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Las misericordias del Señor - Salmo 51
Las misericordias del Señor
Salmo 51
Para mucha gente, todavía hoy, el salmo 51 es una música de tono menor, tejida de melodías tristes y ecos sombríos. Durante largos siglos había sido el típico salmo de los tiempos penitenciales, de los días de ayuno y abstinencia. El salmo Miserere —cantado, semitonado, o simplemente rezado y, por cierto, con un aire siempre arrastrado— acompañaba invariablemente a los difuntos hasta la sepultura. Por esta asociación de recuerdos, debido a la presión del pasado sobre el presente, para muchas personas el miserere arrastra en su seno, todavía hoy, alas de muerte, iras divinas, sombras amenazantes, cualquier cosa parecida a depresión y abatimiento. Para mucha gente es un salmo triste, el salmo oscuro de la culpa y el pecado. No obstante, como veremos, es todo lo contrario. Todo esto me trae a la memoria el caso de esas preciosas ermitas románicas de piedra desnuda, a cuyas paredes agregaron, en épocas tardías, un revestimiento de cal con el fin de embellecerla. Llegó la hora de remover ese revestimiento para que aparezca el rostro original de la ermita. Así mismo, el salmo 51 necesita de un remozamiento enérgico para que se desprendan las escamas postizas, se lleve el viento los ecos sombríos, y pueda aparecer a la vista de todos lo que el salmo en realidad es: el gran salmo de las misericordias del Señor. Son muchas las personas que necesitan hacer esta limpieza purificadora y redescubrir sus entrañas de misericordia.
Contra esa impresión generalizada, la de ser un salmo sombrío, podemos afirmar de entrada que, entre los ciento cincuenta salmos, no encontraremos otro que contenga tanta profundidad, belleza y consolación. Desde la primera hasta la última palabra, un binomio maravillosamente evangélico recorre sus entrañas: confianza-humildad. Este binomio es como un río de vida que atraviesa el salmo de parte a parte cubriendo todo de frescura y esperanza. Si de sus versículos retiramos la palabra Dios, y la sustituyéramos por la palabra Padre, nos encontraríamos en el corazón mismo del evangelio, junto a las grandes parábolas de la misericordia del Señor, en el mismísimo capítulo 15 de Lucas. Y, desde luego, es el salmo más evangélico entre los ciento cincuenta salmos. Más aún, uno queda sorprendido al constatar cómo tantos siglos antes del evangelio se hubiere escrito un salmo tan evangélico. A pesar de que aparece tantas veces el concepto y la palabra pecado (o su equivalente: culpa, iniquidad) sobre todo en los primeros versículos, simultánea y paralelamente se levanta la misericordia de Dios como una realidad mucho más sólida y visible; si la altura del pecado es como la de una montaña, la misericordia del Altísimo es como la altura de la cordillera más encumbrada.
P. Ignacio Larrañaga
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