: son fuerzas en movimiento, completamente oscuras, sin que se sepa exactamente de dónde vienen, a dónde se dirigen, y, sobre todo, a dónde nos llevan. Los factores que desencadenan las formas y variantes del miedo son innumerables e imprevisibles. El estado de miedo (el miedo en cuanto se ha instalado en la conciencia) puede surgir un tanto repentina mente, y apagarse pronto. También puede hacerse presente paulatinamente; en este caso, sus efectos pueden ser persistentes, y llegar a transformarse en una fijación de carácter permanente, entrando (el miedo) a formar parte constitutiva de la personalidad e incidiendo en muchas de las manifestaciones de la vida. El hecho de vivir envuelve, de alguna manera, una cierta amenaza general o peligro. Donde hay seres humanos que sienten, desean y proyectan, los peligros estarán al acecho, a la puerta. El hombre puede desear ardientemente la independencia, y luchar por ella, pero no puede liberarse totalmente de las dependencias. Siempre estará inserto en algún grupo o sistema social; y, mientras esto suceda, por mucho que se esfuerce por ser autónomo, siempre existirán algunas formas de dependencia, y, oculto entre sus pliegues, el eventual conflicto que, en cualquier momento, puede estallar. En las entrañas del miedo, frecuentemente, nace y crece, tensa y a la defensiva, la resistencia mental, resistencia a algo, por lo general sordo y oscuro, que intuimos como posible peligro o amenaza a nuestra seguridad, amenaza que se intenta anular resistiéndola. Esta resistencia tiene un nombre: angustia. A menudo es difícil distinguir la frontera divisoria entre el miedo y la angustia. Teóricamente, la angustia es hija del miedo, pero no rara vez ignoramos dónde está la madre y dónde la hija. Por eso, hay una serie de términos que, en el lenguaje corriente, resultan sinónimos del miedo: temor, angustia, ansiedad, congoja, pánico... Y, digamos de paso que, aunque mucho se parezcan, el miedo, de por sí, es completamente diferente de la timidez. No siempre el miedo tiene una motivación objetivamente válida. Hay que tener en cuenta que todo hombre arrastra unas buenas dosis de subjetivismo, que hacen parte de la individualidad; y esto sin pensar en los sujetos que, constitutivamente, muestran fuertes tendencias subjetivas. Por eso, el miedo crea fácilmente fantasmas, ve sombras, distingue enemigos, o los sobredimensiona, se mueve entre suposiciones. Y si la persona tiene tendencias subjetivas muy marcadas, puede vivir, sobre todo en los momentos de crisis, entre alucinaciones, viendo adversarios por todas partes, imaginando conspiraciones, suponiendo conjuras. Es lo que le sucede al autor de algunos salmos, como, por ejemplo, el 31 (30), el 71(70), y otros. Después de todo, el miedo es, no enemigo número uno del hombre, sino enemigo único. El mal de la muerte no es la muerte, sino el miedo de la muerte. El mal del fracaso no es el fracaso, sino el miedo a fracasar. El mal de que no me quieran o me marginen no es el hecho de que eso suceda, sino el miedo de que suceda. De todo lo dicho surge, espontánea y obvia, la siguiente conclusión: removido el miedo de los enemigos, los enemigos desaparecen, por muy altaneros que se presenten ahí, frente a mí.
La libertad gloriosa
La libertad gloriosa
Salmo 27 (26) El salmo 27 se encuentra en las mismas armónicas que aquella gran melodía que viene resonando desde las primeras páginas de la Biblia: no tengas miedo; yo estoy contigo. Moisés, Josué, Gedeón, Samuel, David, y todos los profetas, en los momentos decisivos, al experimentar el peso de su fragilidad frente a la altura de una responsabilidad, escucharon, en diferentes oportunidades, y en múltiples formas, estas o semejantes palabras, que les liberaron de temores y les infundieron coraje. Esta melodía adquiere, en ciertos momentos, una tensión verdaderamente conmovedora. Así, por ejemplo, cuando, muerto Moisés, Josué tuvo que ponerse al frente del pueblo, en su marcha conquistadora hacia la Tierra Prometida; sintiéndose Josué indeciso para cruzar el río Jordán, frontera de la futura patria, el Señor le infundió aliento y esperanza con estas palabras: «...como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. Sé valiente y firme, porque tú vas a dar a este pueblo la posesión del país que juré dar a sus padres. Sé, pues, valiente y firme... No tengas miedo ni te acobardes, porque tu Dios estará contigo a donde quiera que vayas» (Jos 1,1-10).
Estas palabras acompañaron a Josué, como luz y energía, durante las mil y una aflicciones que tuvo que soportar en los años en que Israel se instaló en la tierra de Canaán, instalación que no fue una posesión pacífica de una tierra regalada, sino una conquista sangrienta en medio de mil atrocidades. Esta melodía o leit motiv —la asistencia leal y amorosa de Dios— adquiere una tonalidad todavía más intensa y alta en los profetas, sobre todo en Isaías: «No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre: “Eres mío” Si pasas por las aguas, yo estoy contigo; si por los ríos, no te anegarán.
Si andas por una hoguera, no te quemarás, porque yo soy tu Dios, el santo de Israel, tu Salvador» (Is 42,1-4). Numerosos textos, semejantes a este, diseminados aquí y allá, en diversos profetas, expresan la misma convicción.
Una larga serie de salmos contiene, también, de forma múltiple y vigorosa, la certeza de esta asistencia liberadora de temores y angustias: salmos 23 (22); 27 (26); 31 (30); 71(70); 91(90); 118 (117); 131 (130), y otros. En términos generales, se podría decir que esta convicción ( ¿actitud?, ¿estado de ánimo?) es el sentimiento más generalizado e insistente en los ciento cincuenta salmos. altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrán separarnos del amor de Dios» (Rom 8,31-39).
De esta certeza, reiteradamente confirmada a lo largo de los siglos bíblicos, deduce San Pablo una cadena de alentadoras conclusiones: «Ante esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?...¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Estoy seguro de que ni la vida, ni la muerte, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la Vida, banquete y fiesta
Vida, banquete y fiesta
«Tu gracia vale más que la vida». ¿Qué es la vida? Existir es una cosa, se dice, y vivir, otra. Se puede existir y ser o sentirse infeliz; vivir, en cambio, implica, de alguna manera y en algún grado, sentirse feliz. Dejando de lado consideraciones abstractas, llamamos vida, en el lenguaje corriente, a un conjunto de cosas agradables (salud, prestigio, amistad...) que hacen que una existencia resulte placentera. Hay unas cuantas palabras en la Biblia que encierran idéntico contenido: gracia, amor, misericordia, lealtad: es Dios mismo, en cuanto ama, cuida, protege. Pues bien, el salmista, seguramente haciendo referencia a una experiencia personal, viene a decir, en este versículo cuarto, que, a poco que el hombre experimente el amor del Padre y a poco que guste de su presencia, puede encontrar en esa experiencia más dulzura y riqueza que en todas las satisfacciones de la vida. La vida, naturalmente, ofrece alegrías, pero ellas son efímeras y precarias. Una persona se siente feliz en un momento determinado y, a la media hora, al salir a la calle, recuerda aquel desdichado asunto, y, de pronto, su cielo se cubre de tristeza. Otra persona amaneció tranquila y contenta; pero, a media mañana, recibe una carta con malas noticias, y su alma se puebla de preocupación y ansiedad. Y así se podrían multiplicar los ejemplos. Todo es tan efímero! Después de completar tiempos, de cruzar en muchas direcciones los viejos caminos, y de llenar los archivos propios de recuerdos dormidos, el hombre, por sí mismo, y en virtud de ese precipitado que deja la vida, y que llamamos sabiduría, llega a la conclusión definitiva de que la verdadera fuente de paz y alegría, de seguridad y libertad, es Dios, sólo Dios: tu gracia vale más que la vida. El salmista encontró el tesoro, y aseguró su libertad. Dios, un Dios poseído por la fe en el corazón, es como una carga de profundidad que le hace estallar al salmista en un arranque de júbilo: «Te alabarán mis labios; toda mi vida te bendecirá, y alzaré las manos invocándote». A esto lo llamamos adorar. Muchas tareas esperan y reclaman a los hermanos: atender a los pobres es la primera opción y la primera urgencia; encender la antorcha del evangelio en la noche de una sociedad sin fe; poner en marcha las instituciones y las obras de cada congregación, para el servicio de la Iglesia... Hay tantas necesidades, y todo es importante. Pero, por encima de todas las urgencias, el salmista levanta en alto la antorcha suprema de todo creyente y, sobre todo, de los consagrados: la absoluta primacía de Dios: buscar primero el Reino; absolutizar al que es el Absoluto, y relativizar lo que es relativo; situar cada valor en el lugar que le corresponde; dar a Dios lo que es de Dios; buscar un punto de apoyo, un centro de gravedad que ponga orden y equilibrio en todo lo que somos y hacemos; saber que son muchas las cosas importantes, pero que «sólo una es necesaria»: toda mi vida te bendeciré, y alzaré mis manos invocándote. Y, en medio de un brillante despliegue de metáforas, el salmista nos entrega un precioso ramillete de versículos (vv. 6,10). Por de pronto, vemos que el salmista está viviendo un fuerte momento de presencia divina; se halla como en un mediodía, y sin poder contenerse da rienda suelta a una serie de sensaciones o vivencias y trata de expresarlas con un lenguaje literario. Si toda experiencia nace y muere con uno (es intransferible), ¿qué diríamos de esa experiencia, la divina, que se consuma en el nivel último de la interioridad? No obstante, el salmista consigue comunicarnos de alguna manera lo que pasa en su interior, y con gran éxito desde el punto de vista literario y analítico. Al decir, de verdad, «Tú eres mi Dios», la primera palabra que le viene a la mente al salmista para expresar lo que está viviendo, es la palabra banquete. Tenemos en nuestro idioma otro término aún más expresivo: festín, que envuelve la idea de un banquete más copioso y exquisito, con mucha alegría, cantos y danzas. Es interesante destacar el hecho de que, junto al concepto de festín, encontramos invariablemente en los salmos el verbo saciarse. De nuevo nos hallamos en el área antropológica: Dios, y sólo Dios, es capaz de saciar completamente el hambre de trascendencia. Y no podía ser menos: habiendo sido la «estructura» humana diseñada a la medida de la divina, era lógico y normal pensar que sólo Dios podría llenar de equilibrio y alegría ese mundo interior, inefable y vastísimo, insaciable frente a todos los manjares humanos. El salmista podría decir: Tú eres mi saciedad. En este sentido, el salmista nos entrega, aquí y allá, expresiones sublimes, verdaderas joyas de oro, que yo aconsejaría a las personas que llevan en serio la amistad con Dios aprenderlas de memoria para repetirlas frecuentemente; son expresiones inagotables en resonancias y vida. «Pero, Tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino» (Sal 4,8). Huelga cualquier comentario. Todos y cualesquiera «trigos» y «vinos», que simbolizan las emociones y satisfacciones de la tierra, son nada en comparación de la alegría y saciedad que Tú has puesto en mis entrañas. Pero la sinfonía alcanza la altura más encumbrada, en cuanto a belleza e inspiración, cuando dice: «Me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha» (Sal 16,11). Es imposible decir con más precisión y hermosura. Entran en la danza, sincronizadamente, la Presencia (Dios mismo), la saciedad y la alegría, esta vez defini tivas. Hay también otro verso bellísimo, en el mismo sentido: «Al despertar, me saciaré de tu semblante» (Sal 17,15). Se advierte en estas palabras una experiencia inefable del hombre que, al despertar por la mañana, en lugar de ser asaltado y vencido por los recuerdos tristes o por preocupaciones obsesivas, se siente invadido por el recuerdo vivo del Señor, cuya presencia (semblante) le inunda de seguridad y alegría para abordar animosamente el quehacer del nuevo día. Por eso, el salmista invita, casi desafía, a comprobarlo, a «saborear» cuán suave (podríamos decir: cuán delicioso, siempre en referencia a los manjares) es el Señor (Sal 34,9). Pero aquí está la cuestión: a aquel cuyo corazón esté habitado por los dioses de la tierra, estas sublimidades le van a sonar a ironía o, en el mejor de los casos, a misticismo ridículo y, por supuesto, alienante. Expresiones que, de entrada, no dejan de ser mecanismos de defensa. Y ahí tocamos la raíz del problema. Las cosas de vida, si se miran intelectualmente, resultan insoportables, por lo exageradas. Las cosas de vida, sólo viviéndolas, se entienden y se saben. Ya decía san Francisco que sólo se sabe aquello que se vive. Las cosas de vida sólo comienzan a entenderse en cuanto se comienzan a vivir. Y yo podría agregar algo más: las cosas de vida, analizadas intelectualmente, pueden reducirse a un montón de palabras, ¡y nada más! Dios no es una abstracción mental, es cosa de vida, es una persona, y a una persona no se la «conoce» reduciéndola a un conjunto de ideas lógicas, sino tratándola. Una cosa es la idea de Dios, y otra Dios mismo. Una cosa es la idea (fórmula química) del vino, y otra cosa el vino mismo. Nadie se embriaga con la palabra «vino», ni con su fórmula química. Una cosa es la palabra «fuego», y otra el fuego mismo. Nadie se abrasa con la palabra «fuego». Nadie se sacia con la consabida fórmula del agua: H2O. Hay que beberla. Dios es el agua fresca, el vino ardiente, pero hay que beberlo. Quienes no lo prueben, no pueden ser «catadores» de ese Vino, no saben nada de ese Vino, porque no lo han saboreado. Por eso, el salmista invita, desafía, a «saborear» al Señor. Cuando el hombre experimenta que Dios es «mi Dios», que el Padre es «mi Padre», cuando ha entrado en una relación personal con El, y sabe que, noche y día, está a sus puertas, lo acompaña como una madre solícita y vela su sueño, lo inspira por dentro y lo siente como fuerza, alegría y libertad, entonces las palabras del salmista no sólo no resultan exageradas, sino cortas. Dios es para «ser vivido»; y es entonces cuando se transforma en una fortaleza invulnerable para el combate de la liberación. — Y es así como, lleno de ternura, sigue explayándose el salmista: «En el lecho me acuerdo de ti, y velando medito en ti». Un hombre así jamás será acosa do por el miedo. Avanzará noche adentro, y nunca le rondarán los fantasmas; y mientras trabaja, y camina y se relaciona con los demás, la seguridad y la alegría te acompañarán como dos ángeles tutelares, porque «Tú estás conmigo». Para significar este estado interior de liberación, sale de la boca del salmista uno de los versos más espléndidos: «A la sombra de tus alas canto con júbilo». Júbilo: la palabra más alta entre los sinónimos de alegría. Canto: cuando espontáneo, es siempre una vía de escape; cuando alguien desborda de gozo, necesita estallar, y el canto es un estallido. Ala: en la Biblia, es frecuentemente símbolo del poder protector de Dios. Sombra: en una tarde calurosa de estío, el regalo mas apetecible. Júntense ahora las cuatro palabras y nos encontraremos con que el salmista consigue la «hazaña» de describir lo indescriptible en un solo y corto verso; y nos encontramos con un panorama humano envidiable: un hombre precedido por la seguridad, seguido por la paz, custodiado por la libertad y respirando alegría por todos sus poros. ¿Quién impedirá que un hombre así sea para todos amor y salvación?
El verdadero santuario
El verdadero santuario
« ¡Cómo te contemplaba en el santuario, viendo tu fuerza y tu gloria!». ¿Cuál es ese santuario? Dejando aparte, por obvia, la referencia literal y directa al templo salomónico, en el monte Sión, permítasenos insinuar otros alcances. Se levanta la mañana. Todo en torno es color, vida y gloria. A poca sensibilidad que se tenga, el creyente no podrá menos de sentir que la rueda de los horizontes abiertos es un santuario vivo donde resplandece la vivificante actividad del Señor. Un grupo humano, una comunidad, una familia pueden ser, y de hecho lo son, verdaderos santuarios don de Dios habita con mucho agrado: su presencia es allí como el resplandor rojizo de un fogón: caldea e ilumina. Ahí, en ese cálido recinto, todos los dones son como chispas desprendidas del fuego divino: el encanto de una persona no es sino un destello del encanto de Dios; la servicialidad de otra no es sino un reflejo de la servicialidad del Señor. Y así, las personas y los grupos son santuarios, pequeñas teofanías que reverberan la fuerza y el calor de Dios. Todo esto, sin embargo, se nos puede esfumar como pompas de jabón, envuelto en equívocos. Aquello de que el mundo es un sacramento de Dios, y otras expresiones similares, se nos podrían reducir, si no estamos muy atentos, a una bella literatura o, a lo sumo, a unas hermosas teorías. Supongamos que un corazón está muerto para Dios. Esa persona hará la travesía del mundo y transitará entre las criaturas como ciego, sordo y mudo. Para él, Dios no resplandecerá en ningún horizonte, en ninguna planicie, no hablará ni brillará en ningún lugar. Si Cristo está vivo y vibrante en mi corazón, yo proyectaré la imagen viva del Señor sobre el más desagradable de los integrantes de mi comunidad, y él se tornará agradable para mí porque lo he revestido de la figura del Señor. Pero si Cristo está ausente de mi corazón, ese hermano de mi comunidad sólo será para mí una persona antipática e insoportable, y nada más. No es que las criaturas estén mágicamente revestidas de una luz divina. Somos nosotros los que las revestimos con esa luz. Cuando el corazón es luz, todo es luminoso en torno. Una vez más, llegamos a la conclusión de que el verdadero santuario es siempre, y únicamente, el corazón del hombre. Cuánta razón tenía el Maestro —y nunca se insistirá lo suficiente en este sentido— cuando, hablando a la samaritana, te decía que el verdadero templo de la adoración no está ni en el monte Garizim, ni en el monte Sión, sino en otro «lugar», que no es un lugar, que está dentro, el «templo» hecho de espíritu y verdad. No es exacto decir que las criaturas «despertaban a Dios» en Francisco de Asís, que ellas le hablaban de Dios. Toda esa literatura, el hermano sol, las hermanas estrellas, etc., podría convertirse en un ambiguo juego de palabras, sin realismo ni concreción. Lo cierto es que Francisco de Asís, antes de ser el santo de las criaturas, fue el hombre de las cavernas. Para convencerse de esto, basta asomarse a los biógrafos primitivos; aun hoy día, los lugares verdaderamente sagrados del franciscanismo están en las altas montañas. Cuando Francisco quería estar verdadera y vivamente con el Señor, abandonaba a sus hermanas criaturas y se sumergía en las oscuras grutas, donde apenas penetraba un rayo de luz; allí permanecía horas y días, semanas y meses enteros. Y de allí emergía con el corazón rebosante de Dios; y entonces sí, todas las criaturas le hablaban de El. Pero, en realidad, no era ni siquiera así. Era Francisco el que difundía por todas partes a aquel Dios vivo que trata en su corazón; era él quien revestía de Dios a las criaturas. Sus ojos estaban poblados de Dios, y obviamente, todo cuanto miraban aquellos ojos aparecía revestido de Dios. Todo le hablaba de Dios, porque su corazón estaba habitado y su pensamiento ocupado por Dios. Sed de Dios
Sed de Dios
Este es el clima interior de algunos salmos. Concretamente, la tesitura general del salmo 63. El salmista entra impetuosamente. Irrumpe en el escenario con una fuerza vehemente: «Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua». Es difícil encontrar figuras poéticas que expresen de manera tan gráfica y potente lo que el salmista entiende como sed de Dios. Pareciera que estuviéramos ante una sed fisiológica o animal, simbolizada en esos terrenos baldíos que, durante el verano, son de tal manera afectados por la sequía que se abren en ellos por todas partes grietas profundas, como bocas sedientas reclamando ardientemente la lluvia. Otro salmo, para describir el mismo fenómeno, acude a la comparación de los ciervos que, luego de recorrer abruptas montañas y encaramarse en los riscos más altos, descienden vertiginosamente a las quebradas y los valles, devorados por la sed, en busca de las frescas corrientes de agua (Sal 42). Esta sed corresponde a una sensación general, de carácter afectivo, cuajada de nostalgia, anhelo, atracción y seducción (Jer 20,7). Es, dice san Agustín, como una flecha disparada hacia un universo seductor. En todo caso, se trata de un dinamismo de profundidad, siempre inquieto y siempre inquietante, de un perpetuo movimiento interior que busca su centro de gravedad en el que poder ajustarse, equilibrarse y descansar. El hombre es un pozo infinito, cavado según una medida infinita; por eso, infinitos finitos nunca podrán colmarlo, sino tan sólo un Infinito. ¡Criatura singular el hombre, que lleva reflejada en lo más profundo de sus aguas la imagen de un Dios! Y, por esta impronta eterna, somos, inevitablemente, buscadores instintivos del Eterno, caminantes que, en un movimiento de retomo, navegamos río arriba en busca de la Fuente Primordial. En suma, ¡peregrinos de lo Absoluto! Esta sed, o esta sensibilidad divina, en muchas personas es invencible; en otras, fuerte, y en otras, débil, de acuerdo con el don recibido. Hay también quienes no la recibieron en ningún grado. Otros —muchos— la dejaron atrofiarse por falta de cuidado y atención, o se les acabó extinguiendo —y éste es el caso más común— en el remolino de la desventura humana. En el fondo, el salmo 63 es una radiografía antropológica en la que queda al descubierto la estructura trascendente y fundamental del corazón humano. Y así se explica el hecho siguiente: ciertos fenómenos trágicos del alma humana no son otra cosa sino la otra cara de la sed de Dios. La insatisfacción humana, en toda su grandeza y amplitud, el tedio de la vida, ese no saber para qué está uno en el mundo, la sensación de vacío, el desencanto general..., no son otra cosa que la otra cara del Infinito. En el principio, Dios depositó en el suelo humano una semilla de sí mismo: lo creó a su medida, según su propia «estructura», le hizo por El y para El. Cuando el corazón humano intente centrarse en las criaturas, cuyas medidas no le corresponden, el hombre entero se sentirá desajustado y sus huesos crujirán. Y, como dice san Agustín, el hombre se sentirá entonces desasosegado e inquieto, hasta afirmarse finalmente y descansar en Dios. Tiene, pues, este salmo un profundo alcance antropológico.
En espíritu y verdad Salmo 63
En espíritu y verdad
Salmo 63
Hacia el interior ¡Vida extraña la suya! Sus primeros años habían transcurrido en el dorado esplendor de los tronos. Fugitivo en el país de Madián, Moisés vivía cuidando el rebaño de su suegro. Un buen día salió de casa con el propósito de hacer un largo trayecto y, conduciendo el rebaño, se internó profundamente en las áridas tierras, hasta rebasar por completo el desierto del Sur; al cabo de varias jornadas, llegó hasta el Horeb, la «montaña de Dios» (Ex 3,1). Un buen día, a la amanecida, observó en la falda del monte un extraño fenómeno: desde el interior de la zarza se levantaba una llama crepitante y viva, pero la zarza no se consumía. Intrigado, se dijo: voy a ver qué raro fenómeno es este que están viendo mis ojos. Y, con cautela y curiosidad, se aproximó al arbusto. De pronto, escuchó una voz que surgía desde el seno de la zarza: Moisés, no te acerques; quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es sagrado. Y «Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios» (Ex 3,6). Aquí se inicia la marcha del hombre hacia las regiones interiores: es el primer episodio, en este sentido, que nos presenta la Biblia, la puerta de acceso, el umbral del misterio. En las etapas anteriores, en sus relaciones con Dios, o mejor con la divinidad, se había mantenido a nivel de ritos, ubicando la divinidad en lugares determinados: árboles, alturas o altares. Con Moisés se inicia la peregrinación hacía el único «lugar» donde se encuentra el Dios vivo y verdadero: dentro. Y fuera: más allá de los ritos, de los lugares (recuérdese el diálogo de Jesús con la samaritana: Jn 4,21), de las palabras e, incluso, de los conceptos. Permítasenos alejarnos por un momento, haciendo un rodeo por otras latitudes, para, de nuevo, volver al punto de partida prefijado. Antes que en Betel, Silo o Sión, hay dos «lugares» en los que el hombre de la Biblia ve resplandecer la actividad creadora y la presencia liberadora de Dios: el universo y la historia. Para el salmista, la creación es una teofanía multicolor, un sacramento reverberante, grávido de presencia majestad y poder divinos. Los salmos son, en su conjunto, como una jubilosa danza en que los ríos aplauden, el mar ruge y se estremecen las montañas (Sal 98). Dios se hace patente al hombre por medio de signos palpables: nubes, vientos, cigüeñas, ríos, montes, campos, cedros, ganado; el viento es su mensajero, el fuego llameante su lugarteniente (Sal 107). En fin, la vida universal es un inmenso aliento de Dios. Dios afianza los montes, controla la bravura del mar, a las puertas de la aurora y del ocaso, llena de júbilo a las gentes, riega la tierra reseca, prepara los trigales; por la acción divina, las colinas se orlan de alegría, las praderas se cubren de rebaños y los valles se visten de mieses (Sal 65); suelta a los vientos de sus madrigueras, con los relámpagos desata la lluvia (Sal 134). La tierra entera está grávida de Dios. Cada criatura es un vivo retrato del Invisible, un eco multiplicado de aquel que es el Gran Silencioso. En la redondez del universo, su nombre resuena y resplandece a la vista de los hombres, que aclaman y cantan su gloria. — Pero es en la travesía de la historia donde Dios es, sobre todo, para el hombre el verdadero compañero de ruta; según las circunstancias, hace las veces de esposo, amigo, padre... Se compadece, se irrita, se arrepiente según los casos. Deja caer al hombre en la trampa, para que aprenda, pero en seguida le tiende la mano para levantarlo. Iniciada la gesta allá lejos, en Ur de Caldea, fueron caminando codo con codo Dios y Abrahán, en dirección de una patria sólo vislumbrada como un sueño. Un día llegó a oídos del Señor el clamor de «su» Pueblo, que gemía bajo la fusta de los faraones; su corazón se conmovió, y decidió descender a las orillas del Nilo para organizar una estrategia de liberación y sacar a su pueblo de las garras de los opresores. Fue una proeza admirable: sembrando la tierra de portentos, hendiendo por la mitad el mar, haciendo brotar agua fresca de las rocas, alimentándolos en el corazón del desierto, los condujo hasta la orilla del Jordán, frontera de la patria prometida. Los organizó para la travesía del río, y los acompañó haciendo que se detuvieran las «aguas que venían desde arriba», a la altura de Jericó. La instalación en la tierra de Canaán no fue una ocupación pacífica, sino una conquista sangrienta, cuajada de derrotas y desconciertos, así corno de rivalidades entre las mismas tribus, teniendo que infundirles más de una vez coraje y aliento. A lo largo de varios siglos se fue consolidando el régimen monárquico y las instituciones políticas, bajo la atenta mirada del Señor. Les envió caudillos, jueces, reyes, profetas. La relación del Pueblo con Dios, relación sellada con múltiples alianzas, se asemejaba a la vida de un matrimonio, mal avenido a veces, unido otras, con épocas de infidelidades y reconciliaciones. La Biblia repite, con una monotonía conmovedora, que Dios mantuvo una absoluta fidelidad a su alianza a lo largo de todo este trayecto. Dios amó, fue leal, porque asistió al pueblo en los días claros como en los días oscuros. Y, por medio de esta actuación, y esta solicitud, el pueblo comprobó que su Dios existía y se preocupaba de él. Pero no bastaba: en los caminos que conducen hacia el interior no existen márgenes ni meta final. Ningún caudillo alternó con Dios con tanta proximidad e inmediatez como Moisés. Nadie habló con El con tanta frecuencia y profundidad, ni con tanta familiaridad. Y nadie sabe qué y cómo sucedió entre Moisés y Dios en la soledad de la nube, en lo más alto del Sinaí, durante cuarenta días. Pero no bastaba tampoco para Moisés, ¡y menos para Moisés!; porque había nacido con una ardiente sed, una notable potencia mística, cosa que, siendo gracia, se trae o no se trae en la constitución genética. Y Moisés la traía, y muy considerable. Moisés —y nosotros—, por aquel impulso de profundidad, impronta y gracia de Dios, suspira y aspira por Aquel que es el Centro de Gravedad, para poder ajustarse allí, y descansar. Cada intento de oración verdadera es un intento de posesión. Moisés —y nosotros—, en cada acto de oración, cuando tiene la percepción y seguridad de que Dios está al alcance de la mano, comprueba que El se desvanece como un sueño, y se convierte en ausencia y silencio. Estamos en la noche de la fe, y la vida de fe es un caminar en ausencia y silencio. Sabemos que a la palabra Dios corresponde una sustancia, un contenido infinito. Pero mientras permanezcamos en el camino, nunca tendremos la evidencia de poseerlo vitalmente, de dominarlo intelectualmente. Entre tanto, Dios se nos da con cuentagotas: sólo unos detalles, unos vestigios. El mismo permanece oculto, «distante»: estamos en la noche de la fe. Podemos apagar la sed en las aguas frescas del torrente, pero el origen de las mismas está allí arriba, en el glaciar de las nieves eternas. Y el hombre de Dios no se conforma con «partículas» de Dios, busca a Dios mismo: no se conforma con las aguas frescas que descienden danzando, para apagar su sed; aspira por el Glaciar mismo, como en los versos de san Juan de la Cruz: Descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura; mira que la dolencia de amor, que no se cura sino con la presencia y la figura. Moisés, pues, «camarada» de Dios, y lugarteniente suyo, un buen día tomó la tienda y la plantó a cierta distancia, fuera del campamento. Era una especie de lugar de consulta, de tal manera que cuando el pueblo quería saber los designios de Dios sobre algún punto, salía del campamento hacia la Tienda de la Reunión. Una vez que Moisés entraba en la tienda, bajaba una columna de nube que se instalaba a la puerta de la Tienda, y allí permanecía todo el tiempo que conversaban Moisés Y Dios. Mientras el pueblo esperaba, postrado en tierra. Después de un largo tira y afloja, entrados los dos, Moisés y Dios, en un clima de franca confianza (Ex 33,11-17), en que mutuamente se reprochan, regatean, reclaman y se prometen, súbitamente, Moisés dio paso a un anhelo profundo, largo tiempo retenido en silencio en su interior: «Por favor, déjame ver tu Gloria» (Ex 33,18). El Señor respondió: «Yo haré pasar ante ti toda mi bondad..., pero mi rostro no podrás verlo, porque ningún mortal puede verlo y seguir viviendo» (Ex 33,20). El misterio queda desvelado. Mientras dure la peregrinación de la fe, nos tendremos que conformar con vestigios fugaces, destellos furtivos, penumbras, sombras, comparaciones, analogías, las «espaldas» de Dios (Ex 33,23); como el sol, que al atravesar una tupida enramada ya no es propiamente el sol, sino una luminosidad tamizada y dispersa. Contemplar cara a cara su rostro, poseer inconfundiblemente la Sustancia inalienable e ineludible, «dominar» a Dios mismo posesiva e intelectualmente no es posible en los días de la peregrinación. Y así, el salmista --y nosotros— vive y arde (y se expresa) frecuentemente en la típica contradicción vital de quien ha probado el aperitivo y lo dejan sin el banquete, caminando en la tensa cuerda del ya sí y todavía no: la espalda, sí, pero el Rostro, no; vestigios, sí; pero El mismo, no. La pedagogía divina (II) La pedagogía divina (II)
— Quizás, el caso más espectacular, en el sentido en que estamos diciendo, es el del propio pueblo de Israel. En los cuatro siglos que siguieron al pequeño imperio David-Salomón, Israel vegetó en la mesa de la mediocridad, y aun en el altar de la infidelidad. Y esta situación no presentaría vislumbres de solución mientras Israel no experimentara un colapso nacional.
En el año 587 los sitiadores de Nabucodonosor lograron quebrar la resistencia de Jerusalén, sólidamente fortificada, después de haber resistido durante dieciocho meses el asedio de los invasores. Por fin, la ciudad cayó, Jerusalén fue saqueada y arrasada, ardió el templo, desapareció el arca de la alianza. Los conquistadores apresaron a todos los habitantes de la ciudad y de gran parte de Judá, y los condujeron, como un enorme rebaño, bajo la vigilancia de los vencedores en una caminata de mil kilómetros, al sol, envueltos en polvo, humillación y desastre, hasta Babilonia. Aturdidos y confusos en un principio, a la vuelta de algunos años, los deportados comenzaron a abrir los ojos y tomar conciencia de que nada tenían en este mundo, y ni siquiera esperanzas de tenerlo; que sólo, eran un puñado de derrotados. Y, desde el polvo del abismo, comenzó a surgir y levantar cabeza un pueblo transformado. Conmueven, por su unción y compunción, esos tres primeros capítulos del escriba Baruc. Allá, al borde de los canales de Babilonia, se escribieron muchos salmos, e Isaías Segundo nos regaló esos quince capítulos (Is 40-55) que son, probablemente, los fragmentos más sublimes e inspirados de la Biblia. Allí la religión dejó de ser rito, y se instaló definitivamente en el corazón del hombre; y, rompiendo el marco nacional, se abrió a la universalidad. Algunas, por no decir gran parte de las transformaciones que uno ha podido conocer en la vida, se han operado a través de un desastre personal. Cuando el hombre avanza precedido por el prestigio, y seguido, como sombra, por el renombre, y por añadidura, va pisando sus propios territorios, es difícil evitar que no acabe sintiéndose un pequeño dios. Es lo que decía Jesús: «un gran propietario podría entrar en el Reino, pero ¡qué difícil es!» (Mt 19,24). Para entrar en el Reino el hombre tiene que comenzar por derribar golpe a golpe la estatua de sí mismo, renunciar a los propios delirios y fantasías, desnudarse de vestiduras artificiales y arrancarse las máscaras postizas, aceptar con naturalidad la propia contingencia y precariedad, y presentarse ante Dios como un niño, como un pobre y un indigente. El hijo menor de la casa señorial, ávido de aventuras, se fue a tierras lejanas, dejando una herida incurable en el corazón de su padre. Se enfrascó en el torbellino loco de una vida libertina, y se fueron esfumando, uno a uno, los denarios, hasta que se encontró con los bolsillos vacíos. Por coincidencia, una epidemia asoló los campos de la región y el hambre visitó a sus habitantes. La situación del muchacho llegó a ser tan extrema que hasta le vedaron llevarse a la boca las algarrobas con que se alimentaban los cerdos (Lc 15,16). Y, en este momento, cuando se abatieron sobre él como fieras el hambre, la pobreza, la culpa y la nostalgia, desde ahí, desde ese negro pozo, se levantó el joven para regresar a los brazos de su padre. Para que pudiera decidirse a retomar a su hogar, necesitó encontrarse en el fondo mismo de la quebrada. Así es la pedagogía divina. A algunos que se las daban de justos, Jesús les contó que el publicano, allá, en el rincón más oscuro del templo, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos, y, simplemente, se golpeaba el pecho ruda y monótonamente, diciendo: « Dios! Ten compasión de mí, que soy pecador» (Lc 18,13). Con una satisfacción que parecía no poder disimular, Jesús acotó: «Os aseguro que éste contó con las simpatías de Dios». Los desvalidos, los que nada son y nada esperan de sí mismos, los que no se las dan de entendidos, los excluidos de la sinagoga..., éstos son los que tienen acceso al Padre de las misericordias, y se sientan a su mesa. Efectivamente, de los pobres es el Reino y la fiesta. Ellos experimentan, con toda naturalidad, la gratuidad del amor: ya que nada tienen y de nada se sienten merecedores, todo lo que reciben tiene color y sabor de gratuidad. Al experimentar el contraste entre la indigencia humana, por un lado, y el amor gratuito y las riquezas del Padre, por el otro, brota, impetuoso y festivo, desde el corazón del pobre, ese sentimiento, mezcla de fe y seguridad, que llamamos confianza. El pobre, en lugar de dejarse deprimir por su propia nada, con su secuela de complejos y amarguras, siente por ella una secreta alegría, porque comprende que esa su nada invoca, convoca y reclama, y aun de alguna manera «merece» las riquezas de la misericordia del Padre. De ahí ese grito de confianza que, más bien, parece un grito de omnipotencia: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» (Sal 27). Percibimos ahí un salto acrobático desde la nada al todo, a impulsos de un corazón poblado de exultación y desafío. Parece un preludio de las bienaventuranzas: los últimos y los carentes de todo, y precisamente en virtud de esa carencia, recibirán, por ley de compensación, y gratuitamente, la plenitud de la dicha. Del libro "Salmos para la vida" P. Ignacio Larrañaga La pedagogía divinaLa pedagogía divina
De la desolación a la consolación Al caminar por los senderos de la Biblia nos encontramos frecuentemente con un hecho singular: el punto de partida desde donde se levanta y asciende a Dios el corazón del hombre, es el nivel cero. Cuando se ha tocado el fondo de la indigencia, y no resta ni un adarme de esperanza humana; cuando el hombre conoce y reconoce su desvalimiento, y no le queda asidero alguno donde agarrarse, porque todas las vigas de sustentamiento crujen y ceden, entonces, Dios se levanta, en medio del camino, como la única columna de seguridad. En el desierto de Sinaí, el pueblo se declaró en rebeldía contra Dios y contra su siervo Moisés. Dio rienda suelta a su decepción, y entre sollozos y nostalgias, protestaba y reclamaba la carne y el pescado, los puerros y las cebollas de Egipto. En este momento también la nave de Moisés hizo agua por todas partes, y estalló, también él, en una larga lamentación contra Dios: « qué me tratas así? ¿Por qué tengo que cargar yo solo con la pesada carga de todo un pueblo? ¿Por qué no me das una mirada, siquiera fugaz, de benevolencia? Depositaste en mis brazos este pueblo, un pueblo testarudo que yo no engendré, y me obligas a llevarlo, como nodriza, hasta la tierra jurada y prometida. ¿De dónde voy a sacar carne para darles de comer? «Es un fardo demasiado pesado. Y, si vas a tratarme así, mátame, por favor, si es que he hallado gracia a tus ojos, para que no tenga que sufrir, por más tiempo, estas desventuras (Núm 11,17). Y Dios, comprensivo, salió al camino para socorrer la soledad de su siervo con una asistencia especial (Núm 11,17), y para repartir responsabilidades. La tentación eterna del hombre es la idolatría. Cualquier criatura: éxito, fuerza, poder y juventud, dinero, belleza seducen al hombre, y el hombre se deja seducir, y dobla las rodillas, y adora. Es difícil, por no decir imposible, dedicar la devoción y el tiempo a varios dioses simultáneamente. Sólo cuando el gusano roe las entrañas de los ídolos, los sueños huyen y se alejan por las sendas pálidas, los muros se vienen abajo piedra a piedra, y el hombre queda desnudo y desarmado a la intemperie, sólo entonces el hombre está en condiciones de adorar; y sólo entonces es cuando Dios se levanta como consistencia, firmeza y perennidad. Los pobres, y sólo ellos, tienen las puertas abiertas al asombro y la adoración. Elías había pasado a cuchillo a los 450 sacerdotes de Baal en el torrente Quisón. Enterada de lo ocurrido, la reina Jezabel (a cuyo servicio estaban los sacerdotes de Baal) envió al profeta un mensajero para decirle: «Lo que hiciste con mis sacerdotes harán contigo; y que los dioses me degüellen si mañana, a estas horas, no estás en el mismo lugar que ellos» (1Re 19,2). El gran profeta a pesar de haber sido forjado a fuego lento, en la penitencia y la contemplación, en el torrente Querit, al otro lado del Jordán, tuvo miedo; y, para escapar de la espada, se levantó y emprendió la fuga en dirección al monte Horeb. Cuando hubo llegado a Berseba, dejó allí a su acompañante y se internó, solitario, en las ardientes arenas del desierto. Y, después de andar una jornada de camino, el desierto y la desolación se apoderaron de su alma, reduciéndola a cenizas y agonía. Elías soltó los remos y se entregó en brazos de la muerte; y, sentándose a la sombra de una raquítica retama, dijo: «iBasta ya, mi Señor! iLlévame, porque no soy mejor que mis antepasados!» (1Re 19,4). Se acostó y se durmió, esperando la muerte.
El Señor, que había permitido que los hechos tejieran una cerca de zarzas y espinos en torno a Elías, al ver al profeta llegado hasta el límite y ya casi asfixiado, salió a su encuentro con una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua, y con unas palabras de aliento: «Levántate y come, porque un largo camino se abre ante tus ojos» (1Re 19,7). Siempre es así. Cuando las aguas de los remolinos le llegan al cuello al hombre y, ya casi ahogado, levanta sus brazos pidiendo auxilio, también el Señor extiende los suyos, que se transforman en un regazo y refugio para acoger, consolar y estimular al náufrago. Y es en este momento cuando la gratitud alza su voz para cantar, y el hombre entra al banquete de la fiesta. El año undécimo de Sedecías, Jeremías, sin ser consultado, fue «consagrado profeta de las naciones» Jer 1,5). El profeta se sintió abrumado bajo el peso de una responsabilidad enteramente desproporcionada para sus fuerzas, y reaccionó al instante como un niño que protesta y gime: «Ay, Señor, no soy más que un infante, y solamente sé balbucir» ( Jer 1,6). Al experimentar y confesar su condición de infante y su impotencia, el Señor, por contraste, se yergue y constituye al profeta «como plaza fuerte, columna de hierro, muralla de bronce» ( Jer 1,18), dándole voz y autoridad sobre las gentes y sobre los reinos «para extirpar y destruir, edificar y plantar» ( Jer 1,10). No hay otro camino: para participar de la omnipotencia divina hay que comenzar por experimentar la impotencia humana. En el esplendor de sus días, la muerte, inesperada, se presentó a las puertas de Ezequías. Isaías llegó al palacio real para comunicar al rey: « Llegó la hora, arregla tus cosas, que vas a morir» (Is 38,1). Sorprendido dolorosamente, y con la garganta agarrotada por la angustia, el rey se convulsionó en su lecho, volvió el rostro hacia la pared, y dijo entre sollozos y lágrimas:
«Señor, mi Dios; repasa, por favor, mis días y recuerda mi historia: he caminado de sol a sol a la luz de tu mirada todos los días de mi vida; la rectitud ha sido mi báculo y la fidelidad mi lámpara, no lo olvides» ( Is 38,3). ¿Qué ganas con mi muerte? Los que bajan a la fosa no abren la boca, ni la muerte sabe cantar. Vivía yo tan feliz, y de la noche a la mañana acabas conmigo como quien levanta la tienda de un pastor. Y Ezequías lloró larga y amargamente sobre su lecho. Enternecido el Señor en sus entrañas, sintió lástima del piadoso rey. Y no sólo cerró el paso a la muerte, sino también a los invasores asirios. Y, en ese instante, el rey entonó un inspirado canto de alabanza (Is 38,9-20). Y, a partir de esa experiencia de agonía y resurrección, Ezequías fue, a lo largo de sus días, un corazón agradecido y un gran amigo de Dios. Del libro "Salmos para la vida" P. Ignacio Larrañaga |
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