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    El celo

     

     

    El celo

     

    En este momento, abruptamente, como si, saliendo de un paraíso de paz, entrara en un campo de batalla, el salmista saca su arcabuz, abre fuego y comienza a disparar fieramente en todas direcciones.

    Dios mío, si matases al malvado...

    ¿No aborreceré a los que te aborrecen?

    ¿No me repugnarán los que se te rebelan?

    Los odio con odio implacable, los tengo por enemigos.

    ¿Cómo se entiende este cambio brutal? ¿Qué sentido puede tener esta tempestad de violencia, desatada tan intempestivamente? ¿Cómo es posible este lenguaje de odio después de tanta sublimidad?

    Necesitamos hacer algunas precisiones y aclarar varios puntos. En primer lugar, no se trata de una turbación, provocada por la presencia de viejos rivales. No es el odio del hombre contra el hombre, ni una conspiración de venganza para saldar cuentas antiguas.

    Se trata de los enemigos, no del hombre, sino de Dios. Se trata de los eternos «asesinos» que sólo abren la boca para proferir «pérfidamente» blasfemias y necedades contra el santo de Israel. Son los insensatos de siempre que no cesan de lanzar desafíos al cielo, y «se rebelan en vano» contra el Señor. Así, pues, la repentina furia del salmista va dirigida contra esta turbamulta de necios. En suma, se trata, exactamente, de aquel sentimiento del que tanto habla la Biblia: el celo por la honra de Dios.

    El salmista, todavía con los ojos llenos de la gloria de Dios, al contrastar la sublimidad del Altísimo con la abyección de los blasfemos, siente una repugnancia e indignación tales que no las puede controlar ante la presencia de estos «asesinos», al comparar lo injusto y monstruoso de su actitud con la justicia y santidad de Dios. Por eso utiliza expresiones del más grueso calibre para descalificarlos. Recordemos las palabras del salmo 69: «El celo de tu casa me devora».

    — Bajó Moisés del monte con las Tablas de la Ley en sus manos. El pueblo, durante la larga ausencia de Moisés, había fundido un becerro de oro; y, en ese momento, el pueblo estaba cantando y danzando en tomo de la estatua. Cuando Moisés llegó al campamento, y vio el becerro y al pueblo danzando en torno a él, «ardió en ira, arrojó de sus manos las Tablas y las hizo añicos al pie del monte. Luego tomó en sus manos el becerro que habían fundido, lo quemó y lo molió hasta reducirlo a polvo, que esparció en el agua, y se la dio a beber a los hijos de Israel» (Ex 32,15-21).

    Elías, en la cumbre del Carmelo, dijo al pueblo: he quedado yo solo como profeta de Dios, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. Y los desafió a todos ellos, delante del pueblo, a una competición original para dirimir cuál de los dioses es el verdadero Dios. Y, habiendo ganado la contienda, hizo Elías que el pueblo echara mano a los profetas de Baal, «sin que se escape ninguno de ellos»; e hizo que los bajaran, como borregos, hasta el fondo del torrente Quisón. Y, ardiendo en santa ira, hizo que los degollaran a todos, uno por uno (1Re 18,30-40).

    Matatías, el padre de los Macabeos, se vistió de saco y se entregó a un profundo dolor al ver la ciudad santa en manos de los extranjeros, y el santuario en poder de los extraños. Un buen día, convocado el pueblo de Modín por los encargados de imponer la apostasía, cuando un israelita se adelantó, a la vista de todos, a sacrificar ante un altar pagano, Matatías «se inflamó en celo, y se le estremecieron las entrañas». Y, «encendido en justa cólera, corrió hasta el israelita y lo degolló sobre el altar. Mató también al enviado del rey que obligaba a sacrificar, y destruyó el altar» (1Mac 2,19-26). Y fue este celo por la gloria de Dios el que encendió las heroicas y gloriosas guerras macabeas.

    Fue este mismo celo el que le hizo a Jesús, en tiempo de pascua, armar un escándalo de grandes proporciones, en la plataforma primera del templo salomónico, reconstruido por Herodes. Efectivamente, este lugar sagrado había sido literalmente copado por los tratantes de bueyes y ovejas; y estaban también los cambistas bien instalados en sus mesas. Al ver aquello, Jesús, encendido en una sagrada indignación, a causa de la santidad del recinto, empuñó un látigo de cuerdas, y barrió con todo, hombres y animales, sacándolos violentamente del perímetro sagrado; volcó las mesas de los cambistas, y su dinero rodó por los suelos, mientras les decía, lleno de ira: «están haciendo de la Casa de mi Padre un sórdido mercado» (Jn 2,13-17). Fue la reacción típica de un profeta que, por cierto, precipitó su desenlace final.

    En este contexto, resultan más comprensibles las diatribas de los salmistas. He querido exponer con cierta amplitud este aspecto, que escandaliza a tantas personas, e, incluso, les dificulta saborear los salmos, para que el lector acierte a comprender y situarse en el verdadero contexto, cuando, en los salmos, hacen su aparición los anatemas, que, generalmente, no siempre, van dirigidos contra los enemigos de Dios.

     

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