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    Las misericordias del Señor - Salmo 51

     
    Las misericordias del Señor

    Salmo 51
     
    Para mucha gente, todavía hoy, el salmo 51 es una música de tono menor, tejida de melodías tristes y ecos sombríos. Durante largos siglos había sido el típico salmo de los tiempos penitenciales, de los días de ayuno y abstinencia. El salmo Miserere —cantado, semitonado, o simplemente rezado y, por cierto, con un aire siempre arrastrado— acompañaba invariablemente a los difuntos hasta la sepultura.
    Por esta asociación de recuerdos, debido a la presión del pasado sobre el presente, para muchas personas el miserere arrastra en su seno, todavía hoy, alas de muerte, iras divinas, sombras amenazantes, cualquier cosa parecida a depresión y abatimiento. Para mucha gente es un salmo triste, el salmo oscuro de la culpa y el pecado. No obstante, como veremos, es todo lo contrario.
    Todo esto me trae a la memoria el caso de esas preciosas ermitas románicas de piedra desnuda, a cuyas paredes agregaron, en épocas tardías, un revestimiento de cal con el fin de embellecerla. Llegó la hora de remover ese revestimiento para que aparezca el rostro original de la ermita. Así mismo, el salmo 51 necesita de un remozamiento enérgico para que se desprendan las escamas postizas, se lleve el viento los ecos sombríos, y pueda aparecer a la vista de todos lo que el salmo en realidad es: el gran salmo de las misericordias del Señor. Son muchas las personas que necesitan hacer esta limpieza purificadora y redescubrir sus entrañas de misericordia.
    Contra esa impresión generalizada, la de ser un salmo sombrío, podemos afirmar de entrada que, entre los ciento cincuenta salmos, no encontraremos otro que contenga tanta profundidad, belleza y consolación. Desde la primera hasta la última palabra, un binomio maravillosamente evangélico recorre sus entrañas: confianza-humildad. Este binomio es como un río de vida que atraviesa el salmo de parte a parte cubriendo todo de frescura y esperanza.
    Si de sus versículos retiramos la palabra Dios, y la sustituyéramos por la palabra Padre, nos encontraríamos en el corazón mismo del evangelio, junto a las grandes parábolas de la misericordia del Señor, en el mismísimo capítulo 15 de Lucas. Y, desde luego, es el salmo más evangélico entre los ciento cincuenta salmos. Más aún, uno queda sorprendido al constatar cómo tantos siglos antes del evangelio se hubiere escrito un salmo tan evangélico.
    A pesar de que aparece tantas veces el concepto y la palabra pecado (o su equivalente: culpa, iniquidad) sobre todo en los primeros versículos, simultánea y paralelamente se levanta la misericordia de Dios como una realidad mucho más sólida y visible; si la altura del pecado es como la de una montaña, la misericordia del Altísimo es como la altura de la cordillera más encumbrada.
     
    P. Ignacio Larrañaga
     
     

    Estás conmigo

     

     

    Estás conmigo

     

    Según entiendo, la mejor manera de comentar ciertos fragmentos de los salmos consiste en ponerse en la misma tesitura que el salmista, en su forma dialogal, y desentrañar su pensamiento expresándolo con otras palabras. Y es así, según creo, como mejor se puede ayudar al lector, no sólo para entender el salmo, sino también para poder rezarlo con provecho.

    Vv. 1-6. Tú me sondeas y me conoces. Tú me penetras, me envuelves y me amas. Tú me circundas, inundas y transfiguras. Estás conmigo. Si salgo a la calle, te vienes conmigo. Si me siento en mi oficina, te quedas a mi lado. Mientras duermo, velas mi sueño, como la madre más solícita. Cuando recorro los senderos de la vida, caminas a mi lado. Al levantarme, sentarme o acostarme, tus ojos ven mis acciones.

    No hay distancias que puedan separarme de ti. No hay oscuridad que te oculte. No eres, sin embargo, ningún detective que vigile mis pasos, sino el Padre tierno que cuida las andanzas de sus hijos. Y, cuando tengo la sensación de ser un niño perdido en el páramo, Tú me gritas con el profeta: «Aquí estoy, contigo estoy, no tengas miedo». Me envuelves con tus brazos, porque eres poder y cariño, porque eres mi Dios y mi Padre, y en la palma de tu mano derecha llevas escrito mi nombre, en señal de predilección. A donde quiera que yo vaya, estás conmigo.

    Estás sustancialmente presente en mi ser entero. Tú me comunicas la existencia y la consistencia. Eres la esencia de mi existencia. En ti existo, me muevo y soy. Eres el fundamento fundante de mi realidad, mi consistencia única y mi fortaleza. Todavía no ha llegado la palabra a mi boca, todavía mi cerebro no elaboró un solo pensamiento, todavía mi corazón no concibió un proyecto, y ya todo es familiar y conocido para ti: pensamientos, palabras, intenciones, proyectos. Sabes perfectamente el término de mis días y las fronteras de mis sueños. Donde quiera que esté yo, estás Tú; donde quiera que estés Tú, estoy yo; yo soy, pues, hijo de la inmensidad.

    Me estrechas por detrás, me estrechas por delante, me cubres con la palma de tu mano derecha. Estás en torno de mí; estoy en torno de ti. Estás dentro de mí, estoy dentro de ti. Con tu presencia activa y vivificante alcanzas las zonas más remotas de mi intimidad. Eres, casi, más «yo» que yo mismo; eres, en suma, aquella realidad total y totalizante dentro de la cual estoy completamente sumergido.

    ¡Dios mío, me desbordas, me sobrepasas, me trasciendes definitivamente! Qué razón tenía aquel que dijo que lo esencial siempre es invisible a los ojos Eres verdaderamente sublime, por encima de toda ponderación; Dios mío, ¿quién como Tú? ¡Oh presencia, siempre oscura y siempre clara! Eres aquel misterio fascinante que, como un abismo, arrastras mis aspiraciones en un vértigo sagrado, aquietas mis quimeras, y sosiegas las tormentas de mi espíritu. ¡Quién como Tú!

    Vv. 7-11. ¿Cómo podría evadirme de tu presencia? ¿A dónde podría emigrar para alejarme de tu aliento? ¿Cómo evitar tu mirada? Si yo fuera un águila invencible, y escalara las crestas altísimas, coronadas de nieve, para huir de tu presencia; si, en alas de un sueño mágico, alcanzara la estrella más distante de la galaxia más lejana para escapar de tu mirada, todo sería inútil!, donde quiera que esté yo, estás Tú. Soy, de nuevo, hijo de la inmensidad.

    Si yo fuera un delfín de aguas profundas, y en una zambullida vertical, me sumergiera hasta los abismos completamente oscuros, o consiguiera adentrarme en la caverna más profunda de la tierra, también allí me tomarías de la mano, para decirme: eres hijo de mi amor, sombra bendita de mi sustancia eterna. No hay piedra en el fondo del río, ni pez en el mar que estén tan rodeados de agua como yo de ti. No hay ave en el cielo que esté tan rodeada de aire como yo lo estoy de ti.

    No puedo escapar de tu mirada. Estás conmigo. Si, en un arranque de locura, pidiera prestadas las alas a la luz, que recorren trescientos mil kilómetros por segundo, y, alzando el vuelo, llegara hasta el confín donde termina el mundo, también allí me tomarías con tu mano derecha, para decirme: «Aquí estoy, contigo soy». Si, en un arrebato de insania total, pidiera prestadas a las tinieblas sus alas oscuras, o un manto negro a la noche para cubrirme con ellos, y así desorientarte a ti, cazador divino, todo sería, nuevamente, inútil; tu presencia es fulgor que taladra y transfigura las sombras, transformando la noche en mediodía. A donde quiera que yo vaya, estás conmigo.

    Vv. 13-16. Tú has creado mis entrañas; estabas presente en el seno de mi madre desde la primera división celular. No solamente estabas, sino que, misteriosamente, Tú pusiste en movimiento mi existencia desde el punto de partida, y fuiste acompañando su evolución con mirada atenta y cariñosa. Los padres de la tierra fueron simples instrumentos pasivos; verdaderamente Tú eres mi padre y mi madre.

    «Admirable sobremanera y digna de glorioso recuerdo fue aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el espacio de un día (...) animaba a cada uno de ellos, diciéndoles: “Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno”» (2Mac 7,20-23). Como si dijera: «Yo no soy su madre; un artífice conoce la naturaleza de la obra de sus manos, pero yo no sé cómo funciona su hígado o cuál es la estructura de su cerebro. Yo no los fabriqué, alguien los fabricó dentro de mí». Dios es, pues, su madre, y ahora vamos a morir por El.

    Te doy gracias y te glorifico por haberme hecho de esta manera, por haberme creado tan portentosamente, por haber hecho de mí un prodigio de sabiduría y arte. A pesar de todo, a pesar de mis muchos defectos, limitaciones y fragilidades, soy una maravilla de tus dedos. Y si todas tus obras son maravillosas, la maravilla más grande entre todas tus maravillas, soy yo mismo. Te alabo y te ensalzo por esta obra de tus dedos, que soy yo.

    Por eso me conocías desde siempre, hasta el fondo de mi alma; y conocías, uno por uno, mis huesos. Cuando me iba formando en el seno de mi madre, tus ojos veían mis acciones, todos mis actos estaban anotados en tu libro; antes de que uno solo de mis días existiera, ya estaban apuntados, todos ellos, en el libro de mi vida.

    Vv. 17-18. Qué fantástico me parece todo esto, Dios mío! ¡Qué incomparables encuentro tus designios y tus obras! Señor, Señor, qué inmenso el conjunto de tus maravillas! ¡Quién como Tú! Si, dejándome llevar por una idea descabellada, me pusiera a enumerar las obras de tus dedos,  ¡son innumerables!; si se juntaran las estrellas del firmamento con los granos de arena de los desiertos y de las playas, serían un pálido cúmulo en comparación con la altura de tus obras. Y si, en un supuesto imposible, acabara yo de medir, pesar y enumerar tus portentos, entonces, ¡ah!, entonces estaríamos como al comienzo, porque entonces aún me quedarías Tú, que eres el Misterio Total.

    Vv. 23-24. Señor, Señor, humillo mi cabeza y me someto a tu juicio; te abro mis libros y mis cuentas, mis riñones y mis huesos. Entra en mi recinto, planta el tribunal, averigua, escudriña, juzga.

    No permitas que mis pies den un paso en falso. Y, ya que Tú eres mi padre y mi madre, no me sueltes de tu mano; tómame, y condúceme firmemente todos los días de mi vida por el camino de la sabiduría y de la eternidad.

     Padre Ignacio Larrañaga

     

     

    El celo

     

     

    El celo

     

    En este momento, abruptamente, como si, saliendo de un paraíso de paz, entrara en un campo de batalla, el salmista saca su arcabuz, abre fuego y comienza a disparar fieramente en todas direcciones.

    Dios mío, si matases al malvado...

    ¿No aborreceré a los que te aborrecen?

    ¿No me repugnarán los que se te rebelan?

    Los odio con odio implacable, los tengo por enemigos.

    ¿Cómo se entiende este cambio brutal? ¿Qué sentido puede tener esta tempestad de violencia, desatada tan intempestivamente? ¿Cómo es posible este lenguaje de odio después de tanta sublimidad?

    Necesitamos hacer algunas precisiones y aclarar varios puntos. En primer lugar, no se trata de una turbación, provocada por la presencia de viejos rivales. No es el odio del hombre contra el hombre, ni una conspiración de venganza para saldar cuentas antiguas.

    Se trata de los enemigos, no del hombre, sino de Dios. Se trata de los eternos «asesinos» que sólo abren la boca para proferir «pérfidamente» blasfemias y necedades contra el santo de Israel. Son los insensatos de siempre que no cesan de lanzar desafíos al cielo, y «se rebelan en vano» contra el Señor. Así, pues, la repentina furia del salmista va dirigida contra esta turbamulta de necios. En suma, se trata, exactamente, de aquel sentimiento del que tanto habla la Biblia: el celo por la honra de Dios.

    El salmista, todavía con los ojos llenos de la gloria de Dios, al contrastar la sublimidad del Altísimo con la abyección de los blasfemos, siente una repugnancia e indignación tales que no las puede controlar ante la presencia de estos «asesinos», al comparar lo injusto y monstruoso de su actitud con la justicia y santidad de Dios. Por eso utiliza expresiones del más grueso calibre para descalificarlos. Recordemos las palabras del salmo 69: «El celo de tu casa me devora».

    — Bajó Moisés del monte con las Tablas de la Ley en sus manos. El pueblo, durante la larga ausencia de Moisés, había fundido un becerro de oro; y, en ese momento, el pueblo estaba cantando y danzando en tomo de la estatua. Cuando Moisés llegó al campamento, y vio el becerro y al pueblo danzando en torno a él, «ardió en ira, arrojó de sus manos las Tablas y las hizo añicos al pie del monte. Luego tomó en sus manos el becerro que habían fundido, lo quemó y lo molió hasta reducirlo a polvo, que esparció en el agua, y se la dio a beber a los hijos de Israel» (Ex 32,15-21).

    Elías, en la cumbre del Carmelo, dijo al pueblo: he quedado yo solo como profeta de Dios, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. Y los desafió a todos ellos, delante del pueblo, a una competición original para dirimir cuál de los dioses es el verdadero Dios. Y, habiendo ganado la contienda, hizo Elías que el pueblo echara mano a los profetas de Baal, «sin que se escape ninguno de ellos»; e hizo que los bajaran, como borregos, hasta el fondo del torrente Quisón. Y, ardiendo en santa ira, hizo que los degollaran a todos, uno por uno (1Re 18,30-40).

    Matatías, el padre de los Macabeos, se vistió de saco y se entregó a un profundo dolor al ver la ciudad santa en manos de los extranjeros, y el santuario en poder de los extraños. Un buen día, convocado el pueblo de Modín por los encargados de imponer la apostasía, cuando un israelita se adelantó, a la vista de todos, a sacrificar ante un altar pagano, Matatías «se inflamó en celo, y se le estremecieron las entrañas». Y, «encendido en justa cólera, corrió hasta el israelita y lo degolló sobre el altar. Mató también al enviado del rey que obligaba a sacrificar, y destruyó el altar» (1Mac 2,19-26). Y fue este celo por la gloria de Dios el que encendió las heroicas y gloriosas guerras macabeas.

    Fue este mismo celo el que le hizo a Jesús, en tiempo de pascua, armar un escándalo de grandes proporciones, en la plataforma primera del templo salomónico, reconstruido por Herodes. Efectivamente, este lugar sagrado había sido literalmente copado por los tratantes de bueyes y ovejas; y estaban también los cambistas bien instalados en sus mesas. Al ver aquello, Jesús, encendido en una sagrada indignación, a causa de la santidad del recinto, empuñó un látigo de cuerdas, y barrió con todo, hombres y animales, sacándolos violentamente del perímetro sagrado; volcó las mesas de los cambistas, y su dinero rodó por los suelos, mientras les decía, lleno de ira: «están haciendo de la Casa de mi Padre un sórdido mercado» (Jn 2,13-17). Fue la reacción típica de un profeta que, por cierto, precipitó su desenlace final.

    En este contexto, resultan más comprensibles las diatribas de los salmistas. He querido exponer con cierta amplitud este aspecto, que escandaliza a tantas personas, e, incluso, les dificulta saborear los salmos, para que el lector acierte a comprender y situarse en el verdadero contexto, cuando, en los salmos, hacen su aparición los anatemas, que, generalmente, no siempre, van dirigidos contra los enemigos de Dios.

     

    Viaje al interior

     

     

     

     

      Viaje al interior

    Salmo 139 (138)

     

    En el salmo 139, al contrario de lo que sucede en los salmos de la creación, el salmista se sumerge en el mar del misterio interior, y, en ningún momento, emerge de allí, hasta el final; y, entonces, para disparar dardos envenenados contra los enemigos, no suyos, sino los de Dios.

    En cuanto a belleza, este salmo es una obra de arte: por un lado, llama la atención su carga de introspección que llega a honduras definitivas; y, por otro, la altísima inspiración poética que recorre toda su estructura, del primero al último versículo, con metáforas brillantes, y con audacias que nos dejan admirados.

    Perdido ya el salmista en sus aguas profundas, el centro de atención, paradójicamente, no es él mismo, sino Dios.

    A pesar de que el salmista hace, imaginariamente, un recorrido espectacular, desde el abismo hasta el firmamento (v. 8), y hasta el «margen de la aurora», hasta el «confín del mar» (v. 9); a pesar de que, sin detenerse nunca, se mueven en el escenario las dos personas, jamás el salmista centra la atención en sí mismo. El punto focal es siempre el Tú. Es algo sorprendente. El salmista, diríamos, coloca su observatorio, no en la cumbre de un cerro, sino en su interioridad más remota; focaliza en Dios su telescopio contemplativo, y obtiene una visión, la más profunda y original que se pueda imaginar, sobre el misterio esencial de Dios y del hombre.

    Salmo de contemplación

    Específicamente hablando, es un salmo contemplativo; es decir, es tal su naturaleza que encaja perfectamente en la oración de contemplación propiamente dicha.

    La observación de la vida me ha enseñado lo siguiente: hay personas que cuando oran tienen como interlocutores (no necesariamente a través de un diálogo de palabras, sino de interioridades), a Jesucristo; con otras palabras, cuando oran, hablan con el Señor Jesús. Otras personas, cuando oran, se «sienten bien» tratando con el Padre, experimentando su amor.

    Pero hay otras personas para quienes el interlocutor, en su oración, no es Jesucristo, ni el Padre, sino El, simplemente Él, precisamente El, sin denominación, sin concreción, sin figura; es la totalidad, la inmensidad, la eternidad; pero no una realidad vaga o inconcreta, sino Alguien concretísimo, personalísimo, cariñoso, que no está —y está— cerca, lejos, adentro, afuera, mejor dicho no está en ninguna parte; es: abarca, comprende y desborda todo espacio, todo tiempo, más allá y más acá de todo.

    Toda forma o figura desaparece. Dios es despojado, mejor dicho, silenciado, de cuanto indique localidad. Y no queda más que la presencia (para usar el término más aproximativo; lo que la Biblia llama «rostro»), la presencia pura y esencial, que me envuelve, me compenetra, me sostiene, me ama, me recrea, me libera; simplemente, Él es. Por hablar de alguna manera, diríamos que se podrían incinerar todos los libros escritos sobre Dios, ya que todas las palabras referentes a Dios son ambiguas, inexactas, analógicas, equívocas. Lo único exacto, seguro, lo único que queda es esto. El es. No hay nombre, sino pronombre; y el único verbo adecuado es el verbo ser. Todo lo demás no son sino aproximaciones deslavadas.

    Pues bien, podríamos decir, siempre hablando imperfectamente, que éste es el Dios del salmo 139, y que aquellas personas que se relacionan simplemente con El tienen tendencia, al menos tendencia, a la oración de contemplación propiamente dicha; y que, para estas personas —pero no sólo para ellas—, el salmo 139 es un manjar apropiado.

    — Por todo lo dicho, el lugar ideal para rezar este salmo, en cierto sentido, no sería la capilla, porque allí la presencia divina es sacramental, está localizada; ni tampoco, exactamente, un entorno natural, deslumbrante de hermosura, porque las criaturas podrían desviar la atención, sino una habitación donde nada nos pueda distraer.

    Para penetrar en el núcleo del salmo y rezarlo con fruto es conveniente empezar por tranquilizarse, sosegar los nervios, descargar las tensiones, abstraerse de clamores exteriores e interiores, soltar recuerdos y preocupaciones; y así, ir alcanzando un silencio interior, de tal manera que el contemplador perciba que no hay nada fuera de sí, y no hay nada dentro de sí. Y que lo único que queda es una presencia de sí mismo a sí mismo, esto es, una atención purificada por el silencio.

    Este es el momento de abrirse al mundo de la fe, a la presencia viva y concreta del Señor, y es en este momento cuando el texto del salmo 139 puede ser un apoyo precioso para entrar en una oración de contemplación.

    Nuestras fuentes están en ti

    Los vestigios de la creación, las reflexiones comunitarias, las oraciones vocales pueden hacemos presente al Señor; pero son, si se me permite la expresión, «partículas» de Dios. Las criaturas pueden evocarnos al Señor: una noche estrellada, una montaña cubierta de nieve, un amanecer ardiente, el horizonte recortado sobre un fondo azul nos pueden «dar» a Dios, pueden despertárnoslo, pero no son Dios mismo, sino evocadores, despertadores de Dios.

    Y el alma verdaderamente sedienta no se conforma con los «mensajeros», como dice San Juan de la Cruz: «No quieras enviarme —de hoy ya más mensajero— que no saben decirme lo que quiero». Y comenta el místico castellano: «Como se ve que no hay cosa que pueda curar su dolencia, sino la presencia..., pídele le entregue la posesión de su presencia». Más allá de los vestigios de la creación, y de las aguas que bajan cantando, el alma busca el manantial mismo, Dios mismo, que está siempre más allá de las evocaciones, de los conceptos y las palabras.

    Para penetrar en el santuario del salmo 139, el hombre debe tener presente que Dios no sólo es su creador, no sólo está objetivamente presente en su ser entero, al que comunica la existencia y la consistencia; es preciso también tener presente que El lo sostiene, pero no a la manera de la madre que lleva a su criatura en sus entrañas, sino que, en una dimensión mucho más profunda, y distinta, verdaderamente Dios lo penetra y lo mantiene en su ser.

    A pesar de esta estrecha vinculación entre Dios y el hombre, no hay, sin embargo, simbiosis ni identidad alguna, sino que, más bien, la presencia divina es una realidad creante y vivificante, realidad que el salmista verbaliza con una expresión de alto vuelo poético: «Todas mis fuentes están en ti» (salmo 87).

    A solas

    Podríamos afirmar que, en la estructura del salmo 139, el encuentro con Dios se consuma a solas. En el fondo, cualquier encuentro, tanto a nivel divino como humano, se realiza a solas, en su sentido original y profundo. En realidad, la expresión castellana a solas significa una convergencia de dos soledades, ya que la esencia radical de la persona, sea divina o humana, es ser soledad o mismidad.

    Y estas dos soledades, en nuestro caso, son las siguientes: por un lado, es necesario acallar todo nerviosismo y toda la turbulencia interior, hasta percibir, en silencio pleno, mi identidad personal, mi soledad. Y, por parte de Dios, es necesario sobrepasar el bosque de imágenes y conceptos, con que revestimos a Dios, y quedarnos, en la pureza total de la fe, con el mismísimo Dios, El Mismo, su «soledad». Y, para este proceso de purificación, el salmo 139 es un instrumento inapreciable.

    El ser humano, entre sus diferentes niveles de interioridad, percibe, en sí mismo algo así como una última morada donde, según el Concilio, nadie puede hacerse presente, salvo Aquel que no «ocupa» espacio, justamente porque esa última morada no es, exactamente, un lugar. Dice el Concilio: «A estas profundidades de sí mismo retorna (el hombre) cuando entra dentro de su corazón, donde Dios lo espera» (GS 14).

    Se trata, pues, del «núcleo más secreto, sagrario del hombre, donde éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de él» (GS 14). Es a esta zona interior a donde deberá «bajar» el hombre para una vivencia auténtica y fuerte del salmo 139.

    Paso a paso

    En los primeros seis versículos, en un despliegue de luz y fantasía, y mediante un racimo de metáforas, el salmista percibe la omnipotencia y omnisciencia divinas, que envuelven y abrigan al hombre, como una luz, por dentro y por fuera, desde lejos y desde cerca, en el movimiento y en la quietud, en el silencio y en la oscuridad. En el versículo 6, el salmista queda pasmado, casi abrumado, por tanta ciencia y presencia, que lo desbordan y trascienden definitivamente.

    En los versículos 7-12, la inspiración alcanza cumbres mucho más altas: el salmista acopla alas a su fantasía, e imagina situaciones inverosímiles, de lejanía y fuga, volando, inclusive, en alas de la luz, o cubriéndose con un manto negro, pedido a la noche en préstamo, para ocultarse de este porfiado perseguidor, y rehuir su aliento, pero... ¡todo es inútil! ¡Es imposible!

    Vencido ante tan tenaz asedio, y convencido de la inutilidad de todo intento de fuga, el salmista desciende hasta el abismo final de su misterio (vv. 13-16), y allí descubre que Dios está presente con su acción hasta el misterio del mismo óvulo materno, y que, Él mismo, con manos delicadas, fue tejiéndolo, desde las células más primitivas hasta la complejidad de su cerebro. No sólo es su creador, es su padre, y, mucho más, es su madre. ¡Cómo no va a conocer sus pasos y sus días si lo acompaña desde el seno materno!

    En el versículo 17, no pudiendo ya contenerse, conmovido por tanto prodigio, el salmista prorrumpe, extasiado, en una serie de exclamaciones: «¡Qué incomparables me parecen tus designios, Dios mío, qué inmenso su conjunto!». Si, arrastrado por la admiración o la curiosidad, se pusiera el hombre a enumerar, una por una, las maravillas de sus dedos, vana ilusión!, no es posible: son más que las arenas de las playas. Pero, si en una hipótesis imposible, llegara el hombre a transformar un imposible en posible, y acabara por enumerar los prodigios de la creación, entonces, precisamente entonces, se encontraría con el misterio supremo de Dios, inabarcable, inconmensurable, infinito.

     

    «¡Qué es el hombre!»

     
     
     
     
     
     
     
    «¡Qué es el hombre!»

     


    Los elementos que acabarnos de estudiar, el asombro, la interioridad y la comunión cósmica, brillan con luces propias en el salmo 8, donde el salmista realiza el mismo itinerario que en el salmo 104, a saber: salta desde muy adentro de sí mismo, en un arranque de admiración («Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!»); recorre como un meteoro los cielos y la tierra, y regresa al mismo punto de despegue, clausurando el glorioso periplo con la misma estrofa, henchido de gratitud y admiración: «Señor, dueño nuestro...».
    El pequeño salmo, más que una descripción, es una contemplación de lo creado y lo increado, en la que el salmista, con el corazón dilatado, distingue y señala un escalón jerárquico: Dios es el Rey, cuya «majestad se alza por encima de los cielos»; el hombre, un pequeño rey sobre el trono de la creación; la criatura, destinada a cantar la gloria de Dios y servir al hombre.
    De entrada, el salmista siente prisa por poner fuera de combate a los ciegos y sordos que niegan la luz del día, los adversarios de Dios. Les dice, poniéndolos en ridículo, que la majestad y el poder divinos están tan a la vista, son tan patentes y evidentes que hasta los niños de pecho, que sólo saben mamar, lo pueden atestiguar.
    Continúa avanzando el salmista, y entra en los versículos más interesantes del salmo:
    Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?
    Hay en estos dos versículos una formidable densidad vital: una mirada hacia afuera y una mirada hacia adentro: mirada global de la que nace la sabiduría, que es una visión objetiva y proporcional; y esta visión, a su vez, surge espontáneamente al medir el hombre la altura del Altísimo con su propia pequeñez. No es necesario comparar, basta con contemplar; y se hace patente, como primera evidencia, su condición de criatura, contingente y precaria. Tiene, pues, el salmo una fuerte dimensión antropológica.
    El salmista sale a la intemperie en una noche estrellada, y queda anonadado por la profundidad, misterio, silencio y serena belleza del firmamento. Este es el punto de partida. Abrumado por el espectáculo, que, por vía de evocación, le recuerda a Dios, comienza a reflexionar: semejante hermosura no es más que la huella digital de Dios, «obra de sus dedos»; y si así de ardiente es el esplendor de sus obras, qué no será la hermosura de su Autor.
    Y profundamente sensibilizado, el salmista vuelve la mirada sobre sí mismo, y descubre la insignificancia del hombre. Pero, en lugar de sentirse avergonzado o triste a causa de su pequeñez, con simplicidad y tranquilidad, deja abierto un interrogante que ni siquiera es una pregunta o una duda. Es, más bien, una pasmada exclamación, hecha de afirmación, interrogación, admiración: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él?».
    Se diría, pues, que el salmista, en lugar de sentirse sonrojado por su pequeñez, se siente feliz de que Dios sea Dios, tan indiscutible, tan incomparable, tan único. Y esto sucede porque, en lugar de fijar su mirada sobre su propia insignificancia, queda clavado, casi extasiado contemplando la munificencia del Otro. Se trataba, pues, de una pascua. Y al aceptar que Dios es Dios, al quedar «vencido» por el peso de la Gloria, entra el salmista a participar de la eterna juventud de Dios, de su omnipotencia y plenitud.
    Hay aquí otra nota que destacar. En medio de tanto deslumbramiento, el salmista alcanza a saborear, por contraste, un vislumbre de la ternura de Dios, ternura por cierto, absolutamente gratuita, porque el objeto de su predilección no es ese firmamento majestuoso, sino el hombre en su pequeñez: «para que te acuerdes de él». «Acordarse» tiene aquí un sentido muy concreto y muy humano. Si uno se acuerda de otro, significa que éste ya «vivía» en el corazón de aquel.
    A pesar de sentir una cierta extrañeza, para el salmista, el hombre es el predilecto de la creación.
    A partir de este momento, el objeto único de contemplación en el salmo es el hombre, constituido por Dios como rey de la creación. Mejor dicho, como virrey o lugarteniente.
    Después que el hombre salió a la luz de las manos de Dios, en un ambiente de gran solemnidad, fue colocado en una comarca hermosa y feraz, para que la cuidara y cultivara. Viéndolo demasiado solitario, un buen día, el Señor Dios presentó ante el hombre una abigarrada muchedumbre de mamíferos y aves, para que, como en una ceremonia de vasallaje, tomara posesión de todos los seres vivientes. Y, efectivamente, poniéndoles un nombre a todos ellos, fue asumiendo y expresando un señorío y soberanía sobre todos los animales de la tierra. A esta ceremonia hacen referencia los versículos 6-9 del salmo.
    Los versículos 6-7 son un brochazo de oro que resume y contiene cuanto la Biblia dice sobre el hombre:
    Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad: le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies.
    Desde los primeros días de la creación, como si dijéramos, desde el principio, entra el hombre en el escenario como un señor, «coronado de gloria y dignidad» (v. 6). No es Dios, pero sí «poco menos que un dios» (v. 6). Su dependencia respecto de Dios no es una condición de vasallaje, sino una relación de padre a hijo.
    Dios colocó en sus manos una espada flamígera, de doble filo: la libertad, principio de vida o muerte, fuente de grandeza o de ruina. Porque era libre, el hombre fue capaz de alzar su frente ante Dios, y de intentar arrebatarle el «título» de Dios. Su mayor categoría, sin embargo, es su identidad personal, el hecho de ser él mismo, inalienable, único. Es lo que más le aproxima a Dios. Dice al respecto Meister Eckhart:
    El ser hombre lo tengo en común con todos los hombres; el ver y oír, y comer y beber lo comparto con todos los animales. Pero lo que yo soy es exclusivamente mío, me pertenece a mí y a nadie más, a ningún hombre, ni a ningún ángel, ni a Dios, a no ser en cuanto soy uno con EL.
    La afirmación fundamental de la Biblia sobre la naturaleza del hombre es que éste ha sido hecho a imagen de Dios. Lleva, pues, en potencia, de alguna manera, los atributos de Dios. Sus medidas son, de alguna manera, las medidas de Dios: un pozo infinito. Por eso, infinitos finitos no lo pueden llenar. Y por eso, eternamente insatisfecho, irremediablemente caminante, como Abrahán, como Israel, como Ulises; y, a sabiendas o sin saberlo, peregrino del Absoluto.
    Y por eso, también, el salmo se consuma y es coronado en la Cumbre: «Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!». El salmo 8, y en general, los salmos de la creación, como el 19, 64, 92, 97 y otros, parten de Dios, recorren cielo y tierra, atraviesan, sobre todo, el territorio del hombre, y finalizan su carrera en Dios, fuente original y meta final.
     
    P. Ignacio Larrañaga
     

     

    Ingenuidad y ternura

     
     

    Ingenuidad y ternura

     

    Estamos afirmando, en todo momento, que una experiencia cósmica de los salmos supone una purificación de la mirada interior, en una especie de círculo vicioso sano: al desasirse de sí mismo y saltar al Otro, el salmista se libera de sí mismo; y este baño en el Infinito le hace, a su vez, medir su real estatura; y, en una visión objetiva y proporcional, le obliga a reconocer su condición de criatura, dependiente y contingente, lo que, a su vez, le dispone a la adoración.

    Ahora bien, en el asombro no deja de existir una buena dosis de ingenuidad. Por eso, el asombro es un fenómeno humano específico de los niños. Cuando al hombre se le extravía esa ingenuidad entre los matorrales de la vida podemos hablar de una pérdida irreparable. Podríamos decir que el salmista conserva un alma despojada y transparente que le permite ver a Dios actuando prodigiosamente en la creación.

    Sólo con una maravillada ingenuidad, con una especie de encantamiento, se puede sorprender a Dios «avanzar en las alas del viento sobre la carroza de las nubes», llevando como «ministro el fuego llameante». Sólo un niño puede ver a Dios «sacar los ríos de los manantiales», «regar los montes», «hacer brotar la hierba para el ganado», «echar la comida a su tiempo» a los animales salvajes, «repoblar la faz de la tierra con su aliento», «trazar fronteras en las aguas». De la misma manera, sólo un niño puede contemplar al Padre alimentando a los gorriones, vistiendo a las margaritas, regando con la lluvia o fecundando con el sol los campos de los justos y de los injustos.

    Para tanta maravilla, una sola condición: hacerse como niños. Pero ya lo hemos dicho: fácilmente podemos perder al «niño», y es esa una pérdida irreparable. Los conocimientos científicos, y otros sobreañadidos, pueden extinguirnos el candor para contemplar cómo Dios afianza los montes con su fuerza, reprime el estruendo del mar, cuida la tierra la riega, y la enriquece sin medida, prepara los trigales, riega los surcos, iguala los terrones, bendice los brotes, corona el año con sus bienes (SaI 65).

    ¡La ternura de la vida!: don divino que permite contemplar las fuentes de la vida en su frescor original.

    No se puede, sin embargo, separar esa contemplación deslumbrada sobre el universo de la vida profunda del salmista. Pese a todo, las raíces siempre están adentro, y también las fuentes. Al modo de Antonio Machado, cuando decía: «Rocas de Soria, conmigo vais», el salmista podría también decir: estrellas, mares y montañas, estáis en mi corazón. En lugar de decir: en la creación, Dios y el hombre se encuentran, podríamos expresarnos más exactamente, diciendo: Dios, el hombre y la naturaleza cantan al unísono en

    mi última morada.

    El salmo 104 se abre y se cierra con una expresión de máxima interioridad, dirigiéndose el salmista la palabra a sí mismo, y hablando en singular: «Bendice, alma mía, al Señor». Desde la última soledad de su ser, desde su más remota y sagrada latitud, surge el salmista en alas de la admiración, y, después de recorrer montes, océanos, ríos y comarcas, retorna al mismo punto de partida, para coronar la peregrinación, con las mismas palabras: «Bendice, alma mía, al Señor».

    Y, durante el recorrido, desciende con frecuencia a su recinto interior para celebrar, admirado y agradecido, al Rey de la creación que, fundamentalmente, está en su silencio interior: «iCuántas son tus obras, Señor! ». Y, al final, el salmista parece olvidarse de tantos seres radiantes como han llenado sus ojos: las criaturas le han despertado y evocado a su Señor; pero, una vez que el Evocado se ha hecho presente, los elementos evocadores ya no tienen razón de ser, y desaparecen, y sólo queda Dios. En este instante, el salmista se hunde en la interioridad más arcana y

    entrañable, para proponerse a sí mismo con ternura y resolución:

    Cantaré al Señor mientras viva, tocaré para mi Dios mientras exista:

    que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor (Sal 104,33).

    Definitivamente, el misterio siempre está dentro.
     
     
    Padre Ignacio Larrañaga
     
     

    Pobreza y adoración

     
     
     Pobreza y adoración

    Asombro es, pues, la palabra. Y, en el fondo, el asombro es un desprendimiento, un salirse del centro de sí mismo, de las ataduras, apropiaciones y adherencias mediante las cuales el hombre se unce a su argolla central y se enlaza a las criaturas. Sólo el asombro puede sacar al hombre de su aislamiento egocéntrico, liberarlo de la autocomplacencia y la autosuficiencia. Necesita estar libre de sí mismo para poder admirar.

    Como siempre, la cuestión es una sola: la pobreza. Pobre y libre: libre de sí mismo y de cualquier apropiación, no sólo para renunciar a poseer, sino también para liberar energías unitivas, dormidas y aletargadas; y, así, dar curso libre al anhelo de comunicación universal. Pobreza para cavar pozos interiores, para abrir espacios libres para una gran acogida. La pobreza, pues, en lugar de estrangular las potencialidades afectivas y admirativas, las abre en una expansión de horizontes abiertos.

    Pero existe también un proceso inverso: el hombre de la sociedad industrial se desgajó de la naturaleza y se colocó por encima de ella para explotarla al máximo mediante la técnica, monstruo que desbarata la comunión y favorece la dominación. Por este camino, la naturaleza viene a ser, no sólo instrumento de poder, sino presa para la avidez humana, de los que luchan por el poder. Y, así, la naturaleza, en lugar de armonizar las relaciones humanas, las falsifica y prostituye. Y, por su espíritu de dominación y posesión, el hombre sojuzga a la naturaleza, y la explota de forma indiscriminada e inmisericorde. Pero ahora ha comenzado a comprender que la muerte de la naturaleza es también la muerte de la humanidad.

    En una experiencia cósmica de los salmos, en cambio, se evapora el complejo de superioridad. El señor hombre desciende de su pedestal y se hace presente en la creación, no como un dominador que entra en sus propios territorios, sino como un amigo reverente y admirado que establece relaciones afectivas y fraternas con todos los seres, en consideración a que esos seres llevan grabada en sus entrañas la efigie de Dios. Se trata, pues, de una experiencia de Dios, ampliada y profundizada.

    La adoración, por su carga de asombro y admiración, y también por el hecho de hacer al hombre olvidarse de sí mismo y volverse hacia los demás, es la suprema liberación humana. Podemos agregar mucho más: no existe en el mundo terapia psiquiátrica tan liberadora de obsesiones y angustias como la adoración.

    La razón es simple: las ansiedades, los temores, las preocupaciones, y, sobre todo, las obsesiones, son efecto y fruto de estar el hombre volcado sobre sí mismo, atado, y con frecuencia adherido morbosamente a la mentira de la imagen de sí mismo. Si el hombre corta todas esas ligaduras, y suelta al viento las aves enjauladas y las energías constreñidas, seducidas éstas por el Altísimo, la vida se torna en una fiesta de libertad.

    Por eso, en los salmos 8 y 104 no aparece ninguna referencia a sí mismo ni a los enemigos del salmista. Absorbido el salmista por el fulgor de Dios y de la creación, olvidado de sí, desterradas las inquietudes y los miedos, sólo le queda espacio y tiempo para lanzarse, con la mirada maravillada, en un movimiento sin retomo, hacia Aquel que es el Único.

    El adorador es un pobre, así como todo auténtico pobre es también un adorador. El salmista de la creación se deja llevar por el impulso de cantar a Dios en la creación porque está exento de toda intención posesiva de las criaturas. Renunció a toda apropiación, y sólo a partir de esa renuncia es posible la elevación.

     

    Asombro y éxodo

     
     
     

    Asombro y éxodo

     

    Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra (Sal 104,1). Bendice, alma mía, al Señor, Dios mío, ¡qué grande eres! (Sal 104,1).

    Este es el cantus firmus, la melodía central que sazona, alienta y sostiene en pie los salmos cósmicos: el asombro. La admiración planea incesantemente por encima de la creación, mientras Su Presencia aletea por encima y bucea por debajo de las criaturas.

    Aquí está la diferencia entre un geólogo y un salmista. Para el geólogo, la creación es un objeto de estudio: lo aborda analíticamente con instrumentos adecuados. Para el salmista, la creación no es un objeto que se toma para analizarlo, ni siquiera para admirarlo. Más bien, el salmista es seducido y deslumbrado por la creación.

    Es, pues, el salmista un ser eminentemente pascual, volcado, mejor dicho, arrebatado por el esplendor circundante; y «estudia» (contempla) la creación, no científicamente, sino vibrando con ella; casi se diría «viviéndola», con todas las características de la vida: unidad, es decir, el salmista no sólo está «fuera» de sí, sino, sobre todo, vertido en la corriente secreta del mundo y compenetrado con sus impulsos; emoción, esto es, una palpitación gratificante; gratitud un sentimiento benevolente y agradecido por tanta hermosura que le hace al hombre feliz.

    Lo dicho hasta aquí podría identificar al salmista con el poeta. Pero hay mucho más; el salmista es también, y sobre todo, un místico. Este es su distintivo más eminente. El salmista, fundamentalmente, es un ser deslumbrado por Dios mismo, atraído por un Dios percibido en la creación de tal manera que el esplendor del mundo no es sino el manto de su majestad, y la vida, su aliento (Sal 8,1).

    Es, pues, el salmista un ser cautivado por Dios, por un Dios que arrastra tras de sí a la creación entera, y, por cierto, también al salmista. Ya se pueden imaginar los resultados: como en un torbellino embriagador, la naturaleza, el hombre y Dios danzan al unísono, respiran un mismo aliento, viven una misma vida. ¿Cabe imaginar júbilo más subido?

    Bergson, refiriéndose a esta experiencia, dice: «No es algo sensible y racional. Es, implícitamente, lo uno y lo otro. Y es mucho más que todo eso; su dirección es la del impulso vital». Es de tal naturaleza esta experiencia que no hay manera de conceptualizarla, y menos todavía de verbalizarla. Por eso, el salmista, después de una exclamación, tiende a cerrar la boca y permanecer en silencio posterior; un silencio, por cierto, grávido de la más densa palpitación.

     

     

    Retorno a la naturaleza

     
     

     

     

    Retorno a la naturaleza


    El hombre de Iglesia necesita, quizás hoy más que nunca —según me parece— vivificar y actualizar los salmos, digamos, cósmicos, y nutrirse de ellos. Y esto, no para orquestar las cruzadas de los ecologistas, sino para entrar en una profunda comunión con todos los seres en Dios, raíz y fundamento de todo; para adorar al Señor, no sólo en el santuario de la última soledad, sino también en el brillo policromado y multiforme del universo.
    La formación clerical, marcadamente racionalista, utilizando la lógica y la abstracción como fuentes casi únicas de conocimiento, se había desentendido, durante siglos, de la poesía y la intuición, salvo en la corriente franciscana, subestimando, por decir lo menos, la vertiente emotiva e imaginativa de la persona. ¿Resultado? Ya se puede suponer: un hombre, en cierta manera, mutilado, con un vacío difícil de equilibrar en la arquitectura general de la persona.
    Urge, pues, retornar a las raíces de la creación. Es necesario despertar, con cierta premura, las energías instintivas hoy dormidas, y hacer brotar de nuevo las fuentes de la simpatía; y, con todo este caudal recuperado, le será más fácil al hombre entrar en una viviente comunión con las criaturas y el Creador, conjuntamente. Lo que ciertamente contribuirá al enriquecimiento integral de la persona.
    Cuando un creyente consigue hacer de los salmos de la creación una fuerte vivencia, no sólo rinde un homenaje y entona una música festiva al Creador, sino que también, y sobre todo, levanta el nivel de su riqueza interior. El adorador cósmico entra de cabeza y se baña en la corriente secreta y profunda de la naturaleza, mientras siente —y de alguna manera participa— del barbotar de la vida de las manos de Dios.
    Nadie ha abierto tantas brechas de luz sobre estos horizontes como Teilhard de Chardin.
    Nadie se ha expresado con tanta originalidad y audacia, tanto resplandor y fuego sobre la potencia espiritual de la materia como este místico de la era tecnológica; de tal manera que, para él, la Materia es la última y más deslumbrante teofanía. La suya es una auténtica espiritualidad cósmica, para cuya asimilación, la humanidad creyente no está todavía, creo, suficientemente preparada. Me asiste la certeza de que su vasta y ardiente cosmovisión iluminará, con el correr de los siglos, las mentes más altas y nobles.
    Cautiva esa misa sobre el mundo que, estando el Padre Pierre en las estepas peladas del Asia sin los implementos necesarios para la misa, celebra sobre el altar de la tierra entera, ofreciendo el trabajo y el dolor del mundo. Su cáliz y patena son «las profundidades de un alma ampliamente abierta a todas las fuerzas que, en un instante, van a elevarse desde todos los puntos del globo y a converger hacia el Espíritu». Y más adelante continúa: «Recibe, Señor, esta Hostia Total que la creación te presenta en esta nueva aurora. Tú has puesto un irresistible y santificante deseo que nos hace gritar a todos: Señor, haz de nosotros uno».

     

     

    El templo de la creación. Dios es

     
     
     
     

    El templo de la creación

    Dios es

     

    En los salmos 8, 104 y otros, las criaturas son el lugar de encuentro, el altar de la adoración, así como en otros salmos —numerosos— las gestas salvíficas son la epifanía de la presencia y acción liberadora de Dios.

    El salmista no es tan sólo un poeta colorista que describe «las madrigueras de los erizos» y «los cachorros que rugen por la presa», sino, sobre todo, el contemplador sensible que capta la realidad latente y palpitante que respira bajo la piel de las criaturas: Dios mismo.

    En las religiones primitivas, la realidad, imprecisa y vaga, por cierto, no sólo se circunscribía a ciertos elementos telúricos, como el árbol, la fuente o el sol, sino que se identificaba con ellos. La divinidad era la fuente sagrada, el bosque, sin una exacta distinción entre ser y estar, sino más bien implicados y confundidos ambos aspectos; para Aken Aton, el sol era (y estaba) la divinidad.

    En los salmos, y en la Biblia, en general, se lleva a cabo el proceso de emancipación, abierta hacia la trascendencia: se cercena el cordón umbilical que ligaba a un dios a un lugar. Dios se separa de los seres y lugares, se independiza, superando la etapa panteísta, y adquiere identidad personal y mayoría de edad: trasciende los seres creados: queda más allá de las criaturas, lo que no quiere indicar que esté distante, o por encima, sino que es otra cosa que la criatura. Desde ahora, estamos en condiciones de afirmar: simplemente, Dios es. Podemos agregar también que Dios es el fundamento fundante de toda realidad, la esencia de la existencia; que en El nos movemos, existimos y somos; y que no le corresponde estar, sino ser.

     

    Tu rostro busco, Señor

     

     

     

     

    Tu rostro busco, Señor

     

     

    Todo lo que hemos dicho hasta ahora corresponde a la primera parte del salmo, cuyo contenido fundamental es la ausencia de miedo (no tengas miedo). Y el núcleo esencial de la segunda parte es el asegurar la presencia divina: buscar su rostro. Premeditadamente nos hemos saltado el versículo 4, porque, por su contenido, corresponde más bien a la segunda parte.

    «Una cosa pido al Señor, y eso buscaré: habitar en la casa del Señor por todos los días de mi vida» (v. 4). Si la experiencia liberadora, descrita hasta ahora, es realmente así, entonces se impone una conclusión; si Dios, vivo y vivificante en la interioridad humana, es la fuente de toda dicha y de toda libertad, entonces, concluyamos: sólo una cosa vale, sólo una cosa importa, sólo una cosa procuraré, pediré y buscaré eternamente: «habitar en la casa del Señor».

    Es necesario entender estas palabras en su verdadera profundidad, es decir, en su sentido figurado: vivir en el «templo» de su intimidad, cultivar su amistad, acoger profundamente su presencia; «gozar de la dulzura del Señor» (v. 4), esto es, experimentar vivamente la ternura de mi Dios, su predilección, su amor, que se me da sin motivos ni merecimientos, cultivar interminablemente «por todos los días de mi vida», la relación personal y liberadora con el Señor, mi Dios.

    «Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro». Otra vez lo precisamos: Dios no tiene rostro. Este término, rostro, tan repetido desde los días de Moisés, como la ( expresión de la intimidad más entrañable, quiere indicar, hace referencia, una vez más, a la presencia divina, al Dios personal, vivo y verdadero, a Dios mismo, percibido vivamente en la fe y en la oración.

    Volvemos a insistir el Señor será el vencedor de la soledad y el liberador de las angustias, en la medida en que sea el Dios viviente en el fondo de mi conciencia. La única condición para que Dios sea verdaderamente mi liberador es esta: que no sea (Dios) una abstracción teórica, un entresijo de ideas lógicas para hacer acrobacias intelectuales, sino que sea, dentro de mí, una persona viviente: padre, madre, hermano, amigo, mi Dios verdadero. A esta realidad, por llamarla de alguna manera, la llamamos rostro.

    Y el salmista, sabiendo por experiencia que ese rostro es la clave de todo bien, fuente de fuerza y transformación, así como de plenitud existencial, en seis oportunidades consecutivas apela a ese rostro: 1) «tu rostro buscaré, Señor»; 2) «no me escondas tu rostro»; 3) «no rechaces a tu siervo»; 4) «no me abandones»; 5) «no me dejes»; 6) «aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me acogerá».

    El salmo, que comenzó con una entrada triunfal, finaliza también con una salida victoriosa, con un par de versículos en que campea, invenciblemente, la esperanza.

    Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida» (v. 13). País de la vida es esta vida, oportunidad que Dios nos da para ser felices y hacer felices. Gozar de la dicha del Señor es, simplemente, vivir, ni más ni menos. Mucha gente no vive, agoniza. Los que arrastran la existencia anegados entre temores y ansiedades no viven, su existencia es una agonía; en el mejor de los casos, vegetan. Pero ahora que el viento del Señor ha barrido con nuestras sombras y temores, ahora, sí, podemos respirar, sentimos libres, gozosos, felices. Esto es vivir, ahora esperamos vivir.

    Y tanta hermosura como contiene este salmo no podía acabar sino con un grito largo de coraje y esperanza: «Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (v. 14). El hombre tiene que habérselas con la vida y sus peligros; necesita refugios donde acogerse. Ha aprendido a no confiar en los poderosos de la tierra, «los señores de la tierra»; y sabe por experiencia que sólo salvan e] poder y el cariño de Dios. Este poder y amor suscitan la confianza del hombre, y en esta confianza se basa su seguridad. Y esta seguridad se transforma en el gozo de vivir, vivir plenamente, Shalom.

     

    Hijos de la Omnipotencia

     

     

     

    Hijos de la Omnipotencia

     

    Y hemos llegado al punto de partida. ¿Por qué, de qué manera, con qué mecanismos la presencia de Dios (yo estoy contigo) desplaza y anula el miedo (no tengas miedo)? La explicación es ésta: la presencia de Dios no «ataca» directamente al miedo, sino a la soledad, madre del miedo.

    Cuando el hombre abre sus espacios interiores a Dios, en la fe y en la oración; cuando siente que sus soledades interiores quedan inundadas por la presencia divina; cuando percibe que su desvalimiento e indigencia radicales quedan contrarrestados por el poder y la riqueza de Dios; cuando el hombre experimenta vivamente que ese Señor, que llena y da solidez, además de todopoderoso, es también todocariñoso; que Dios es «su» Dios, el Señor es «su» Padre; y que su Padre lo ama, y lo envuelve, y lo compenetra, y lo acompaña; y que es su fortaleza, su seguridad, su certidumbre y su liberación..., entonces, díganme, ¿miedo a qué? Y este sentimiento de omnipotencia va acompañado de seguridad, euforia, júbilo, libertad, sentimientos que afloran en muchos salmos con expresiones exultantes. ¿Cómo llamar a todo esto con una sola palabra? Nosotros lo hemos llamado libertad interior, pero esta expresión aún es muy pálida. En realidad, se trata de una sensación de omnipotencia: es lo que sentía san Pablo al escribir: «Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni las potestades, ni altura, ni profundidad...» nada ni nadie puede conmigo, porque Dios está conmigo, y participo de su propio poder.

    No es que a los enemigos se los haya tragado la tierra, o hayan sido fulminados por un rayo, o pasados a espada. No. Los adversarios siguen en pie, están ahí, insolentes, esparciendo su veneno. Pero el salmista se siente de tal manera arropado por la presencia di vina, de tal manera cohesionado interiormente, de tal manera partícipe de la omnipotencia divina, y por lo mismo, invencible, que no siente miedo alguno, no le afectan los insultos ni le alcanzan los dardos, nada lo hiere, nada lo lastima; se siente libre, libre de los males y la adversidad.

    No se trata, pues, de una situación objetiva, como si los enemigos hubieran caído abatidos y denotados, sino una sensación subjetiva, la sensación de una libertad gloriosa, acompañada de júbilo, euforia y plenitud vital. Este es el mecanismo, el sentido profundo que late en el seno del salmo 27 y de tantos otros.

    Ahora bien; como dijimos, si el miedo es removido, desaparecen los enemigos, no del frente de batalla sino de la mente, Y, entonces, la situación real es tal que el hombre se siente como si los enemigos de hecho no existieran; y no sólo los enemigos, sino todos los males y desgracias de la vida; de ahí esa santa euforia, esa libertad gloriosa.

    Si se levantan contra mí los resentidos de siempre, para derribarme y devorarme, cuando me vean invulnerable a sus espadas y mentiras, ellos mismos serán presa de confusión y perplejidad, «ellos, adversarios y enemigos, tropiezan y caen» (v. 2), son ellos los que se sentirán derrotados.

    Aunque un ejército entero (v. 2), organizado en orden de batalla, acampe frente a mi casa, mi corazón no se inmuta. Y si, bayoneta en alto, avanzan con intención de traspasarme, ni siquiera me inmuto, porque nada pueden hacerme, me siento libre, invulnerable. « ¿Qué puede hacerme el hombre?».

    «En el día del peligro» (v. 5), cuando me ronde la desdicha, cuando la muerte llame a mi puerta, cuando me asalten los mastines de la incomprensión y la soledad, el desprestigio y la enfermedad, el Señor «me protegerá en su tienda». Dios no tiene tienda ni cabaña. El mismo es la cabaña de refugio. El problema está en que yo me refugie, me acoja, me abandone en sus manos. Pero Dios no tiene manos; se trata de una metáfora para significar su presencia. Hay quienes traducen, con gran acierto, este versículo, diciendo: «Dios me abrigará». Correcto. De eso se trata: de que yo me abrigue, que yo me cubra con la presencia divina, como con un abrigo. Una vez más, y siempre, la libertad gloriosa presupone una experiencia viva de Dios.

    Y continúa el versículo: «Me esconderá en lo más escondido de su morada». Dios no tiene escondites; Él es el escondite, y la gruta de refugio, y la cabaña para guarecerse en tiempo de tormenta. Otra vez, y siempre, el problema está en mí: soy yo quien tiene que buscar el refugio de sus alas; soy yo quien tengo que envolverme con su presencia, que me protegerá de las saetas. «Me alzará sobre la roca» (v. 5). Tampoco tiene Dios roca alguna. El es la roca, y una roca prominente, inaccesible. Y soy yo quien debo encaramarme sobre esa roca para ponerme fuera del alcance de las flechas de los enemigos. Brillante metáfora que recuerda los castillos inexpugnables de otros tiempos, construidos, como nidos de águila, sobre riscos altísimos, rodeados por todas partes de barrancos profundos. Estas torres eran, pues, inaccesibles, y por lo mismo, inexpugnables. Los hombres, refugiados en su interior, estaban seguros y libres de sus enemigos. «Y levantaré la cabeza sobre el enemigo que me cerca» (v. 6). Espléndida figura, muy repetida en la Biblia, que resume cuanto el salmista ha dicho hasta ahora. Esto es: si los enemigos (que pueden ser personas, o bien acontecimientos, o elementos adversos de la naturaleza) rugen en torno, me amenazan y me disparan, pero yo soy invulnerable porque estoy revestido con un abrigo antibalas, que es Dios, y me siento insensible a sus amenazas, y, por lo mismo, libre, entonces, el triunfo es mío, lo que equivale a quedar yo con la cabeza levantada por encima de mis enemigos.

    «En su tienda sacrificaré sacrificios de aclamación, cantaré y tocaré para mi Dios» (v. 6). Era inevitable; siempre sucede así: una gesta de liberación acaba siempre en un himno de liberación. El salmista, sintiéndose completamente liberado y profundamente dichoso, necesita explotar; no puede callarse, y en un arrebato de agradecida emoción, prorrumpe en música y danza, en gritos de júbilo y alabanza para el Gran Liberador.

     

    Soledad, miedo, angustia

     
     
     
     

    Soledad, miedo, angustia

     

     

    El salmo 27, sobre todo en su primera parte, suena en estas mismas armónicas. El salmista entra en escena, airoso y triunfal, lanzando desafíos en todas direcciones, con metáforas cada vez más brillantes y audaces:

    El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quien temeré?

    El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?...

    Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla;

    si me declaran la guerra, me siento tranquilo.

    ¿ Cómo llamar a esto: libertad, seguridad, gozo, paz, plenitud? ¿Estará aquí el contenido del saludo eterno de Israel: Shalom? Es un saludo que encierra tales resonancias de vida que no hay manera de traducirlo a otros idiomas; por ejemplo, nuestra palabra paz no agota los contenidos vivos de Shalom; quizás podríamos expresarlo con la palabra felicidad, restándole un cierto eco hedonista que este término oculta.

    Pero, ¿cuál es, en el fondo, la experiencia que está viviendo el salmista? ¿Cuál es el contenido vital, la naturaleza última de ese sentimiento que se agita dentro del salmo? ¿Habrá alguna manera, alguna expresión que pueda sintetizarlo? Entiendo que sí. Y podría ser ésta: ausencia de miedo. Pero, esta expresión, de cuño negativo, encierra a su vez una carga de profundidad, desbordante de varias riquezas: seguridad, libertad, gozo, paz, alegría. Por sintetizarla con una expresión de signo positivo, hablaremos de libertad interior, entendiendo, ciertamente, por libertad interior ese cúmulo de vivencias interiores recién señala das. En todo caso, después de todo, como veremos, no se trata de otra cosa que de ausencia de miedo.

    Como hemos dicho, la Biblia repite invariablemente los mismos términos: yo estoy contigo; no tengas miedo. Al primer golpe de vista, aparece obvio que la causa que desencadena un hecho es la presencia divina (yo estoy contigo); y el hecho, el efecto producido, es la remoción del temor (no tengas miedo). Hay, pues, una relación de causa a efecto. Esta es la explicación radical que, según creo, yace en el fondo del salmo 27, y en el fondo de no menos de diez o quince salmos más. Considero, pues, que es conveniente y provechoso hacer un análisis y escudriñar las entrañas del fenómeno miedo, con cierta prolijidad.

    En el fondo del fenómeno está la soledad, entendiéndose por soledad el hecho de sentirse solo; y esto, a su vez, equivale a sentirse desvalido, indigente, impotente, limitado. A todo esto lo llamamos solitariedad. Hay dos circunstancias que dramatizan esta situación o sensación: en primer lugar, el factor temperamental:

    hay personas que nacieron con una predisposición especial a sentirse especialmente desvalidas; y a otras, ciertos acontecimientos desdichados las dejaron con las alas recortadas, enfermas de inseguridad. Por otro lado, una alta responsabilidad le hace sentirse al hombre, normalmente, solitario, incierto, inseguro; porque, siempre, el peso de una responsabilidad es el peso de una soledad. Es lo que les sucedió a Moisés, Jeremías y otros profetas.

    Y, aquí y ahora, nace el temor, como consecuencia y efecto de esa soledad desvalida. El miedo está constituido fundamentalmente de incertidumbre e inseguridad. El miedo sería, pues, consustancial al hecho de sentirse hombre, a partir de su radical soledad e indigencia.

    El miedo acompaña al hombre bajo muchas formas y variantes, y, a veces, bajo formas disfrazadas. Su presencia, con frecuencia oculta y larvada, es constante, aunque el hombre no tenga conciencia de ello.

    Las diversas formas del miedo permanecen vivas, pero enterradas, en las capas profundas de la subconsciencia: son fuerzas en movimiento, completamente oscuras, sin que se sepa exactamente de dónde vienen, a dónde se dirigen, y, sobre todo, a dónde nos llevan. Los factores que desencadenan las formas y variantes del miedo son innumerables e imprevisibles.

    El estado de miedo (el miedo en cuanto se ha instalado en la conciencia) puede surgir un tanto repentina mente, y apagarse pronto. También puede hacerse presente paulatinamente; en este caso, sus efectos pueden ser persistentes, y llegar a transformarse en una fijación de carácter permanente, entrando (el miedo) a formar parte constitutiva de la personalidad e incidiendo en muchas de las manifestaciones de la vida.

    El hecho de vivir envuelve, de alguna manera, una cierta amenaza general o peligro. Donde hay seres humanos que sienten, desean y proyectan, los peligros estarán al acecho, a la puerta. El hombre puede desear ardientemente la independencia, y luchar por ella, pero no puede liberarse totalmente de las dependencias. Siempre estará inserto en algún grupo o sistema social; y, mientras esto suceda, por mucho que se esfuerce por ser autónomo, siempre existirán algunas formas de dependencia, y, oculto entre sus pliegues, el eventual conflicto que, en cualquier momento, puede estallar.

    En las entrañas del miedo, frecuentemente, nace y crece, tensa y a la defensiva, la resistencia mental, resistencia a algo, por lo general sordo y oscuro, que intuimos como posible peligro o amenaza a nuestra seguridad, amenaza que se intenta anular resistiéndola. Esta resistencia tiene un nombre: angustia.

    A menudo es difícil distinguir la frontera divisoria entre el miedo y la angustia. Teóricamente, la angustia es hija del miedo, pero no rara vez ignoramos dónde está la madre y dónde la hija. Por eso, hay una serie de términos que, en el lenguaje corriente, resultan sinónimos del miedo: temor, angustia, ansiedad, congoja, pánico... Y, digamos de paso que, aunque

    mucho se parezcan, el miedo, de por sí, es completamente diferente de la timidez.

    No siempre el miedo tiene una motivación objetivamente válida. Hay que tener en cuenta que todo hombre arrastra unas buenas dosis de subjetivismo, que hacen parte de la individualidad; y esto sin pensar en los sujetos que, constitutivamente, muestran fuertes tendencias subjetivas.

    Por eso, el miedo crea fácilmente fantasmas, ve sombras, distingue enemigos, o los sobredimensiona, se mueve entre suposiciones. Y si la persona tiene tendencias subjetivas muy marcadas, puede vivir, sobre todo en los momentos de crisis, entre alucinaciones, viendo adversarios por todas partes, imaginando conspiraciones, suponiendo conjuras. Es lo que le sucede al autor de algunos salmos, como, por ejemplo, el 31 (30), el 71(70), y otros.

    Después de todo, el miedo es, no enemigo número uno del hombre, sino enemigo único. El mal de la muerte no es la muerte, sino el miedo de la muerte. El mal del fracaso no es el fracaso, sino el miedo a fracasar. El mal de que no me quieran o me marginen no es el hecho de que eso suceda, sino el miedo de que suceda.

    De todo lo dicho surge, espontánea y obvia, la siguiente conclusión: removido el miedo de los enemigos, los enemigos desaparecen, por muy altaneros que se presenten ahí, frente a mí.

     

    La libertad gloriosa

     
     
     
     
     
    La libertad gloriosa
     
     

    Salmo 27 (26)
     
     

    El salmo 27 se encuentra en las mismas armónicas que aquella gran melodía que viene resonando desde las primeras páginas de la Biblia: no tengas miedo; yo estoy contigo. Moisés, Josué, Gedeón, Samuel, David, y todos los profetas, en los momentos decisivos, al experimentar el peso de su fragilidad frente a la altura de una responsabilidad, escucharon, en diferentes oportunidades, y en múltiples formas, estas o semejantes palabras, que les liberaron de temores y les infundieron coraje.
    Esta melodía adquiere, en ciertos momentos, una tensión verdaderamente conmovedora. Así, por ejemplo, cuando, muerto Moisés, Josué tuvo que ponerse al frente del pueblo, en su marcha conquistadora hacia la Tierra Prometida; sintiéndose Josué indeciso para cruzar el río Jordán, frontera de la futura patria, el Señor le infundió aliento y esperanza con estas palabras: «...como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. Sé valiente y firme, porque tú vas a dar a este pueblo la posesión del país que juré dar a sus padres. Sé, pues, valiente y firme... No tengas miedo ni te acobardes, porque tu Dios estará contigo a donde quiera que vayas»
    (Jos 1,1-10).
    Estas palabras acompañaron a Josué, como luz y energía, durante las mil y una aflicciones que tuvo que soportar en los años en que Israel se instaló en la tierra de Canaán, instalación que no fue una posesión pacífica de una tierra regalada, sino una conquista sangrienta en medio de mil atrocidades.
    Esta melodía o leit motiv —la asistencia leal y amorosa de Dios— adquiere una tonalidad todavía más intensa y alta en los profetas, sobre todo en Isaías:
    «No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre: “Eres mío”
    Si pasas por las aguas, yo estoy contigo; si por los ríos, no te anegarán.
    Si andas por una hoguera, no te quemarás, porque yo soy tu Dios, el santo de Israel, tu Salvador» (Is 42,1-4). Numerosos textos, semejantes a este, diseminados aquí y allá, en diversos profetas, expresan la misma convicción.

    Una larga serie de salmos contiene, también, de forma múltiple y vigorosa, la certeza de esta asistencia liberadora de temores y angustias: salmos 23 (22); 27 (26); 31 (30); 71(70); 91(90); 118 (117); 131 (130), y otros.
    En términos generales, se podría decir que esta convicción ( ¿actitud?, ¿estado de ánimo?) es el sentimiento más generalizado e insistente en los ciento cincuenta salmos.
    De esta certeza, reiteradamente confirmada a lo largo de los siglos bíblicos, deduce San Pablo una cadena de alentadoras conclusiones: «Ante esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?...¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Estoy seguro de que ni la vida, ni la muerte, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la
    altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrán separarnos del amor de Dios» (Rom 8,31-39).

     
     

    Vida, banquete y fiesta

     
     
     
     
     

    Vida, banquete y fiesta

     

    «Tu gracia vale más que la vida». ¿Qué es la vida? Existir es una cosa, se dice, y vivir, otra. Se puede existir y ser o sentirse infeliz; vivir, en cambio, implica, de alguna manera y en algún grado, sentirse feliz.

    Dejando de lado consideraciones abstractas, llamamos vida, en el lenguaje corriente, a un conjunto de cosas agradables (salud, prestigio, amistad...) que hacen que una existencia resulte placentera.

    Hay unas cuantas palabras en la Biblia que encierran idéntico contenido: gracia, amor, misericordia, lealtad: es Dios mismo, en cuanto ama, cuida, protege. Pues bien, el salmista, seguramente haciendo referencia a una experiencia personal, viene a decir, en este versículo cuarto, que, a poco que el hombre experimente el amor del Padre y a poco que guste de su presencia, puede encontrar en esa experiencia más dulzura y riqueza que en todas las satisfacciones de la vida.

    La vida, naturalmente, ofrece alegrías, pero ellas son efímeras y precarias. Una persona se siente feliz en un momento determinado y, a la media hora, al salir a la calle, recuerda aquel desdichado asunto, y, de pronto, su cielo se cubre de tristeza. Otra persona amaneció tranquila y contenta; pero, a media mañana, recibe una carta con malas noticias, y su alma se puebla de preocupación y ansiedad. Y así se podrían multiplicar los ejemplos. Todo es tan efímero!

    Después de completar tiempos, de cruzar en muchas direcciones los viejos caminos, y de llenar los archivos propios de recuerdos dormidos, el hombre, por sí mismo, y en virtud de ese precipitado que deja la vida, y que llamamos sabiduría, llega a la conclusión definitiva de que la verdadera fuente de paz y alegría, de seguridad y libertad, es Dios, sólo Dios: tu gracia vale más que la vida.

    El salmista encontró el tesoro, y aseguró su libertad. Dios, un Dios poseído por la fe en el corazón, es como una carga de profundidad que le hace estallar al salmista en un arranque de júbilo: «Te alabarán mis labios; toda mi vida te bendecirá, y alzaré las manos invocándote».

    A esto lo llamamos adorar. Muchas tareas esperan y reclaman a los hermanos: atender a los pobres es la primera opción y la primera urgencia; encender la antorcha del evangelio en la noche de una sociedad sin fe; poner en marcha las instituciones y las obras de cada congregación, para el servicio de la Iglesia... Hay tantas necesidades, y todo es importante.

    Pero, por encima de todas las urgencias, el salmista levanta en alto la antorcha suprema de todo creyente y, sobre todo, de los consagrados: la absoluta primacía de Dios: buscar primero el Reino; absolutizar al que es el Absoluto, y relativizar lo que es relativo; situar cada valor en el lugar que le corresponde; dar a Dios lo que es de Dios; buscar un punto de apoyo, un centro de gravedad que ponga orden y equilibrio en todo lo que somos y hacemos; saber que son muchas las cosas importantes, pero que «sólo una es necesaria»: toda mi vida te bendeciré, y alzaré mis manos invocándote.

    Y, en medio de un brillante despliegue de metáforas, el salmista nos entrega un precioso ramillete de versículos (vv. 6,10).

    Por de pronto, vemos que el salmista está viviendo un fuerte momento de presencia divina; se halla como en un mediodía, y sin poder contenerse da rienda suelta a una serie de sensaciones o vivencias y trata de expresarlas con un lenguaje literario. Si toda experiencia nace y muere con uno (es intransferible), ¿qué diríamos de esa experiencia, la divina, que se consuma en el nivel último de la interioridad? No obstante, el salmista consigue comunicarnos de alguna manera lo que pasa en su interior, y con gran éxito desde el punto de vista literario y analítico.

    Al decir, de verdad, «Tú eres mi Dios», la primera palabra que le viene a la mente al salmista para expresar lo que está viviendo, es la palabra banquete. Tenemos en nuestro idioma otro término aún más expresivo: festín, que envuelve la idea de un banquete más copioso y exquisito, con mucha alegría, cantos y danzas.

    Es interesante destacar el hecho de que, junto al concepto de festín, encontramos invariablemente en los salmos el verbo saciarse. De nuevo nos hallamos en el área antropológica: Dios, y sólo Dios, es capaz de saciar completamente el hambre de trascendencia. Y no podía ser menos: habiendo sido la «estructura» humana diseñada a la medida de la divina, era lógico y normal pensar que sólo Dios podría llenar de equilibrio y alegría ese mundo interior, inefable y vastísimo, insaciable frente a todos los manjares humanos. El salmista podría decir: Tú eres mi saciedad.

    En este sentido, el salmista nos entrega, aquí y allá, expresiones sublimes, verdaderas joyas de oro, que yo aconsejaría a las personas que llevan en serio la amistad con Dios aprenderlas de memoria para repetirlas frecuentemente; son expresiones inagotables en resonancias y vida.

    «Pero, Tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino» (Sal 4,8).

    Huelga cualquier comentario. Todos y cualesquiera «trigos» y «vinos», que simbolizan las emociones y satisfacciones de la tierra, son nada en comparación de la alegría y saciedad que Tú has puesto en mis entrañas.

    Pero la sinfonía alcanza la altura más encumbrada, en cuanto a belleza e inspiración, cuando dice:

    «Me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha» (Sal 16,11).

    Es imposible decir con más precisión y hermosura. Entran en la danza, sincronizadamente, la Presencia (Dios mismo), la saciedad y la alegría, esta vez defini tivas.

    Hay también otro verso bellísimo, en el mismo sentido: «Al despertar, me saciaré de tu semblante» (Sal 17,15). Se advierte en estas palabras una experiencia inefable del hombre que, al despertar por la mañana, en lugar de ser asaltado y vencido por los recuerdos tristes o por preocupaciones obsesivas, se siente invadido por el recuerdo vivo del Señor, cuya presencia (semblante) le inunda de seguridad y alegría para abordar animosamente el quehacer del nuevo día.

    Por eso, el salmista invita, casi desafía, a comprobarlo, a «saborear» cuán suave (podríamos decir: cuán delicioso, siempre en referencia a los manjares) es el Señor (Sal 34,9).

    Pero aquí está la cuestión: a aquel cuyo corazón esté habitado por los dioses de la tierra, estas sublimidades le van a sonar a ironía o, en el mejor de los casos, a misticismo ridículo y, por supuesto, alienante. Expresiones que, de entrada, no dejan de ser mecanismos de defensa.

    Y ahí tocamos la raíz del problema. Las cosas de vida, si se miran intelectualmente, resultan insoportables, por lo exageradas. Las cosas de vida, sólo viviéndolas, se entienden y se saben. Ya decía san Francisco que sólo se sabe aquello que se vive. Las cosas de vida sólo comienzan a entenderse en cuanto se comienzan a vivir. Y yo podría agregar algo más: las cosas de vida, analizadas intelectualmente, pueden reducirse a un montón de palabras, ¡y nada más!

    Dios no es una abstracción mental, es cosa de vida, es una persona, y a una persona no se la «conoce» reduciéndola a un conjunto de ideas lógicas, sino tratándola.

    Una cosa es la idea de Dios, y otra Dios mismo. Una cosa es la idea (fórmula química) del vino, y otra cosa el vino mismo. Nadie se embriaga con la palabra «vino», ni con su fórmula química. Una cosa es la palabra «fuego», y otra el fuego mismo. Nadie se abrasa con la palabra «fuego». Nadie se sacia con la consabida fórmula del agua: H2O. Hay que beberla.

    Dios es el agua fresca, el vino ardiente, pero hay que beberlo. Quienes no lo prueben, no pueden ser «catadores» de ese Vino, no saben nada de ese Vino, porque no lo han saboreado. Por eso, el salmista invita, desafía, a «saborear» al Señor.

    Cuando el hombre experimenta que Dios es «mi Dios», que el Padre es «mi Padre», cuando ha entrado en una relación personal con El, y sabe que, noche y día, está a sus puertas, lo acompaña como una madre solícita y vela su sueño, lo inspira por dentro y lo siente como fuerza, alegría y libertad, entonces las palabras del salmista no sólo no resultan exageradas, sino cortas. Dios es para «ser vivido»; y es entonces cuando se transforma en una fortaleza invulnerable para el combate de la liberación.

    — Y es así como, lleno de ternura, sigue explayándose el salmista: «En el lecho me acuerdo de ti, y velando medito en ti». Un hombre así jamás será acosa do por el miedo. Avanzará noche adentro, y nunca le rondarán los fantasmas; y mientras trabaja, y camina y se relaciona con los demás, la seguridad y la alegría te acompañarán como dos ángeles tutelares, porque «Tú estás conmigo».

    Para significar este estado interior de liberación, sale de la boca del salmista uno de los versos más espléndidos:  «A la sombra de tus alas canto con júbilo». Júbilo: la palabra más alta entre los sinónimos de alegría. Canto: cuando espontáneo, es siempre una vía de escape; cuando alguien desborda de gozo, necesita estallar, y el canto es un estallido. Ala: en la Biblia, es frecuentemente símbolo del poder protector de Dios. Sombra: en una tarde calurosa de estío, el regalo mas apetecible.

    Júntense ahora las cuatro palabras y nos encontraremos con que el salmista consigue la «hazaña» de describir lo indescriptible en un solo y corto verso; y nos encontramos con un panorama humano envidiable: un hombre precedido por la seguridad, seguido por la paz, custodiado por la libertad y respirando alegría por todos sus poros. ¿Quién impedirá que un hombre así sea para todos amor y salvación?

     

    El verdadero santuario

     
     
     
     
     
    El verdadero santuario
     
     

    « ¡Cómo te contemplaba en el santuario, viendo tu fuerza y tu gloria!». ¿Cuál es ese santuario? Dejando aparte, por obvia, la referencia literal y directa al templo salomónico, en el monte Sión, permítasenos insinuar otros alcances.
    Se levanta la mañana. Todo en torno es color, vida y gloria. A poca sensibilidad que se tenga, el creyente no podrá menos de sentir que la rueda de los horizontes abiertos es un santuario vivo donde resplandece la vivificante actividad del Señor.
    Un grupo humano, una comunidad, una familia pueden ser, y de hecho lo son, verdaderos santuarios don de Dios habita con mucho agrado: su presencia es allí como el resplandor rojizo de un fogón: caldea e ilumina. Ahí, en ese cálido recinto, todos los dones son como chispas desprendidas del fuego divino: el encanto de una persona no es sino un destello del encanto de Dios; la servicialidad de otra no es sino un reflejo de la servicialidad del Señor. Y así, las personas y los grupos son santuarios, pequeñas teofanías que reverberan la fuerza y el calor de Dios.
    Todo esto, sin embargo, se nos puede esfumar como pompas de jabón, envuelto en equívocos. Aquello de que el mundo es un sacramento de Dios, y otras expresiones similares, se nos podrían reducir, si no estamos muy atentos, a una bella literatura o, a lo sumo, a unas hermosas teorías.
    Supongamos que un corazón está muerto para Dios. Esa persona hará la travesía del mundo y transitará entre las criaturas como ciego, sordo y mudo. Para él, Dios no resplandecerá en ningún horizonte, en ninguna planicie, no hablará ni brillará en ningún lugar. Si Cristo está vivo y vibrante en mi corazón, yo proyectaré la imagen viva del Señor sobre el más desagradable de los integrantes de mi comunidad, y él se tornará agradable para mí porque lo he revestido de la figura del Señor. Pero si Cristo está ausente de mi corazón, ese hermano de mi comunidad sólo será para mí una persona antipática e insoportable, y nada más.
    No es que las criaturas estén mágicamente revestidas de una luz divina. Somos nosotros los que las revestimos con esa luz. Cuando el corazón es luz, todo es luminoso en torno. Una vez más, llegamos a la conclusión de que el verdadero santuario es siempre, y únicamente, el corazón del hombre.
    Cuánta razón tenía el Maestro —y nunca se insistirá lo suficiente en este sentido— cuando, hablando a la samaritana, te decía que el verdadero templo de la adoración no está ni en el monte Garizim, ni en el monte Sión, sino en otro «lugar», que no es un lugar, que está dentro, el «templo» hecho de espíritu y verdad.
    No es exacto decir que las criaturas «despertaban a Dios» en Francisco de Asís, que ellas le hablaban de Dios. Toda esa literatura, el hermano sol, las hermanas estrellas, etc., podría convertirse en un ambiguo juego de palabras, sin realismo ni concreción.
    Lo cierto es que Francisco de Asís, antes de ser el santo de las criaturas, fue el hombre de las cavernas. Para convencerse de esto, basta asomarse a los biógrafos primitivos; aun hoy día, los lugares verdaderamente sagrados del franciscanismo están en las altas montañas.
    Cuando Francisco quería estar verdadera y vivamente con el Señor, abandonaba a sus hermanas criaturas y se sumergía en las oscuras grutas, donde apenas penetraba un rayo de luz; allí permanecía horas y días, semanas y meses enteros. Y de allí emergía con el corazón rebosante de Dios; y entonces sí, todas las criaturas le hablaban de El.
    Pero, en realidad, no era ni siquiera así. Era Francisco el que difundía por todas partes a aquel Dios vivo que trata en su corazón; era él quien revestía de Dios a las criaturas. Sus ojos estaban poblados de Dios, y obviamente, todo cuanto miraban aquellos ojos aparecía revestido de Dios. Todo le hablaba de Dios, porque su corazón estaba habitado y su pensamiento ocupado por Dios.
     

     

    Sed de Dios

     
     
     
     

    Sed de Dios

     

     

    Este es el clima interior de algunos salmos.

    Concretamente, la tesitura general del salmo 63.

    El salmista entra impetuosamente. Irrumpe en el escenario con una fuerza vehemente: «Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua».

    Es difícil encontrar figuras poéticas que expresen de manera tan gráfica y potente lo que el salmista entiende como sed de Dios. Pareciera que estuviéramos ante una sed fisiológica o animal, simbolizada en esos terrenos baldíos que, durante el verano, son de tal manera afectados por la sequía que se abren en ellos por todas partes grietas profundas, como bocas sedientas reclamando ardientemente la lluvia.

    Otro salmo, para describir el mismo fenómeno, acude a la comparación de los ciervos que, luego de recorrer abruptas montañas y encaramarse en los riscos más altos, descienden vertiginosamente a las quebradas y los valles, devorados por la sed, en busca de las frescas corrientes de agua (Sal 42).

    Esta sed corresponde a una sensación general, de carácter afectivo, cuajada de nostalgia, anhelo, atracción y seducción (Jer 20,7). Es, dice san Agustín, como una flecha disparada hacia un universo seductor. En todo caso, se trata de un dinamismo de profundidad, siempre inquieto y siempre inquietante, de un perpetuo movimiento interior que busca su centro de gravedad en el que poder ajustarse, equilibrarse y descansar.

    El hombre es un pozo infinito, cavado según una medida infinita; por eso, infinitos finitos nunca podrán colmarlo, sino tan sólo un Infinito.

    ¡Criatura singular el hombre, que lleva reflejada en lo más profundo de sus aguas la imagen de un Dios! Y, por esta impronta eterna, somos, inevitablemente, buscadores instintivos del Eterno, caminantes que, en un movimiento de retomo, navegamos río arriba en busca de la Fuente Primordial. En suma, ¡peregrinos de lo Absoluto!

    Esta sed, o esta sensibilidad divina, en muchas personas es invencible; en otras, fuerte, y en otras, débil, de acuerdo con el don recibido. Hay también quienes no la recibieron en ningún grado. Otros —muchos— la dejaron atrofiarse por falta de cuidado y atención, o se les acabó extinguiendo —y éste es el caso más común— en el remolino de la desventura humana.

    En el fondo, el salmo 63 es una radiografía antropológica en la que queda al descubierto la estructura trascendente y fundamental del corazón humano.

    Y así se explica el hecho siguiente: ciertos fenómenos trágicos del alma humana no son otra cosa sino la otra cara de la sed de Dios. La insatisfacción humana, en toda su grandeza y amplitud, el tedio de la vida, ese no saber para qué está uno en el mundo, la sensación de vacío, el desencanto general..., no son otra cosa que la otra cara del Infinito.

    En el principio, Dios depositó en el suelo humano una semilla de sí mismo: lo creó a su medida, según su propia «estructura», le hizo por El y para El. Cuando el corazón humano intente centrarse en las criaturas, cuyas medidas no le corresponden, el hombre entero se sentirá desajustado y sus huesos crujirán. Y, como dice san Agustín, el hombre se sentirá entonces desasosegado e inquieto, hasta afirmarse finalmente y descansar en Dios. Tiene, pues, este salmo un profundo alcance antropológico.

     

    En espíritu y verdad Salmo 63

     
     
     
     
    En espíritu y verdad
     
    Salmo 63

    Hacia el interior
     

    ¡Vida extraña la suya! Sus primeros años habían transcurrido en el dorado esplendor de los tronos. Fugitivo en el país de Madián, Moisés vivía cuidando el rebaño de su suegro. Un buen día salió de casa con el propósito de hacer un largo trayecto y, conduciendo el rebaño, se internó profundamente en las áridas tierras, hasta rebasar por completo el desierto del Sur; al cabo de varias jornadas, llegó hasta el Horeb, la «montaña de Dios» (Ex 3,1).
    Un buen día, a la amanecida, observó en la falda del monte un extraño fenómeno: desde el interior de la zarza se levantaba una llama crepitante y viva, pero la zarza no se consumía. Intrigado, se dijo: voy a ver qué raro fenómeno es este que están viendo mis ojos. Y, con cautela y curiosidad, se aproximó al arbusto. De pronto, escuchó una voz que surgía desde el seno de la zarza: Moisés, no te acerques; quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es sagrado. Y «Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios» (Ex 3,6).
    Aquí se inicia la marcha del hombre hacia las regiones interiores: es el primer episodio, en este sentido, que nos presenta la Biblia, la puerta de acceso, el umbral del misterio.
    En las etapas anteriores, en sus relaciones con Dios, o mejor con la divinidad, se había mantenido a nivel de ritos, ubicando la divinidad en lugares determinados: árboles, alturas o altares. Con Moisés se inicia la peregrinación hacía el único «lugar» donde se encuentra el Dios vivo y verdadero: dentro. Y fuera:
    más allá de los ritos, de los lugares (recuérdese el diálogo de Jesús con la samaritana: Jn 4,21), de las palabras e, incluso, de los conceptos.
    Permítasenos alejarnos por un momento, haciendo un rodeo por otras latitudes, para, de nuevo, volver al punto de partida prefijado.
    Antes que en Betel, Silo o Sión, hay dos «lugares» en los que el hombre de la Biblia ve resplandecer la actividad creadora y la presencia liberadora de Dios: el universo y la historia.
    Para el salmista, la creación es una teofanía multicolor, un sacramento reverberante, grávido de presencia majestad y poder divinos. Los salmos son, en su conjunto, como una jubilosa danza en que los ríos aplauden, el mar ruge y se estremecen las montañas (Sal 98). Dios se hace patente al hombre por medio de signos palpables: nubes, vientos, cigüeñas, ríos, montes, campos, cedros, ganado; el viento es su mensajero, el fuego llameante su lugarteniente (Sal 107). En fin, la vida universal es un inmenso aliento de Dios.
    Dios afianza los montes, controla la bravura del mar, a las puertas de la aurora y del ocaso, llena de júbilo a las gentes, riega la tierra reseca, prepara los trigales; por la acción divina, las colinas se orlan de alegría, las praderas se cubren de rebaños y los valles se visten de mieses (Sal 65); suelta a los vientos de sus madrigueras, con los relámpagos desata la lluvia (Sal 134).
    La tierra entera está grávida de Dios. Cada criatura es un vivo retrato del Invisible, un eco multiplicado de aquel que es el Gran Silencioso. En la redondez del universo, su nombre resuena y resplandece a la vista de los hombres, que aclaman y cantan su gloria.
    — Pero es en la travesía de la historia donde Dios es, sobre todo, para el hombre el verdadero compañero de ruta; según las circunstancias, hace las veces de esposo, amigo, padre... Se compadece, se irrita, se arrepiente según los casos. Deja caer al hombre en la trampa, para que aprenda, pero en seguida le tiende la mano para levantarlo.
    Iniciada la gesta allá lejos, en Ur de Caldea, fueron caminando codo con codo Dios y Abrahán, en dirección de una patria sólo vislumbrada como un sueño.
    Un día llegó a oídos del Señor el clamor de «su» Pueblo, que gemía bajo la fusta de los faraones; su corazón se conmovió, y decidió descender a las orillas del Nilo para organizar una estrategia de liberación y sacar a su pueblo de las garras de los opresores. Fue una proeza admirable: sembrando la tierra de portentos, hendiendo por la mitad el mar, haciendo brotar agua fresca de las rocas, alimentándolos en el corazón del desierto, los condujo hasta la orilla del Jordán, frontera de la patria prometida.
    Los organizó para la travesía del río, y los acompañó haciendo que se detuvieran las «aguas que venían desde arriba», a la altura de Jericó. La instalación en la tierra de Canaán no fue una ocupación pacífica, sino una conquista sangrienta, cuajada de derrotas y desconciertos, así corno de rivalidades entre las mismas tribus, teniendo que infundirles más de una vez coraje y aliento. A lo largo de varios siglos se fue consolidando el régimen monárquico y las instituciones políticas, bajo la atenta mirada del Señor.
    Les envió caudillos, jueces, reyes, profetas. La relación del Pueblo con Dios, relación sellada con múltiples alianzas, se asemejaba a la vida de un matrimonio, mal avenido a veces, unido otras, con épocas de infidelidades y reconciliaciones.
    La Biblia repite, con una monotonía conmovedora, que Dios mantuvo una absoluta fidelidad a su alianza a lo largo de todo este trayecto. Dios amó, fue leal, porque asistió al pueblo en los días claros como en los días oscuros. Y, por medio de esta actuación, y esta solicitud, el pueblo comprobó que su Dios existía y se preocupaba de él.
    Pero no bastaba: en los caminos que conducen hacia el interior no existen márgenes ni meta final. Ningún caudillo alternó con Dios con tanta proximidad e inmediatez como Moisés. Nadie habló con El con tanta frecuencia y profundidad, ni con tanta familiaridad. Y nadie sabe qué y cómo sucedió entre Moisés y Dios en la soledad de la nube, en lo más alto del Sinaí, durante cuarenta días.
    Pero no bastaba tampoco para Moisés, ¡y menos para Moisés!; porque había nacido con una ardiente sed, una notable potencia mística, cosa que, siendo gracia, se trae o no se trae en la constitución genética. Y Moisés la traía, y muy considerable.
    Moisés —y nosotros—, por aquel impulso de profundidad, impronta y gracia de Dios, suspira y aspira por Aquel que es el Centro de Gravedad, para poder ajustarse allí, y descansar. Cada intento de oración verdadera es un intento de posesión.
    Moisés —y nosotros—, en cada acto de oración, cuando tiene la percepción y seguridad de que Dios está al alcance de la mano, comprueba que El se desvanece como un sueño, y se convierte en ausencia y silencio. Estamos en la noche de la fe, y la vida de fe es un caminar en ausencia y silencio. Sabemos que a la palabra Dios corresponde una sustancia, un contenido infinito. Pero mientras permanezcamos en el camino, nunca tendremos la evidencia de poseerlo vitalmente, de dominarlo intelectualmente.
    Entre tanto, Dios se nos da con cuentagotas: sólo unos detalles, unos vestigios. El mismo permanece oculto, «distante»: estamos en la noche de la fe. Podemos apagar la sed en las aguas frescas del torrente, pero el origen de las mismas está allí arriba, en el glaciar de las nieves eternas.
    Y el hombre de Dios no se conforma con «partículas» de Dios, busca a Dios mismo: no se conforma con las aguas frescas que descienden danzando, para apagar su sed; aspira por el Glaciar mismo, como en los versos de san Juan de la Cruz:
    Descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura; mira que la dolencia de amor, que no se cura sino con la presencia y la figura.
    Moisés, pues, «camarada» de Dios, y lugarteniente suyo, un buen día tomó la tienda y la plantó a cierta distancia, fuera del campamento. Era una especie de lugar de consulta, de tal manera que cuando el pueblo quería saber los designios de Dios sobre algún punto, salía del campamento hacia la Tienda de la Reunión. Una vez que Moisés entraba en la tienda, bajaba una columna de nube que se instalaba a la puerta de la Tienda, y allí permanecía todo el tiempo que conversaban Moisés Y Dios. Mientras el pueblo esperaba, postrado en tierra.
    Después de un largo tira y afloja, entrados los dos, Moisés y Dios, en un clima de franca confianza (Ex 33,11-17), en que mutuamente se reprochan, regatean, reclaman y se prometen, súbitamente, Moisés dio paso a un anhelo profundo, largo tiempo retenido en silencio en su interior: «Por favor, déjame ver tu Gloria» (Ex 33,18). El Señor respondió: «Yo haré pasar ante ti toda mi bondad..., pero mi rostro no podrás verlo, porque ningún mortal puede verlo y seguir viviendo» (Ex 33,20).
    El misterio queda desvelado. Mientras dure la peregrinación de la fe, nos tendremos que conformar con vestigios fugaces, destellos furtivos, penumbras, sombras, comparaciones, analogías, las «espaldas» de Dios (Ex 33,23); como el sol, que al atravesar una tupida enramada ya no es propiamente el sol, sino una luminosidad tamizada y dispersa. Contemplar cara a cara su rostro, poseer inconfundiblemente la Sustancia inalienable e ineludible, «dominar» a Dios mismo posesiva e intelectualmente no es posible en los días de la peregrinación.
    Y así, el salmista --y nosotros— vive y arde (y se expresa) frecuentemente en la típica contradicción vital de quien ha probado el aperitivo y lo dejan sin el banquete, caminando en la tensa cuerda del ya sí y todavía no: la espalda, sí, pero el Rostro, no; vestigios, sí; pero El mismo, no.
     

     

    Encierro y liberación (salmo 31)

     
     
     
     
     

    Encierro y liberación (salmo 31)

     

     

    A las personas que tienen dificultad para relajarse, se les aconseja tensarse muscularmente, hasta la máxima tesitura, y luego soltarse de golpe.

    Es el mismo procedimiento que se utiliza en el método psicoanalítico: se hace dolorosamente consciente lo que es dolorosamente inconsciente, sea en el área del miedo, de la desesperación, etc.; y cuando se ha llegado precisamente al punto más álgido y doloroso, ahí mismo se inicia la curva descendente de la liberación.

    Lo mismo sucede en el salmo 31. Percibimos en el alma del salmista un gran movimiento, con diferentes temperaturas y niveles. Comienza el salmista con un cierto grado de ansiedad (vv. 2-5), pero pronto pasa a la confianza-seguridad (vv. 6-9). Retorna a una desesperación mucho más profunda, casi al borde del límite (vv. 10-14), y, a partir de esta cúspide, salta el salmista, en una transición bastante brusca, a la paz más profunda y definitiva (vv. 15-24), de tal manera que no pare ce la misma persona en las distintas situaciones, como si hubiera habido un desdoblamiento de personalidad.

    En los cinco primeros versículos vemos al salmista bastante tenso, inseguro, aprensivo. La razón de este estado de ánimo es la siguiente: el salmista está encerrado en sí mismo. Si bien es verdad que dirige a Dios algunas miradas furtivas, fugaces, el centro de atención, y hasta de obsesión, es él mismo y su situación.

    Por eso, sentimos que en estos versículos la tensión y la inseguridad avanzan en un crescendo incesante: que yo no quede defraudado, ponme a salvo, ven aprisa a liberarme; por el amor de tu nombre, dirígeme, guíame, sácame de la red que me han tendido (vv. 2-5).

    Es el hombre literalmente atrapado en sus propias redes. En-si-mismado. Y este ensimismamiento es una cárcel, una prisión; el salmista está preso de sí mismo; y en un calabozo no hay sino sombras y fantasmas. Por eso vemos al salmista asustado.

    Una fantasía encerrada y asustada ve sombras por todas partes, percibe como reales las cosas inexistentes, o los hechos reales los reviste de dimensiones desmesuradas; todo queda magnificado por el miedo. Todo esto es mucho más notorio en los VV. 10-14.

    Esta es la situación de las personas que tienen tendencias subjetivas, como obsesiones, complejos de inferioridad, manías persecutorias, inclinaciones pesimistas... Estos sujetos, que no son pocos, no viven, sino agonizan: viven entre suposiciones, presuposiciones, interpretaciones, obsesiones, «hijas» todas ellas del en-si-mismamiento: fulano no me escribe, ¿qué le habrán dicho de mí?; aquella amiga no me ha mirado, ¿por qué será?; aquí ya nadie me quiere, están pensando mal de mí, etc. ¡Cómo sufre la gente, y tan sin motivo! La explicación de fondo, repetimos, es que estas personas están encerradas en sí mismas como en una prisión.

    Cuando el hombre se encuentra consigo mismo, en sí mismo, se siente tan inseguro, tan precario y tan infeliz que es difícil evitar el asalto de miedo, el cual, a su vez, engendra los fantasmas.

    — En el versículo 6, el salmista despierta, ¡gran verbo de liberación! Toma conciencia de su situación de encierro, y sale ¡otro verbo de liberación! Toda liberación es siempre una salida. El salmista se suelta de sí mismo —estaba preso de sí— y salta a otra órbita, a un Tú. «A tus manos encomiendo mi espíritu» ( 6).

    Y, al colocarse en ese otro «mundo», en ese otro «espacio», como por arte de magia se derrumban los muros de la cárcel, se ensanchan los horizontes y desaparecen las sombras. Amaneció la libertad.

    «Tú, el Dios leal, me librarás» (v. 6). Me librarás, ¿de qué? De los enemigos. ¿Qué enemigos? De aquellos que fundamentalmente eran «hijos» del miedo. Y, aun cuando antes hubieran sido objetivos, el mal del enemigo es el miedo del enemigo, o mejor, es el miedo el que constituye y declara como enemigos a las cosas adversas. Pero, al situarse el hombre en el «espacio» divino, al experimentar a Dios como roca y fuerza, se esfuma el miedo y, como consecuencia, desaparecen los enemigos. He ahí el itinerario de la libertad.

    «Yo confío en el Señor» (v. 7). Confiar, ¡precioso verbo! En todo acto de confianza hay un salir de sí mismo, un soltar tensiones y un entregar al otro las llaves de la propia casa, como quien extiende un cheque en blanco. En un salto más audaz, la libertad se encarama sobre un pináculo mucho más elevado: «Tu misericordia», expresión entrañable, sinónimo en el Antiguo Testamento de lealtad, gracia, amor (más exactamente, presencia amante), «es mi gozo y mi alegría» (v. 8). No solamente a los fantasmas se los llevó el viento y a los miedos se tos tragó la tierra, sino que el salmista se baña en el océano de la Bienaventuranza: paz, alegría, seguridad, casi júbilo.

    Y, para colmo de tanta dicha, en los siguientes versículos viene a decir: cuando las aguas ya me llegaban al cuello y sentía que me ahogaba, tú me mirabas atenta y solícitamente, revoloteando sobre mí como el águila madre; no has permitido que las sombras me devoraran ni me alcanzaran las manos de mis enemigos, sino que, por el contrario, has colocado mis pies en un camino anchuroso, iluminado por la libertad (vv.8-9).

    Así estaba sintiéndose el salmista, cuando, súbitamente, en un descuido, se desprende de Dios y, en un movimiento de repliegue, se encierra de nuevo en sí mismo y, de nuevo —era inevitable—, vuelven las sombras, y un enjambre de espectros con ellas. Realmente es difícil sintetizar, en tan pocos versículos (vv. 10-14), tan espeluznante descripción: los enemigos se burlan, los vecinos se ríen de él, los conocidos evitan cruzarse en su camino (v. 12), se le deja olvidado como a un muerto, se le desecha como a un trasto viejo (v. 13), todos hablan en su contra, todo le da miedo, conjuran contra él, traman quitarle la vida (v. 14).

    Puros fantasmas y engendros subjetivos, fruto de la recaída en el ensimismamiento. El salmista está viviendo escenas de horror, lo mismo que en una pesadilla nocturna: una persona, en el primer sueño, protagoniza un episodio tan horrible que despierta con taquicardia, y con todos los síntomas de haber librado una batalla de muerte. Despierta, y... ¡qué alivio!, ¡todo fue un sueño! En estos versículos, el salmista está realmente dormido en la mazmorra de un ensimismamiento, enclaustrado, perseguido por las sombras, girando en torno a alucinantes espectros. Al despertar (v. 15), comprobará la mendacidad de tales aprensiones.

    Quisiera resaltar aquí otra lección de vida: ¿cómo se explica esta recaída? Acababa el salmista de hacer una magnífica descripción de su liberación: se sentía libre, seguro, gozoso. Y ahora de nuevo esta tempestad tan repentina. Tal es la condición humana.

    Hay personas que son especialmente versátiles e inestables. Pero, aquí, no nos referimos expresamente a ellas. Los estados de ánimo, aun de personas normalmente estables, son oscilantes, suben y bajan no de otra manera que las alteraciones atmosféricas: ahora la persona está inquieta; horas más tarde despreocupada; al mediodía, vacilante, al anochecer, resuelta... Hay que comenzar por aceptar con paz esta condición oscilante de la naturaleza, sin asustarse ni alarmarse. La estabilidad, el poder total, la libertad completa vienen llegando después de mil combates y mil heridas, después de muchas caídas y recaídas.

    Como dijimos, la nueva y deplorable situación del salmista se debe a la nueva encerrona en el presidio de sí mismo. Necesita salvarse de sí mismo para poder salvarse de sus enemigos. Y esta liberación será fruto, una vez más, de un acto de fe, que es una salida, o, si se quiere, de un acto de adoración que es siempre el gran éxodo.

    En efecto, con la conjunción adversativa pero el salmista sale y, en un salto acrobático se arroja en el seno de Dios, como diciendo: todos están en contra de mí, «pero yo confío en ti, Señor; yo te digo: Tú eres mi Dios» (v. 15). ¡Increíble! Con este acto de adoración, y con el consiguiente olvido de sí mismo, caen los muros opresores, se dilatan los horizontes, la luz inunda los espacios, nace de nuevo la libertad, esta vez definitivamente, Y vuelve a brillar la alegría.

    Al sumergirse en el mar de Dios, el salmista participa de su misma solidez y seguridad. En adelante, hasta el versículo final, tendrá buen cuidado de no volverse sobre sí mismo, porque ya sabe por experiencia que ahí está la raíz de sus más íntimas desventuras; sabe también que mientras mantenga su atención fija en los ojos del Señor, no retornarán los sobresaltos, y el miedo no volverá a rondar su morada.

    El liberador es Dios, pero la liberación no se consumará mágicamente. Mientras el hombre se mantenga centrado en sí mismo, encerrado en los muros del egoísmo, será víctima fatal de sus propios enredos y obsesiones, y no habrá liberación posible. El problema consiste siempre en confiar, en depositar en sus manos las inquietudes, y en descargar las tensiones en su corazón.

    Efectivamente, el salmista reclina la cabeza en el regazo del Padre, coloca en sus manos las tareas y los azares (y. 16), como quien extiende un cheque en blanco.

    La libertad profunda, esa libertad tejida de alegría y seguridad, consiste en que «brille tu rostro sobre tu siervo» (v. 17), en «caminar a la luz de su rostro» (Sal 89), en experimentar que Dios es mi Dios. Entonces, las angustias se las lleva el viento, y los enemigos rinden sus armas por el poder de «su misericordia» (y. 17), ya que los enemigos se albergan en el corazón del hombre: en tanto son enemigos en cuanto se los teme; y el temor tiene su asiento en el interior del hombre, pero el Señor nos libra del temor.

    Y cuando desaparece el temor, «los malvados bajan mudos al abismo» (v. 18). ¿Quiénes eran esos malvados? Ahora se sabe: viento y nada. ¿En qué quedaron sus amenazas e «insolencias»? En un sonido de flautas. ¿Qué fue de los «labios mentirosos»? Quedaron enmudecidos (v. 19).

    A medianoche, la tierra está cubierta de tinieblas. Llega la alborada y desaparecen las tinieblas. ¿Dónde se ocultaron? En ninguna parte. Al salir el sol, «se descubrió» que las tinieblas no eran tales, sino vacío y mentira. No de otro modo, al brillar el sol en los abismos del hombre, se comprueba que el miedo y sus «hijos» naturales no eran sino entes subjetivos, carentes de fundamento real. El Señor nos ha librado verdaderamente de nuestros enemigos.

    Los versículos 20-23 describen admirablemente, y aun analíticamente, y con una inspiración de real jerarquía, esta gesta de liberación. Vienen a decir que no faltarán las conjuras humanas, las flechas envenenadas, las lenguas viperinas (v. 21). Pero a «los que a ti se acogen» (v. 20) «los escondes en el asilo de tu presencia» (v. 21). Expresión altamente preciosa, y analíticamente precisa.

    Quiero decir que, para quienes se dejan envolver vivamente por la presencia divina, esa presencia se transformará en refugio y abrigo (un abrigo anti-balas); para quienes se acogen a El, Dios será una presencia inmunizadora. Lloverán las flechas, pero se estrellarán contra el abrigo de quien ha confiado, y ni siquiera rozarán su piel: está inmunizado por la Presencia envolvente; Dios mismo es quien lo envuelve y lo cubre, haciéndolo insensible a los dardos. El Padre no evitará que los miserables se confabulen y disparen sus flechas, pero tampoco permitirá que quien «se acoge a Él» sea herido. Por eso, el salmista ya no se inquieta más, porque está refugiado en Dios como en una «ciudadela impenetrable» (v. 23).

    En los versículos finales, el salmista avanza jubilosamente, de victoria en victoria, hasta clavar en la cumbre más prominente este enorme grito de esperanza:

    «Sed fuertes y valientes los que esperáis en el Señor» (v. 25).

    Los que se saltaron sus estrechos márgenes y abandonaron sus oscuras concavidades, y, en alas de la fe, remontaron el vuelo hacia los «espacios» abiertos de Dios, y confiando en El, le entregaron las llaves de sus propias moradas, todos estos participarán de la libertad, fortaleza y audacia de Dios.